Pirandello lo advirtió: la trampa de una vida reducida a espectáculo

Cultura · Joshua Nicolosi
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13 julio 2021
Los Cuadernos de Serafino Gubbio operador invitan a sustraerse del poder de las herramientas tecnológicas, a no mirar el mundo como la escena de una película sino como el escenario en el que recuperar nuestra humanidad

La gran literatura debe saber resultar incómoda, incisiva, irreverente. Tiene la obligación de tomar postura, de reclamar a cada época y a sus actores implicados a la responsabilidad de sus acciones y pensamientos, desenmascarando contradicciones y mezquindades. La literatura se puede llamar así cuando no se limita a ofrecer simplemente un consuelo ilusorio. De hecho, lo que suele dejar huella son las sacudidas, como un estremecimiento cortante en el alma del lector.

Son pocos los que han sabido identificar esta labor en Luigi Pirandello, observador demoledor por excelencia en una sociedad ficticia y presuntuosamente enrocada en su presunta certeza de perfección, aunque en realidad viviera con una profunda y culpable sensación de infelicidad y ahogo. Este escritor vació de significado las dicotomías entre locura y normalidad, entre lo absoluto y lo relativo, entre realidad y ficción. Su ojo clínico resultó también profético, tanto que ni siquiera las herramientas nacientes de entretenimiento y comunicación de masas, surgidas al albor del siglo XX, lograron ahorrarse el corrosivo carácter de sus intuiciones. Lo que vemos hoy plantea un dilema totalmente contemporáneo –el uso compulsivo y malsano de las redes sociales– que es resultado de una advertencia nunca escuchada, la materialización de un miedo que se remonta a la aparición de las primeras cámaras.

Era el año 1925 cuando Pirandello, rebautizando una novela ya editada en 1916 con el título Se filma, mandaba a imprenta los Cuadernos de Serafino Gubbio operador, sin duda una de sus obras más infravaloradas. En la historia de Serafino, sometido a unos ritmos de trabajo enloquecidos y a tareas tan repetitivas que resultaban alienantes (“Dejé de ser Gubbio y me convertí en una mano”, afirma el protagonista), se muestra una humanidad entera subyugada por la fascinación chispeante de la tecnología, incapaz de percatarse de la fragmentación de su alma, absorbida por un remolino de indiferencia y violencia. En ese sentido, resulta emblemática la conclusión de la novela. El protagonista de la película rodada por Serafino tiene que grabar una escena especialmente cruenta, que implica la muerte de un tigre. Sin embargo, presa de un ímpetu inexplicable, acaba matando a Varia Nestoroff, su compañera de rodaje, antes de ser víctima él mismo, devorado por el feroz animal. La secuencia, a pesar de su dramaticidad, queda inmortalizada. Serafino, impotente, asiste a la matanza sin emitir una sola palabra. Ni en esa ocasión ni nunca más. El espectáculo, el golpe de efecto, el egocentrismo, acaban con la humanidad de los sentimientos. No hay espacio para ninguna reflexión, ni siquiera sobre la ferocidad de la muerte. Lo que importa, sugiere Pirandello, es el grado de espectacularidad que se confiere al evento. Todo queda reducido a una carrera a ciegas, donde está prohibido –o es imposible– expresar desacuerdo. ¿No es acaso un retrato ante-litteram de nuestro presente? Las particularidades de cada uno proceden de identidades anónimas, falseadas y virtuales, donde no existe proyección futura de uno mismo más allá de las pantallas de nuestros smartphones, allí donde no está permitido salirse de la tropa mayoritaria sin correr el riesgo de sufrir un linchamiento verbal.

La abundancia de palabras es el verdadero cauce de la ira en nuestros tiempos. Palabras que se transforman en armas, enarboladas con el gusto perverso de quien quiere asomar y ocultar su ser, de quien acepta y enseña una vida que avanza a la sombra de la búsqueda de aprobación. “¡Viva la máquina que mecaniza la vida! ¿Aún les queda, señores, algo de alma, algo de mente y corazón? ¡Venga, venga, a las máquinas voraces que están esperando! Podréis ver y sentir el producto de deliciosa estupidez que sabrán obtener y a la fuerza el triunfo de la estupidez, después de tanto ingenio y de tanto estudio dedicado a la creación de estos monstruos, que debían servir de instrumentos y que en cambio se han convertido en nuestros amos. La máquina está hecha para actuar, para moverse, necesita tragarse nuestra alma, devorar nuestra vida”.

Volver a indignarse. A eso nos invita Pirandello. A pensar que al otro lado de la pantalla existe, fluye, late una vida que no puede reducirse a un post que comentar o a una noticia que no necesita nuestra comprensión. A recuperar esa sensibilidad hacia las tragedias humanas que la frialdad de los instrumentos a nuestra disposición ha transformado, como mucho, en la misma curiosidad indiferente que distingue al espectador de un film. Se puede y se debe gritar, pero solo para animar a construir, no a demoler. Solo cuando, a diferencia de Serafino, estamos dispuestos a abandonar nuestras posiciones.

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