El Covid, Dante y el ´Paraíso´ posible

Cultura · Emilia Guarnieri
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11 noviembre 2020
Dante sabía mucho de pecados, de maldad, de angustia y de dolor, como documenta de sobra su Infierno. Cómo no recordar al conde Ugolino mordiendo la cabeza del arzobispo Ruggieri, o las baratijas que los demonios sumergen en las llamas, o la angustia de Paolo y Francesca, condenados a recordar el amor que les ha llevado hasta la muerte y a la maldición.

Dante sabía mucho de pecados, de maldad, de angustia y de dolor, como documenta de sobra su Infierno. Cómo no recordar al conde Ugolino mordiendo la cabeza del arzobispo Ruggieri, o las baratijas que los demonios sumergen en las llamas, o la angustia de Paolo y Francesca, condenados a recordar el amor que les ha llevado hasta la muerte y a la maldición.

Pero también sabía de belleza y de felicidad, en su amor por Beatriz experimentó la mayor dicha y dulzura. “Toda dulzura (…) nace en el alma del que hablar la siente”. Tal vez esta experiencia de felicidad y plenitud acompañó a Dante en su relato de la dicha eterna, identificando en los espíritus que habitan en el Paraíso ciertos rasgos peculiares. Estamos en el tercer canto de la Comedia, entre los menos conocidos, tal vez porque se considera más distante de la condición humana. Pero hay un factor que, bien mirado, nos lo puede acercar inmensamente: el hecho de que las dimensiones humanas que se viven en el Paraíso son exactamente las mismas que cada uno de nosotros desearía experimentar en su vida diaria.

Las almas del Paraíso se “mueven”, siempre actúan juntas, movidas por un mismo ímpetu. Esa concordia no nace de una renuncia o del aplanamiento de los deseos individuales sino de una coincidencia total de cualquier deseo subjetivo con la “voluntad divina”, la voluntad de Dios, porque “en su voluntad está nuestra paz”.

Para documentar esta cercanía a la condición humana, también podemos ver que ni siquiera en el Paraíso el poeta renuncia a la representación escénica, a la concreción material. Los bienaventurados se nos aparecen siempre no en una evanescencia diáfana sino con una “forma”, con una imagen que juntos contribuyen a crear o animar. Puede ser la Cruz de Cristo en el Cielo de Marte o la escalera de oro del VII Cielo, o las coronas danzantes de los espíritus de la sabiduría, siempre identificadas, personas que viven en diversos tiempos y contextos y que pasan a formar parte de una “cosa” única. Es decidida y humanamente deseable lo que viven las almas del Paraíso, una humanidad hermosa y correspondiente con nuestra propia naturaleza.

Cuántas veces, en estos tiempos tan dramáticos, hemos percibido que era inevitable estar “juntos”, cuántas veces hemos tocado con nuestras manos que solo la solidaridad y la ayuda mutua permiten afrontar las necesidades (no solo materiales) que esta pandemia saca a la luz de manera cada vez más dramática. Pero también cuántas veces, ante el litigio y la lógica de la contraposición que domina el mundo de la política y (por trágico que parezca) también el de la ciencia y la sanidad, hemos pensado que si aquellos que tienen poder y conocimientos unieran sus fuerzas, inteligencia y acciones, teniendo como principal objetivo el bien de la gente y no la afirmación de sí mismos, tal vez se hallarían mejores soluciones en menos tiempo.

Mientras tanto hemos construido un mundo sin ideologías, sin pertenencias, sin cuerpos intermedios, donde cada uno vive para sí mismo, con su propia pantalla y su propio teclado, con la ilusión de que así, sin intermediarios, podemos ser más libres.

Pero en el fondo de nuestro ser algo grita que no estamos hechos para estar solos, para concebirnos aislados. Nuestra naturaleza, nuestro corazón, nos dicen que el ser humano es relación, que la verdad de cada uno de nosotros se realiza en nuestras relaciones, que cada yo se realiza en la relación con un tú. Debemos decidirnos. Podemos sucumbir al miedo al otro (porque en todo el caso el otro también da miedo), evitar el riesgo de relacionarnos, desahogar nuestra rabia en las redes, apagar la cámara y hundirnos en la nada, mirar la vida política y social solo con escepticismo o, como mucho, como una cuestión de bandos. Pero también podemos fiarnos de nuestro deseo, de esa chispa que nos hace intuir que pensar, mirar, decidir “juntos” nos corresponde más, es más adecuado a nuestra verdadera medida.

Podemos dar crédito a este deseo ensanchando nuestro corazón y nuestra mente para interceptar cualquier chispa de posible respuesta. Y si en alguien esta positividad está ya en marcha, entonces sí, podemos “juntarnos”.

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