Un recurso, no un problema

Mundo · Giorgio Vittadini
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15 septiembre 2015
Ahora más que nunca la decisión de Berlín de abrir sus fronteras suscita la pregunta de qué va a pasar con toda esa riada humana en fuga y qué cambiará en las sociedades europeas que la acojan.

Ahora más que nunca la decisión de Berlín de abrir sus fronteras suscita la pregunta de qué va a pasar con toda esa riada humana en fuga y qué cambiará en las sociedades europeas que la acojan.

Toda vida humana debe ser salvada. Su valor inviolable, en el que se funda la civilización occidental, parece prevalecer estos días. Como ha dicho el Papa Francisco, no basta con tolerar, hace falta acoger. Eso implicará ayudar a muchas personas a integrarse, encontrar una casa, lugares para educar a sus hijos, un trabajo seguro y digno. Esto vale para todos, pero sobre todo para la última oleada de refugiados sirios, nigerianos, somalíes, víctimas de guerras que ellos no han querido, provocadas por los fundamentalismos y debidas también a graves errores y connivencias de los países occidentales.

Hace unos días, en su discurso sobre el estado de la Unión en el Parlamento de Estrasburgo, el presidente de la Comisión europea, Jean-Claude Juncker, abordó con decisión esta cuestión: “No olvidemos que el nuestro es un viejo continente afectado por un declive demográfico. Necesitaremos talentos. Hay que afrontar las migraciones de otro modo, no ya como un problema que eliminar sino como un recurso que gestionar de forma eficaz”. ¿Conviene acoger? ¿Se puede hacer? ¿Cómo?

Varios economistas han afirmado estos días que los miles de refugiados que están llegando a Europa pueden ser la respuesta a viejos y graves problemas económicos de los países occidentales, como el sistema de pensiones. Según Bloomberg, Europa necesitaría 42 millones de nuevos europeos en el año 2020 y más de 250 millones más en 2060 para mantener en pie el sistema de pensiones del continente. Según un reciente informe de la Unión Europea, hoy hay cuatro personas en edad de trabajar por cada jubilado; en 2050 serán dos. Si la distancia entre el número de jubilados y personas en edad activa sigue creciendo, el sistema acabará saltando por los aires. Por tanto hacen falta jóvenes, como son la mayoría de los inmigrantes.

Aún hay más. El problema no es solo cuantitativo, sino que también se refiere al nivel de las competencias. Alemania piensa en utilizar a los inmigrantes no solo para los trabajos más humildes sino valorando las calificaciones de muchos de ellos, para favorecer su integración como empleados, dirigentes y empresarios. De hecho, es lo que ya hacen otros países europeos y norteamericanos con los emigrantes: ofrecerles un trabajo cualificado y correspondiente a su preparación y capacidad.

De este modo se abre un enfoque cultural y políticamente nuevo sobre la acogida, que implica por ejemplo más políticas activas, inversión en formación, enseñanza de la lengua, valoración de perfiles que tal vez tengan muchos de los que llegan.

Nos limitamos a pensar en los inmigrantes y refugiados como un problema, en vez de un recurso para trabajos cualificados e incluso iniciativas empresariales, y reservamos a los que llegan los trabajos que nuestros jóvenes no tienen ganas de hacer. Así, los que llegan con una preparación adecuada y con aspiraciones, al final no quiere quedarse aquí. Pero en el fondo, nuestro sistema productivo reserva la misma suerte también a nuestros jóvenes nacionales: no se les valora, ni siquiera a los más cualificados, que al final resultan más competitivos en el mercado internacional, de modo que muchos tienen que marcharse.

No somos capaces de acoger a los que llegan pero también nos cuesta ver y valorar lo que ya tenemos entre nosotros.

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