La auténtica batalla contra el terrorismo

Mundo · Robi Ronza
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23 julio 2015
Como bien saben las organizaciones terroristas islámicas, tanto en el mundo musulmán como en la diáspora, el rencor enfurecido hacia Occidente hoy está tan extendido entre las jóvenes generaciones musulmanes que las ha terminado convirtiendo en ´materia prima´ lista para usar. Eso no solo les hace relativamente mucho más fácil el reclutamiento de militantes y simpatizantes, sino que llega a ser incluso un valor operativo.

Como bien saben las organizaciones terroristas islámicas, tanto en el mundo musulmán como en la diáspora, el rencor enfurecido hacia Occidente hoy está tan extendido entre las jóvenes generaciones musulmanes que las ha terminado convirtiendo en ´materia prima´ lista para usar. Eso no solo les hace relativamente mucho más fácil el reclutamiento de militantes y simpatizantes, sino que llega a ser incluso un valor operativo.

Dentro de ciertos límites, estos sujetos ni siquiera necesitan organizar los atentados. Saben que en determinadas circunstancias pueden tirar en la justa medida de la palanca del odio y de la incitación al derramamiento de sangre, y alguno más dispuesto que otro acogerá su llamamiento. El reciente episodio del árabe americano que mató a cuatro marines en un centro de reclutamiento de Chattanooga y luego en una base militar cercana, es muy significativo. Ante tal situación y ante la facilidad con que en EE.UU cualquiera puede adquirir armas de guerra, nos enfrentamos a un fenómeno que casi se parece a una reacción química: se combinan los elementos con la certeza luego confirmada por los hechos de que el resultado será el previsto.

En Europa es un poco más complicado porque el comercio y la posesión de armamento es ilegal. Sin embargo, como demostró el atentado contra los redactores de Charlie Hebdo, se puede obtener el mismo resultado. En cierta medida, parece que tratar de identificar y desmantelar a la asociación terrorista es una empresa inútil. Esta forma de terrorismo no necesita una gran organización. Presuponiendo tal vez cierto complejo modelo organizativo, la imagen de los ´lobos solitarios´ o las ´células durmientes´ no ayuda a comprenderlo. Más que tirando de la palanca de una cadena de comandos, quien lo gobierna actúa lanzando señales que alguien seguro que atenderá.

Todo esto confirma que a fin de cuentas es en el ámbito cultural donde se puede ganar o perder este desafío. Un drama histórico atascado por la actual incapacidad del islam para confrontarse con el mundo contemporáneo, que tiende además a descargar sobre tensiones externas lo que no consigue gestionar en su propio seno. A corto plazo, la reacción policial y militar son inmediatamente necesarias, pero a largo plazo la confrontación cultural resulta un factor decisivo. En esta perspectiva, hay que rendir cuentas con ese nihilismo y relativismo masivos que constituyen hoy la cultura emergente de Occidente. El reciente deshielo en las relaciones entre Irán y las grandes potencias es otra señal que pone de manifiesto la poquedad de esta cultura. Una vez más, los enviados a Teherán para describirnos el ´deseo de Occidente´ de los jóvenes iraníes han utilizado demasiado a menudo el habitual y sutil recurso a chicos y chicas bien que dominan el inglés y que van con sus mochilas llenas hablando de su deseo de ir a discotecas, de oír música, rock, de llevar vaqueros, de tener relaciones esporádicas, uniones de hecho, un gran coche, etcétera. Notemos que una vez más se ha cometido el error de presentar estas restringidas élites occidentalizadas al más bajo nivel como muestra de toda la juventud del país. Respecto a los amigos de los amigos de los enviados de los grandes periódicos occidentales, la gran masa de la población iraní, jóvenes y viejos, es como si viviera en otro planeta.

Más allá de todo esto, nos interesa ante todo insistir en que para reconquistar la estima de las jóvenes generaciones musulmanas lo que hace falta es otra cosa muy distinta. Pero no parece que todavía, al menos de momento, la corriente cultura “laica” esté mínimamente en condiciones de dar a este respecto respuestas eficaces. Más que nunca, sería útil un gran compromiso por parte de los cristianos, y por tanto de la Iglesia. Respecto al mundo musulmán, entre otros, el acento recae casi por completo en la caridad en sentido general, por tanto en la acogida. Tenemos la suerte de saber que cultura, caridad y misión son las tres dimensiones co-esenciales de la experiencia cristiana, y por tanto de su testimonio. De modo que tomémoslas siempre juntas en consideración. Nos hará bien a nosotros y también a los musulmanes que nos vean y con los que nos encontremos. Cada uno de nosotros puede y debe hacer obviamente su propia tarea. Pero también hacen falta signos altos y claros.

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