Cartas desde la frontera / V

No es bueno que el hombre esté solo

Cultura · IGNACIO CARBAJOSA
COMPARTIR ARTÍCULO Compartir artículo
| Me gusta 9
1 noviembre 2022
¡Qué abstractos somos cuando pensamos que nos basta una buena peli, un buen aperitivo, una buena lectura, para pasar una tarde estupenda!. No estamos hechos para estar solos. Somos tensión hacia la alteridad.

Querido Pascual,

 

El fin de semana pasado estuve en Recanati, la patria chica de Giacomo Leopardi, grandísimo poeta italiano de la primera mitad del siglo XIX. Él es uno de los genios que con mayor lucidez ha captado la relación que hay entre la belleza de la mujer y la Belleza divina que nos llama a través de ella. Justo lo que vimos en mi última carta: la diferencia sexual es uno de los lugares religiosos por antonomasia. En estas estrofas del canto “El pensamiento dominante”, a partir de la belleza de su amada, Leopardi se dirige al que es “fuente de toda hermosura”:

 

Cuando de nuevo vuelvo
a contemplar a aquella
de quien contigo vivo razonando,
crece aquel gran deleite,
crece el delirio por el que respiro.

¡Angélica hermosura!
Cualquier hermoso rostro me parece
casi fingida imagen
que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
de toda hermosura;
tú, la sola belleza verdadera.

 

No podemos decir que Leopardi fuera una persona “creyente”. Llega a dirigirse a la Belleza con mayúscula a través del atractivo potente que en él ejerce la belleza con minúscula.

Y así llegamos al segundo relato de la creación (Gén 2,4b-25), centrado en el hombre y la mujer. Tiene una estructura muy diferente al primero. Como ya te dije, en este relato Dios crea a través de la acción, con las manos, modelando. Este pasaje, donde aparece el famoso Adán, es una sola cosa con el capítulo tercero, en el que se introduce lo que llamamos el “pecado original”, y en el que la mujer de Adán recibe nombre: Eva. Hoy solo nos ocuparemos de la primera parte, que es un retrato finísimo del misterio de la relación entre el hombre y la mujer. En la segunda parte se nos descubrirá el origen de la violencia que desgraciadamente empaña esa relación y que hace que lo que era un paraíso se torne un infierno. Pero lo dicho, eso será más adelante.

Entremos en materia. En el versículo cuatro del segundo capítulo se empieza de cero con un nuevo relato: “Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados”. Se nos dice que Dios no había enviado aún la lluvia y no había brotado hierba en la tierra porque “no había hombre (Adán) que cultivase el suelo”. De cajón. El hombre está en el centro de la creación, ¿de qué sirven las cosas si no hay una criatura que tome conciencia de ellas?

Manos a la obra (nunca mejor dicho): “el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo”. La creación del “hombre” tiene lugar en dos tiempos. Primero Dios toma “polvo de la tierra”, algo así como arcilla, y modela el cuerpo del hombre. Tierra en hebreo se dice “Adamá” y de ahí nace lo que traducimos como “hombre” que es el famoso “Adam” (en castellano Adán). Esta es nuestra condición humilde: hechos de barro, de arcilla, “terrícolas” podríamos traducir. Pero el “Adán” todavía no es un ser vivo. Es necesario que Dios le insufle un aliento para que, respirando, empiece la vida. Casi como el cachete que se le da al recién nacido para que empiece a utilizar los pulmones. En la Antigüedad, para saber si una persona estaba viva se le acercaba un espejo a la nariz para ver si lo empañaba. Somos carne modelada y aliento de vida. Lo que en hebreo se puede traducir como “alma” es la palabra “nefesh” que es a la vez “garganta, cuello, respiración, aliento” y “vida, alma, persona, yo”. Sin este aliento, ¿qué es la carne humana? Puro barro.

Este “Adán” no es todavía el varón y mujer que conocemos, ni está en el mundo que nosotros conocemos. Es colocado en el jardín del Edén, en lo que hemos llamado “paraíso”, a partir de la palabra persa que se utiliza para “jardín”. Allí, “el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer” (Gén 2,9). Un festín para los sentidos. Solo de un árbol le prohíbe comer: “del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir” (Gén 2,17). Disfrutar de todos los árboles, con sus frutos, menos de uno, es la condición propia de la criatura. Implica reconocer (¡y agradecer!) que las cosas nos son dadas, no las creamos nosotros, no las poseemos. No somos el creador.

“¡Qué bien se debía estar en el paraíso!”, te imagino pensando. Pues te equivocas. El “Adán” estaba solo. ¡Qué abstractos somos cuando pensamos que nos basta una buena peli, un buen aperitivo, una buena lectura, para pasar una tarde estupenda!. No estamos hechos para estar solos. Somos tensión hacia la alteridad, hacia el otro, especialmente en la diferencia sexual. Somos el único animal que se “aburre”. Y de nuevo vemos en acción a Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él” (Gén 2,18). Recuerda que estamos todavía en el proceso de crear al hombre (Adán) tal y como lo conocemos: varón y mujer. En hebreo lo que traducimos normalmente como “una ayuda adecuada para él” podría traducirse literalmente “una ayuda como lo que está enfrente de él” (como en un espejo).

¡Se está preparando la verdadera compañía, y por ello la ayuda más adecuada para el ser humano! “Lo que está enfrente de él” es la mujer para el varón y el varón para la mujer. Iguales, pero uno enfrente del otro (en el sentido de que “encajan”, se corresponden, al contrario que el amigo que está “a mi lado”). También en este caso, como en el de la polémica con los evolucionistas, se han escrito muchas tonterías al no entender el relato y su género literario. Acusar de “machismo” a este relato (¡la mujer sacada de la costilla del varón!) es como lanzar sopa de tomate a una obra de van Gogh (triste actualidad…).

Pero antes de llegar al culmen del relato (que deberemos dejar para mi próxima carta), Dios “modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán, para ver qué nombre les ponía”. Poner nombre a las cosas implica dominarlas, someterlas. Y así lo hizo Adán (su tiempo le debió llevar…). Pero seguía solo: lo que dominamos no nos hace compañía, no lo reconocemos como “lo que está enfrente de mí” y es fuente de novedad y compañía.

¡Pobre Adán! ¿Qué podemos hacer por él? Te dejo con la miel en los labios, asegurándote que Dios es muy creativo. Lo verás la próxima semana.

Me alegro de la iniciativa que me cuentas de ver la película de Stanley Kramer, “La herencia del viento”, con tus compañeros de clase. La Universidad es el mercado de las ideas y a nuestra experiencia de fe le sienta muy bien afrontar todo tipo de objeciones. ¡Solo así crece nuestra certeza! Me tendrás que dar tiempo para responder a todas las preguntas que surgieron en tus compañeros en torno a los relatos bíblicos… hay que proceder con orden.

Un abrazo.

Noticias relacionadas

Elogio de la vida intelectual en la era de las utilidades
Cultura · Antonio R. Rubio Plo
Zena Hitz, profesora en el Saint Johns’ College en Annapolis, ha escrito Pensativos. Los placeres de la vida intelectual (Ed. Encuentro), un libro que merece figurar entre los clásicos de los dedicados al estudio, el aprendizaje y los libros. ...
6 diciembre 2022 | Me gusta 0
Una invitación a la belleza
Cultura · Antonio R. Rubio Plo
Un libro de bolsillo, unas reflexiones sobre la filosofía y unas obras pictóricas cuidadosamente seleccionadas. Tal es el contenido de "El arte de mirar: la trascendencia de la belleza" (ed. Palabra), escrito por Ricardo Piñero Moral, catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la...
24 noviembre 2022 | Me gusta 3