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Era importante ver qué punto escogería Benedicto XVI para su último mensaje a los cardenales. Y el punto ha sido la Iglesia, “que constituye para todos nosotros la razón y la pasión de nuestra vida”. Y para ello ha recurrido a uno de sus teólogos amigos, a Romano Guardini, que explicaba en los años del Concilio Vaticano II que “la Iglesia no es una realidad inventada y construida en un despacho, sino una realidad viviente”. La Iglesia vive a lo largo del tiempo transformándose, como todos los seres vivientes, pero en su naturaleza permanece siempre ella misma, porque su corazón es Cristo.
Ha corrido su carrera, ha mantenido la fe
28.02.2013
Era importante ver qué punto escogería Benedicto XVI para su último mensaje a los cardenales. Y el punto ha sido la Iglesia, “que constituye para todos nosotros la razón y la pasión de nuestra vida”. Y para ello ha recurrido a uno de sus teólogos amigos, a Romano Guardini, que explicaba en los años del Concilio Vaticano II que “la Iglesia no es una realidad inventada y construida en un despacho, sino una realidad viviente”. La Iglesia vive a lo largo del tiempo transformándose, como todos los seres vivientes, pero en su naturaleza permanece siempre ella misma, porque su corazón es Cristo.
Y entonces ha añadido que eso es lo que pudimos ver ayer en la Plaza de San Pedro, un cuerpo vivo que está en el mundo pero que no pertenece al mundo, sino que es sólo de Dios y vive de la fuerza de Dios. Atención al paralelismo que dibuja en su último día de pontificado: al igual que sucedía en los tiempos previos al Concilio, de los que hablaba Guardini, el Papa ve en este momento “el despertar de la Iglesia en las almas”. Y así Cristo sigue caminando con los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Esta es nuestra alegría, ha remarcado, esa que ningún poder del mundo nos puede quitar.
Así ha comparecido ante sus hermanos en su última mañana como Papa: con la vibración alegre de comprender que la Iglesia está viva y atraviesa el oleaje de la historia. Su despedida, lejos de ser una reprimenda amarga o una defensa de sus propias cuentas, se ha convertido en el testimonio sencillo de alguien que camina con su pueblo y no se asusta. Sabe que lo decisivo no son los errores y pecados (tan aburridos, tan viejos) sino la presencia de hombres y mujeres que siguen “ofreciendo a Dios su propia carne, y precisamente a través de su pobreza y su humildad se hacen capaces de generar a Cristo hoy en el mundo”.
En un último gesto de grandeza, el Papa todavía reinante ha prometido a su sucesor, seguramente presente entre quienes le escuchaban, su reverencia y obediencia incondicionales. Así se despide el humilde trabajador en la viña del Señor. Ha combatido su combate, ha corrido su carrera, ha mantenido la fe.
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