…Y Moustaki se fue al purgatorio

Cultura · Félix Caballero
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28 mayo 2013
Con la muerte de Georges Moustaki el 23 de mayo en Niza a los 79 años por una enfermedad pulmonar que le impedía cantar desde desde 2011, desaparece el penúltimo gran nombre de la canción francesa. Su amiga Marina Rossell, la famosa cantante catalana, ha dicho que "es como si se volviera a quemar la biblioteca de Alejandría", la ciudad egipcia en la que Moustaki había nacido. Solo queda vivo el incombustible Charles Aznavour, que el próximo año, Dios mediante, cumplirá los noventa.

De familia griega, pero nacido en Alejandría dentro de esa colonia griega que tantas figuras ha dado a la cultura universal, como el poeta Cavafis, Moustaki fue acogido pronto por esa Francia que, hasta ayer, ha sabido abrazar a las minorías perseguidas hasta hacerlas suyas, incluidos muchos españoles, como Picasso.

En París descubrió a Edith Piaf, para quien escribió Milord, y a Georges Brassens, de quien tomó su nombre artístico (realmente se llamaba Giuseppe Mustacchi), y se convirtió en un puntal de la chanson, cantando ya para siempre en francés, aunque su poliglotismo, heredado de sus padres, le permitiría también grabar en griego, inglés, portugués, árabe, español, italiano y alemán.

En los años 60 escribió canciones para los grandes nombres de la canción francesa, sobre todo para Serge Reggiani, pero también para Yves Montand, Dalida, Barbara y Juliette Gréco.

En 1968 su canción Le métèque (El extranjero) alcanzó un éxito inusitado y le convirtió en un intérprete conocido en todo el mundo. La música está inspirada en los ritmos tradicionales griegos, empezando con un buzuki al que se le unen guitarras y un aro pandereta como percusión, manteniendo todos un tono sosegado que permite que la voz del cantante se despliegue con su fraseado claro. La letra es una historia en dos partes: en la primera describe lo que ha sido su pasado, del que ni reniega ni alardea, con sus buenos momentos de placer y los malos de sufrimiento; en la segunda se lanza a declararle su amor a la mujer que le está escuchando, a la que le promete una pasión sin final en la que interpretará el papel que ella desee.

Como dice la letra de la canción, Moustaki compuso, cantó y sobre todo vivió apasionadamente, con su "acento de extranjero, de judío errante, de pastor griego" y sus "cabellos a los cuatro vientos"; bebiendo, abrazando y mordiendo "sin saciar jamás su hambre"; frontando su piel "al sol de todos los veranos y de todo lo que llevaba enaguas"; sufriendo y haciendo sufrir, con su alma "que no tiene la menor posibilidad de salvación para evitar el purgatorio".

Después vendrían otras joyas como Ma solitude, Il y'avait un jardín, Sarah, Il est trop tard, Ma liberté, La longue dame brune, Le facteur, Et portant dans le mond o L'etranger.

Moustaki se ha ido al purgatorio de los poetas, de los bohemios, de los artistas, pero solo después de habernos llevado con su música, durante tantos años, al séptimo cielo.

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