Los fantasmas del pasado

Cultura · Wael Farouq
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20 abril 2016
Los europeos siguen huyendo de su pasado. Los musulmanes, en cambio, siguen huyendo hacia su pasado. Entonces, ¿qué presente podrá reunirles?

Los europeos siguen huyendo de su pasado. Los musulmanes, en cambio, siguen huyendo hacia su pasado. Entonces, ¿qué presente podrá reunirles?

Dos guerras mundiales han dejado en la conciencia europea una herida profunda que hace que cualquier intento de crear o definir un significado para la vida, para el ser humano, para la sociedad o para la historia sea percibido como una exclusión de todo aquello que queda fuera de dicho significado. Una exclusión que podría amenazar al pluralismo y hacernos volver a caer en el infierno de la guerra y la destrucción. Así es como han caído los “grandes relatos”. Ha caído la religión, la ideología, y hasta la ciencia.

Más allá de los grandes relatos, cada uno de nosotros ha tenido que crear su pequeña narración que, sin embargo, al no abrir espacio a nada más, nace muerta, porque si estuviera ligada a “otra cosa” perdería la legitimidad de existir que deriva del ser transitorio y efímero. La única huella que esta pequeña narración deja tras de sí son algunos pulgares en alto como signo de apoyo o algunas caras sonrientes o tristes, siempre en Facebook. Toda “cualidad humana” se puede ya cosificar y transformar en una “cantidad” de signos que no permiten a nuestra pequeña narración convertirse en gran narración, haciéndola así rehén de un modelo que se repite hasta el infinito.

Por otro lado, el colonialismo y la sucesiva subordinación política, económica y cultural han dejado en la conciencia árabe una profunda herida que hace que cualquier intento de generar un significado para la vida, para el ser humano o para la sociedad sea percibido como una consolidación de la humillación y una amenaza a la pureza de los orígenes, convertida en la única opción a la que recurrir para borrar la vergüenza del amor hacia el verdugo y de la semejanza con él. Así, “los orígenes” se convierten en el gran relato que engulle a los pequeños, impidiéndoles generar a su vez significado. ¿Cómo vamos a generar significado si todo lo que hacemos es una eterna repetición de los orígenes míticos, más allá de la realidad y de la historia?

La civilización occidental se parece hoy a un hombre que decide castrarse porque no quiere engendrar a un hijo malvado. La civilización islámica, en cambio, se parece a un hombre que mata a todos sus hijos que no se parecen a su padre, aunque no los ve nunca. El primero se miente a sí mismo diciéndose que no necesita hijos y no que le importa el futuro. El segundo se miente a sí mismo pensando que el parecido con un padre ausente puede invertir la dirección del tiempo. El primero miente a los demás intentando convencerles de que sus nobles valores no tienen raíces ni historia. El segundo miente a los demás intentando convencerles de que sus nobles valores todavía viven y no son solo una máscara que oculta su decadencia moral y su degeneración humana.

En una de sus famosas historias, Juha pierde las llaves de casa. Por la calle, en la puerta de su casa, mira por todos los rincones y remueve todas las piedras buscando la llave perdida. Algunos paseantes se apiadan de ese viejo desorientado y se ponen a buscar con él, hasta que pierden la esperanza de recuperar la llave perdida. Llegado a un cierto punto, uno de ellos le pide a Juha que le indique dónde se le cayó exactamente la llave. Juha responde: “Dentro de casa”. La gente, asombrada por la candidez de Juha, le pregunta con tono de reproche: “¡¿Por qué te afanas entonces por buscarla en la calle?!”. Y Juha, también con tono de reproche, contesta: “Porque la casa está a oscuras, mientras que la calle está iluminada”.

Como Juha, preferimos vivir entre clamores, bajo los focos, entre ilusiones. Como Juha, sabemos que estamos fuera de lugar, espiritual y culturalmente. Sabemos que la clave para llevar a cabo todo lo que decimos sobre pluralismo, convivencia, integración, está en esa casa oscura que es el yo. El otro no existe sin el yo. El pluralismo no tiene valor sin el significado. No hay otra vía de salida más que reconquistar el significado, porque el vacío que deja el significado solo lo llenará la violencia.

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