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Sociedad · Julián Carrón
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25 febrero 2022
Por su interés, publicamos las palabras de Julián Carrón en la misa presidida por el cardenal Gualtiero Bassetti, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, con motivo del centenario del nacimiento de Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación

Eminencia, no tengo palabras para agradecerlo los muchos años que me ha honrado con su amistad, que yo sencillamente secundo y agradezco asombrado. Su invitación de esta noche es otra de las muchas ocasiones en que, delante de todos, ha expresado esta amistad y yo le agradezco su compañía durante estos años. Gracias de verdad, Eminencia.

Así he podido compartir con vosotros esta noche mi alegría por poder celebrar este aniversario tan crucial para todos nosotros, el centenario del nacimiento de don Giussani, porque este centenario es una ocasión preciosa para que todos seamos más conscientes del don que su persona ha sido para cada uno de nosotros. Para que cada uno pueda identificar la novedad que ha entrado mediante el encuentro con él, con su gracia, con su carisma, mediante el diálogo con él o mediante las personas que vivían esa gracia, incluso mediante nuestra propia vida, cómo ha iluminado la vida o la ha llenado de alegría, cómo ha exaltado todas nuestras posibilidades que –hablo por mí– nunca antes habríamos podido imaginar.

Este centenario es la ocasión de tomar conciencia del primer impacto que el encuentro con el movimiento suscitó en nosotros, esa novedad de vida que vimos brillar en los ojos de alguien y a la que no pudimos resistirnos. Esta es la manera, todo lo contrario de algo pesado o un simple conjunto de reglas. Eso es lo que ha sido para nosotros la comunicación del cristianismo. No una repetición verbal del anuncio, sino un auténtico acontecimiento, un acontecimiento de gracia, el acontecimiento de un sobresalto del corazón, de la razón y del afecto de cada uno de nosotros, haciendo posible que la vida fuera más vida y que pudiéramos participar cada vez más de la gracia de Cristo, no como un mero recuerdo devoto del pasado, que se aleja cada vez más, sino como un acontecimiento presente que nos llena cada vez más de gratitud.

Por eso, cuanto más aprovechemos este año del centenario para recordar, es decir, para asombrarnos aún más de esta gracia, más agradeceremos a Cristo y al Espíritu que haya suscitado a alguien entre nosotros, don Giussani, que nos hiciera percibir el cristianismo igual que lo percibían los primeros que lo conocieron. Con esa novedad, con esa diferencia humana que no censuraba nada, nada quedaba al margen, ni siquiera nuestros límites, todo lo exalta el encuentro con Cristo que él nos comunicó. El carisma de Giussani sigue sucediendo hoy mediante formas siempre sorprendentes con las que sigue suscitando ante nosotros personas presentes en las que vuelve a suceder este hecho para nosotros. Cuanto más atentos estemos a estas presencias, más presente seguirá, más vivo permanecerá ese carisma, ese don de la Iglesia de Dios, crecerá cada vez más, de modo que podamos ver que n o es simplemente una promesa con fecha de caducidad, sino una promesa –como todas las que hace Dios– que dura para siempre. Cuanto más podamos reconocerlo, más capaces seremos de responder a lo que la vida nos pide ahora: asumir la responsabilidad del carisma. Cada uno en primera persona, para poder interceptar esas presencias que nos lo testimonian ahora, para poder reconocerlo y seguirlo.

Solo así el carisma, la gracia que se nos ha dado, seguirá sucediendo para nosotros, para nuestras familias, para nuestros amigos, para nuestros compañeros de trabajo, para nuestros alumnos, para todos los que encontremos por el camino. No porque tengamos que convencerlos, sencillamente debemos mostrar que la vida es hermosa cuando está llena de significado, llena de una alegría que nosotros no podemos darnos y que habla de Otro que nos la está dando ahora. Cuanto más lo podamos reconocer, más fácil será obedecer a lo que la Iglesia nos pide cuando nos invita a reconocer esas presencias en este momento de cambio de responsables.

Pidamos a don Giussani, que hoy está más cerca que nunca, en este momento de nuestra historia, que podamos ser verdaderos hijos y testimoniar este año más que nunca que estamos realmente agradecidos de ser hijos y que no cambiamos de método. Porque las circunstancias pueden cambiar, pero siempre estamos disponibles a lo que él nos ha enseñado: que solo secundando esta novedad que llega mediante algo que no esperábamos, sigue sucediendo entre nosotros. Así podemos seguir colaborando con toda la Iglesia y testimoniando a Cristo a nuestros hermanos los hombres en cualquier situación en que nos encontremos para poder decirles, tan solo con nuestro rostro, que la vida se puede vivir con una intensidad que muchas veces no creemos que pueda existir. No se trata tanto de intentar convencerlos de que existe, lo único que cuenta es el brillo de nuestros ojos.

Texto no revisado por el autor

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