Lo que no es infierno

Sociedad · Luis Ruíz del Árbol
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1 julio 2024
El amor precisa de la tierra quemada y la materia muerta para hacer resurgir la vida. Nuestras miradas desérticas aguardan siempre en cada generación la llegada de un jardinero fiel que traiga el milagro del recomienzo.

Aún recuerdo el día de 1998, el año que estuve estudiando en Paris, en que paseando por la calle me topé con una frase pintada en una pared de la Sorbona, que me impactó muchísimo: “IL N’Y A QUE LE DÉSERT DANS VOS REGARDS”, sólo hay desierto en vuestras miradas. Los hijos de aquellos que hicieron la revolución en mayo de 1968, no habían descubierto bajo los pavés la arena de la playa, sino la del desierto. 30 años después, en una ciudad que empezaba a normalizar los estallidos de violencia en las banlieues por parte de los nuevos revolucionarios, los inmigrantes de segunda y tercera generación, parecía que el infierno seguía siendo los otros.

En el verano de 2022, un incendio forestal arrasó más de 20 mil hectáreas de la Sierra de la Culebra, en Zamora; para una comarca ya asolada por la despoblación y el envejecimiento, esta desertización sobrevenida fue un golpe casi mortal. Hace unos meses, oí por casualidad en la radio una entrevista a Nazaret Mateos, iniciadora y directora de Refosetas, un proyecto de regeneración de la Sierra de la Culebra, “a través del tratamiento del suelo quemado combinando hongos saprófitos y micorrícicos, aprovechando los árboles y la materia muerta para tener las primeras producciones de setas esta primavera y regenerando la microbiota del suelo y la micología del bosque de cara al futuro.” La idea se basa en que “los hongos generan humedad en el suelo, ayudan al crecimiento de las plantas (…) Es un abono natural que puede producir rendimiento económico en la sierra en un futuro.” De una sola tacada, de manera discreta y humilde, Refosetas contribuye a la recuperación ambiental del entorno, y estimula la actividad económica de la zona a través del turismo y la producción micológica.

Esta iniciativa me trajo a la memoria la preciosa película documental La sal de la tierra (Win Wenders, 2014), sobre la vida del gran fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. Qué delicadeza cuando cuenta cómo en 1997 volvió enfermo del Congo, tras haber realizado un foto-reportaje sobre su guerra civil, pero «no del cuerpo, sino una enfermedad del alma«, por haber vislumbrado «el abismo del mal del que es capaz el hombre”, el infierno en la tierra. En ese momento, decidió parar y regresar al pueblo donde nació y pasó su infancia, antaño un vergel, que se había convertido en un desierto debido a una salvaje esquilmación de los bosques por las industrias minera y ganadera. Salgado y su mujer, Lélia Deluiz Wanick, empezaron entonces poco a poco a reforestar las tierras adyacentes a su casa natal con semillas nativas criadas por ellos, fundando a tal efecto el Instituto Terra, como paraguas del proyecto. Actualmente, apenas 25 años después, se han recuperado más de 700 hectáreas de bosque, la vida animal ha regresado, y la región, contra todo pronóstico, se ha vuelto a reactivar económica y demográficamente.

Los proyectos de Refosetas y el Instituto Terra son una inconcebible realización histórica de la hermosa fábula de Jean Giono, El hombre que plantaba árboles. En ella, el escritor francés cuenta la ficticia vida de Elzéard Bouffer, un solitario pastor que, tras perder a su mujer y a su hijo por culpa de una epidemia, decide dedicar lo que le queda de vida a transformar pacientemente, en silencio y fuera de los focos, seleccionando él mismo una por una las semillas más idóneas, un desértico y desolado valle de los Alpes en una tierra plena de vida, de bosques y de agua.

La cuestión no es estar herido o no; la cuestión es qué hacer con esa herida”, le oigo decir a menudo a mi mujer. Y creo que el Italo Calvino de Las ciudades invisibles estaría completamente de acuerdo con ella: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”

Nazaret Mateos y el matrimonio Salgado han comprendido que, al igual que los hongos, el amor precisa de la tierra quemada y la materia muerta para hacer resurgir la vida; que la compasión que abre paso al cuidado es lo que no es infierno en medio del infierno; y que nuestras miradas desérticas, que tan bien describía la pintada que una vez vi en un muro de la Sorbona, aguardan siempre en cada generación la llegada de un jardinero fiel que traiga el milagro del recomienzo.

 

Luis Ruíz del Árbol es autor del libro «Lo que todavía vive»

 


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