Y, con todo, el hombre está bien hecho

Sociedad · Pierluigi Banna
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9 julio 2024
Se piensa que un deseo fallido coincide con un fracaso total de uno mismo pero no hay ningún  defecto de fábrica. A pesar de su condición históricamente herida, el hombre sigue estando bien hecho.

Un corte, una bajada de peso inesperada, una resistencia pertinaz a salir de casa, el rechazo de ofertas de trabajo, el miedo a no ser lo suficientemente bueno, el temor al juicio de los demás… Se podría seguir con muchas situaciones  similares que, sólo en el último período, han afectado a personas cercanas, de todas las edades y en diferentes condiciones sociales, cuando no también a quienes están leyendo esto. No se trata sólo de un malestar psíquico, sino del rasgo quizá más distintivo de la cultura en que vivimos.

Cesare Cornaggia, conocido psiquiatra milanés, se refería en su libro Dalla parte del desiderio (Del lado del deseo) a la distinción entre necesidades y deseos. Muy a menudo tratamos estos malestares generalizados como necesidades que hay que satisfacer de inmediato con recetas, palabras, silencios, consejos, doctrinas. Tanto los que se inquietan con aprensión y miedo; como los que los subestiman con el ceño un poco fruncido, creyendo que bastaría con pensar un poco menos en los propios problemas y comprometerse un poco más en hacer el bien, consideran estos malestares como defectos de fábrica humana.

Esto no hace sino agravar el problema porque quienes viven el drama de estas cuestiones se sienten aún más culpables, como si estuvieran agobiando a los demás. Un adolescente con problemas en  la novela de Matteo Bussola, Un buon posto in cui fermarsi, le pregunta a su padre por qué sigue siendo infeliz si ha hecho todo lo posible para corregir sus errores.

Basta con dar un poco de crédito a estas necesidades, basta que se nos diga de dónde surgen y hacia dónde empujan, para captar en ellas -como ha dicho recientemente Julián Carrón- una “pista de ontología» humana. No hay ningún  defecto de fábrica. A pesar de su condición históricamente herida, el hombre sigue estando bien hecho. De hecho, basta escuchar por un momento una pregunta como la de Jesús a sus discípulos («¿Qué buscáis?»), para captar, dentro de la historia de toda necesidad, en todo deseo insatisfecho, el signo inequívoco de esas exigencias de verdad, justicia, bondad que originariamente todo hombre descubre en sí mismo en el impacto con la realidad. Es la experiencia elemental de la que hablaba Luigi Giussani en El sentido religioso.

Hoy, sin embargo, da mucha vergüenza hablar de los deseos fallidos. Se piensa que un deseo fallido coincide con un fracaso total de uno mismo. Sin embargo, todo deseo surge de una carencia y, al fin y al cabo, no hay carencia sin la experiencia de no poder obtener lo deseado con las propias manos, es decir, sin fracaso. Olvidamos que el hombre -como escribe Binswanger- nació llorando. La carencia expresada por el llanto fue desde el principio el motor de una relación, la relación con la madre, que, como todos sabemos, no nos privó de la posibilidad de volver a llorar, cada vez que teníamos hambre. Nos dimos cuenta  de que esa carencia no era signo de una vida que se acababa, sino de la necesidad de vida, de otra vida más allá de la que ya se nos había dado. Detrás de cada necesidad, fracaso, carencia y deseo, es posible reconocer la oportunidad de una relación con alguien o algo que aún no conocemos, que aún no poseemos, pero que nos sorprende con la gracia de estar  ahí.

Hay un pequeño problema: este deseo es infinito. Nunca está satisfecho. Se desea el infinito -como escribe Pavese- en cada placer. ¿Quién será capaz de estar frente a esta infinidad de carencias, sin asustarse o enfadarse, o sin recurrir a estrategias infructuosas? Sólo quien tenga la conciencia para empujar al otro (pareja, amigo, hijo) hacia el  borde de sí mismo, como si dijera: «tu felicidad estará ahí, incluso sin mí» -como hace el padre en La carretera de McCarthy-. Esta es la paternidad de quien se hace continuamente hijo.

No hay época más apasionante que ésta, tan marcada por la fragilidad del yo, para reconocer la diferencia de este tipo de padres. Este tipo de padres, como Abraham, engendra un pueblo de hijos porque suscita infinitamente la promesa de una vida más allá del yo. Y lo hace por la forma en que nos llevan a contemplar el cielo estrellado mientras hablan con Dios.

 

Artículo publicado en Ilsussidiario

 


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