La palabra clave es “experiencia”

Carrón · Davide Perillo
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15 mayo 2024
"El encuentro con la diferencia del otro nos hará cada vez más nosotros mismos si evitamos el esquematismo ante  lo que nos resulta extraño, si aceptamos la provocación y la secundamos utilizando toda la capacidad de nuestra razón y libertad".

Con estas palabras, Julián Carrón, profesor de Teología en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán, teólogo y biblista, ex presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación de 2005 a 2021, invierte la perspectiva con la que solemos abordar la relación con el otro, con el diferente.

Afirma que «nunca ha percibido un riesgo al entablar una relación con nadie». Pero  la diferencia suele generar miedo y  la consecuencia es  querer defenderse del otro. ¿Por qué no es así en su caso?

El encuentro con el otro siempre ha sido una riqueza para mí. Siempre he tenido algo que aprender del otro, con toda su historia, su trayectoria, su experiencia. La diversidad no me genera miedo: no intento  defenderme porque el otro no es fuente del miedo, el otro me hace más consciente de lo que vivo. Se puede decir que sólo cuando uno tiene una certeza, una consistencia de la que vive, es capaz de entrar en relación con el otro. Los problemas no nos los crean los demás. Los demás nos hacen conscientes de los problemas que tenemos, de la inconsistencia, de las dificultades, de nuestros miedos. Se necesita una certeza para estar frente al otro.

Pero, ¿cómo lograr esa certeza, esa «consistencia» que nos permita encontrarnos con el otro?

Esta consistencia me parece que depende, en gran medida, del recorrido humano que cada uno haya hecho para crecer en su propia autoconciencia. Siempre recuerdo la frase de un amigo al que aprecio mucho por su capacidad para describir lo que intento decir: la fuerza de un sujeto reside en la intensidad de su autoconciencia. Cuanto más consciente es una persona de su autoconciencia, más posibilidad tiene de encontrarse con lo diferente; porque la persona no depende de lo externo, sino que descansa en una plenitud, en una consistencia personal que le permite abrazar al otro.

En la comedia antigua, Terencio hacía decir a uno de sus personajes: «soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno». ¿El hecho de que el otro sea diferente de nosotros implica necesariamente que nos sea extraño?

Para responder a esta pregunta, necesitamos comprender qué tenemos en común con el otro; y sólo podemos entenderlo si nosotros mismos estamos familiarizados con nuestra humanidad. Para poder escuchar al otro en su profundidad, en su verdad, es necesario que empiece a escucharme a mí mismo, porque de lo contrario reduzco involuntariamente al otro. Cuando daba clase, presentaba textos literarios y siempre preguntaba a mis alumnos qué hacía falta para entender un poema de amor. Mis alumnos me decían: conocer la fecha de composición, los círculos en los que fue escrito, la métrica del verso, el vocabulario. Pero yo les preguntaba si todos estos datos eran realmente suficientes. Un poema de amor es la expresión literaria de una experiencia, y para captar su verdadero sentido hay que haber tenido de alguna manera una experiencia de amor. Si no se reduce el texto a nuestra medida. Me parece que lo mismo ocurre en todas las circunstancias, porque podemos situarnos frente a la diferencia del otro con la capacidad de participar en su experiencia o de permanecer al margen de ella.

Sostiene usted que la educación no es un conjunto de discursos o instrucciones de uso, y que educa sólo quienes se esfuerzan por despertar algo en los demás, por poner en marcha su libertad. ¿Es posible educar para la diversidad?

Educar para la diversidad y tener esa posibilidad de entrar en relación con el otro me parece una de las mayores dificultades que tenemos. En  la relación con lo diferente, una persona puede resultar herida. A menudo vemos, en la experiencia de todos, que eso  genera una dificultad, porque tendemos a ver al otro sólo a través del agujero de esa herida. Es como mirar la realidad sólo a través de un aspecto, y todo lo demás es como si no existiera. Así, el otro se reduce a lo que yo puedo ver. Esto requiere realmente una educación. Si uno no se detiene en la herida, entonces puede encontrarse realmente en un camino que le lleve no a negar lo que ha sucedido, sino a ampliar la mirada, para poder verlo todo de nuevo. Por ejemplo, si un niño estuviera con sus padres y otros hermanos en un entorno como Disneylandia, todo sería una provocación para él: las atracciones, los juegos, las distintas posibilidades de diversión. En el momento en que se separa de sus padres, perdido entre la multitud, puede sentirlo todo como una amenaza, como algo que le es ajeno. Aunque la realidad seguiría siendo la que era antes, separado de sus padres sólo vería a través del miedo y sólo volver a estar con ellos podría devolverle ese atisbo de realidad que el otro le presenta. Para no ver sólo a través de la herida o de la soledad con la que tantas veces miramos la realidad, es necesario estar pacificado, haber curado la herida en una relación que permita volver al otro en su verdad.

¿Qué puede ayudar a construir puentes y no muros?

Cada herida, cada encuentro con lo diferente puede ser una oportunidad para generar un muro o para construir un puente. Partiendo de los mismos ingredientes, se pueden tomar decisiones diferentes. Está en juego la capacidad de educarse para relacionarse con la realidad de una determinada manera. Sólo quienes hayan crecido en humanidad serán capaces de tender puentes en cualquier situación. Los que, por el contrario, viven inseguros utilizan cualquier cosa como justificación para construir una trinchera para defenderse de un posible peligro. La pregunta es: ¿cómo construir a partir de los datos de la realidad? Sólo quien esté acompañado para vivir todo como una oportunidad podrá vivir en plenitud. Si nadie le ha educado para tender puentes con lo que sucede en lo real, todo lo que suceda confirmará que la realidad es una amenaza de la que hay que defenderse.

¿Qué puede hacer que palabras como «paz», «fraternidad», «solidaridad» no sean palabras vacías, sino llenas de sentido y de vida?

Me parece que la palabra crucial aquí es «experiencia». Muchas de estas palabras suelen estar vacías porque carecen de un contenido real de experiencia. Pero, ¿cómo la experimentamos? Necesitamos lugares. Sin lugares educativos donde uno pueda percibir estas palabras no simplemente como instrucciones de uso, o como llamamientos morales, sino como una experiencia real de una plenitud que hace que la vida sea más vida, que hace que la vida sea más intensa, que hace que la vida merezca más la pena ser vivida, será difícil que estas palabras no se vacíen constantemente de nuevo, aunque las repitamos una y otra vez. Estas palabras «suceden», por ejemplo, por un gesto de gratuidad, por una participación en momentos de convivencia en los que se toca con la mano una fraternidad o se  percibe un gesto absolutamente gratuito, solidario, y luego se ve el bien que significa para la vida. A veces nos asustan las diferencias, porque tememos que también nos obliguen a cambiar. ¿Acaso la diversidad del otro amenaza nuestra identidad?

Si la diversidad se percibe como una amenaza para nuestra identidad, significa que nuestra identidad es muy frágil. En cambio, la consistencia de una identidad se revela en la capacidad de hacer frente a cualquier diferencia. Es paradójico, pero cuanto más poderosa es la identidad, menos necesita la violencia para imponerse.

¿Puede la educación ser un antídoto contra la violencia, el individualismo y el nihilismo que impregnan las mentes y los corazones?

Sí, si la educación se percibe como una introducción a la realidad en su totalidad, porque cuanto más se entra en la realidad, más se abre la realidad. Yo solía poner este ejemplo a mis alumnos: si un niño tiene un juguete delante, la presencia del juguete le llena de curiosidad y de ganas de empezar a jugar; pero para percibir todo el potencial de ese juguete, el niño necesita que le enseñen cómo se utiliza. Si un niño utiliza un dispositivo electrónico moderno tan simplemente como un ladrillo, pierde el enorme potencial que tiene. Lo utilizará de forma violenta o individualista y acabará abandonándolo, porque no le interesa. Si no existe esta capacidad de introducción a la totalidad de la realidad, ésta se reduce y sólo se percibe de forma individualista. El riesgo es que nos perdemos lo mejor de la realidad.

¿Cuál es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo?

La educación es lo único que realmente puede hacer surgir en el hombre una mirada capaz de entrar en relación con todo y de percibir el valor de lo que encuentra ante sí. En mi opinión, la verdadera urgencia es: ¿quién educa? ¿Quién es el sujeto que debe hacerlo? Necesitamos lugares que abran la razón y la libertad, que permitan una verdadera relación para interceptar todo lo bueno que tenemos ante nosotros, pero para ello debemos dejarnos generar. Esta es una gran responsabilidad que tenemos los adultos respecto a los jóvenes. No basta con hacer discursos, necesitamos testigos en los que las nuevas generaciones puedan ver que esto no es un ideal abstracto, no es inalcanzable, sino que se puede tocar en las personas una plenitud de vida, una apertura, una capacidad de abrazar al otro, un reconocimiento de la libertad del otro. Sólo entonces la diversidad no se convertirá en una amenaza, sino en una riqueza capaz de hacer la vida más viva.


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