Habitar nuestro tiempo (Ed. Rizzoli)

Un mundo por conocer. Apostilla literaria para una conversación sobre nuestro tiempo

Carrón · Guadalupe Arbona
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12 junio 2024
Esta crisis y derrumbe de certezas compartidas es la llamada secularización y los tres autores del libro "Habitar nuestro tiempo" consideran que ofrece la posibilidad de conocer cosas que se habían perdido de vista.

La lectura de este diálogo entre tres pensadores sobre nuestro tiempo es muy recomendable. Personalmente, me ha permitido no solo disfrutar de una conversación en marcha, además se ha encendido en mí el deseo de mirar y conocer el mundo en el que habitamos. Se trata de la conversación entre Rowan Williams, Charles y Taylor y Julián Carrón, recogidas en el libro Abitare il nostro tempo (Habitar nuestro tiempo). Desde historias distintas y tradiciones diversas —la Inglaterra anglicana, el Canadá multilingüístico o la Europa mediterránea—, coinciden en algo sustancial: nuestro mundo es una oportunidad para descubrir quiénes somos. No se trata de una mirada naive sino muy realista. Y sí, miran nuestro mundo sabiendo que en él se han derrumbado seguridades; de hecho, el subtítulo contiene este punto de partida Vivere senza paura nell’età dell’incertezza (Vivir sin miedo en la edad de la incertidumbre). Esta crisis y derrumbe de certezas compartidas es la llamada secularización, y los tres consideran que ofrece la posibilidad de conocer cosas que se habían perdido de vista ¿Cómo es posible esa hipótesis? Este punto de partida me saca de mi inmovilismo, ese que se agazapa dentro de mí y que me susurra que ya conozco todo de este mundo. Los tres afirman que nuestra era, la de la secularización, es «una invitación a entrar en ciertas realidades en las que antes no podíamos entrar adecuadamente» (Taylor); es «un reto que puede ser una oportunidad. Es una llamada que viene de la realidad, y podemos vislumbrar el diseño que hay detrás. Es una oportunidad, porque me está llamando, está llamando a todos a una mayor conciencia de la naturaleza del ser humano. Hoy emerge con más fuerza la grandeza de nuestro yo y toda la necesidad que somos» (Carrón) y «Creo que vivir en la era secular es una vocación. Es una llamada de Dios y, por tanto, un don. Si lo vemos como una derrota, pensamos que hay una lucha cuyo resultado dependería únicamente de nosotros» (Williams).

Foto: Ed. Rizzoli

Entonces, si este derrumbe es puerta de acceso a realidades nuevas, a vislumbrar un diseño, a responder a una llamada o a una mayor conciencia, habrá, por honestidad, que pararse a considerar si es así. Los participantes de este diálogo documentan, basándose en la experiencia, y sobre lo que han pensado desde atalayas interesantes —una mirada reflexiva desde la sociología, la cultura y el compromiso político (Taylor), una reflexión desde la teología y el gobierno de la iglesia anglicana (Williams) y la visión de un educador y responsable de una experiencia de pueblo (Carrón)— una hipótesis nueva sobre nuestro mundo. No es poco. O mejor: es tan deseable como infrecuente. Más aún si se piensa en los análisis negativos sobre la época que vivimos.  Los que provienen del lamento por un mundo que se ha perdido: se llora la pérdida de la cristiandad, se añora una cultura de principios sólidos; y también se teme por un mundo controlado por la tecnología o en peligro por los desastres naturales que hemos provocado en el planeta.  Por eso la primera cuestión que suscita este libro y que resulta insoslayable es: ¿En qué se basan para afirmar que nuestro mundo es una oportunidad? ¿Por qué dicen lo contrario de lo que es un sentir y pensar generales? ¿Por qué no se dejan vencer por ese miedo que se descubre en las bases del vivir de nuestro mundo? Esta primera pregunta sobresale de entre las muchas objeciones que pueden enumerarse y que aparecen de manera más o menos soterrada desde las entrañas de la vida de todos con la forma de eso que Pavese llamaba esa pesantez cotidiana que «taglia le gambe» (corta las piernas) (C. Pavese, Dialoghi con Leucò). ¿Qué podemos descubrir en nuestro mundo?

Las reflexiones me han hecho pensar en dos novelas que, quizá, pueden ilustrar lo que se expone en el libro. Podría parecer disparatado que para hablar de nuestro tiempo y nuestro mundo recurra a dos novelas distópicas. Pienso, sin embargo, que, a través de ellas, dos historias en las que las previsiones catastróficas se llevan al extremo se tensan hasta el límite los augurios de un mundo incierto. Se publicaron en 2006, en los inicios del siglo XXI y tienen mucho de proféticas. La primera se titula Enhet (Unidad), de la escritora sueca Ninni Holmqvist. La segunda es La carretera, del escritor norteamericano recientemente fallecido Cormac McCarthy y, de hecho, está citada por la editora A. Gerolin en su magnífica introducción.

Holmqvist sitúa su historia en un centro de un mundo futuro. En él viven las personas que se consideran agotadas, los llamados prescindibles, es decir, aquellos hombres y mujeres que no tienen descendencia —no han aportado nada a la sociedad— y están ya entrando en la decadencia, es decir, mujeres que sobrepasan los 50 años y hombres a partir de los 60. La novela transcurre en esta residencia a la que llegan personas que no han sido capaces de entablar relaciones y vínculos estables. Todo parece feliz: se vive gratis y con todo tipo de comodidades, los jardines están siempre en flor, se come sin necesidad de trabajar, se tienen a mano todos los lujos de una sociedad opulenta, se dispone de gimnasios, salas, bibliotecas, piscinas, jardines, talleres, tiendas, cines, teatros… todo alcance de la mano y sin el menor esfuerzo. Solo se les pide una cosa a cambio: donaciones. Donaciones de órganos para las personas que viven fuera, para que los denominados útiles puedan prolongar su vida; también son sujetos de experimentos farmacéuticos que a veces son mortales. A lo largo de la novela vemos las deformidades, tumores, carencias, mutilaciones, trastornos de muchos de los personajes que van sufriendo a medida que se les amputan los órganos o se les somete a pruebas venenosas. Todo en un mundo cerrado en el que las autoridades, de rostro amable e invocando siempre la democracia en la que viven y el bien común, deciden hasta el momento de la donación final. Es el mundo que uno de los personajes llama «machinery of luxury butchery» (maquinaria de carnicería de lujo).

McCarthy imagina un espacio de desolación diferente: se trata de la carretera por la que avanzan con dificultad y rodeados de peligros un padre y un hijo. Lo hacen en lo que se adivina un espacio que ha sufrido una catástrofe nuclear, una Guerra Mundial o algo similar. Es un mundo abrasado, calcinado, contaminado, sin plantas ni animales, y donde la vida es tan difícil que encuentran a su paso pilas de muertos, casas destruidas, bosques esquilmados, aguas negras, cultivos muertos, nieve negra y campos cubiertos de ceniza…, caminan por una carretera carbonizada y humeante y perseguidos por redadas de supervivientes violentos y antropófagos. En este mundo, el frío y la intemperie son los enemigos de un viaje hacia el sur. ¿Es posible vivir en un mundo así?: «Todo estaba quemado hasta donde les alcanzaba la vista, renegridas formas rocosas despuntando entre los bancos de ceniza y oleadas de ceniza elevándose para alejarse sobre la tierra baldía. La senda de un sol opaco moviéndose invisible más allá de las tinieblas».

Como se ve, las dos historias se sitúan en espacios en los que la vida se hace precaria, sufrida y extremadamente dolorosa. La genialidad de las dos reside en la capacidad de sus autores de encarnar las reacciones de los personajes que las protagonizan.

En el primer caso, la historia la cuenta en primera persona Dorrit, la protagonista que llega al centro para personas prescindibles. Al mismo tiempo que descubre el lujo y la aparente facilidad de una vida resuelta, cae en la cuenta de que todos sus movimientos, palabras y gestos están controlados por cámaras y grabados para ser utilizados según la conveniencia de los que han asumido el control de la casa. Ella, una escritora que ha buscado la independencia y la soledad solo compartida con su perro Jock, debe ahora someterse a depender de las normas y exigencias de la casa. En una de las terapias, el psicólogo le pregunta a Dorrit por el sentido de la vida. Y ella para responder tiene que recurrir a esa independencia y soledad que ha buscado en el pasado y que le ha dejado triste e insatisfecha:

«Probablemente siempre creí que mi vida me pertenecía, que era algo de lo que disponía libremente y sobre lo que nadie más podía reclamar ningún derecho ni opinar. Pero ahora he cambiado de opinión. En realidad, yo no soy la dueña de mi vida, lo son otros (…) Quién nos gobierna, por supuesto (…) El Estado, o el mundo de los negocios o el capital. O los medios de comunicación (…) Para adueñarse de la vida de todos. Y la vida es un capital. Un capital que hay que redistribuir equitativamente entre los ciudadanos de forma que promueva la reproducción y el crecimiento, el bienestar y la democracia. Yo sólo soy una administradora: administro mis órganos vitales»

Dorrit ha pasado sin solución de continuidad de una buscada independencia al sometimiento al poder. En los dos casos se descubre: «muy enfadada, tan enfadada que se me saltaron las lágrimas (…) y sentí infinita piedad por mí misma». Dorrit ha buscado la libertad en romper los vínculos que le pudieran atar a algo y ha acabado siendo objeto de los experimentos del poder, pero eso sólo le deja rabia y lágrimas. La cosa interesante es que en el fondo de esa experiencia siente una infinita piedad por sí misma. Es ahí donde dicen nuestros tres pensadores que comienza la libertad: «la libertad más decisiva es la que sólo se pone en juego a la luz de un “sentido de necesidad”» (Taylor) Y añade Williams: «A menudo reducimos la libertad a poder elegir, pero la libertad tiene que ver con nuestra energía, con lo que surge en nosotros, con lo que nos hace sentir intensamente vivos».

Y precisamente lo que le hace sentirse viva a Dorrit es el amor por Johannes que le saca del cansancio y la apatía; delante de su compañero, prescindible como ella, se recupera y gusta de una felicidad que, ahora sí, tiene el sabor de la libertad: «Cuando llamé a la puerta de Johannes, estaba muy cansada: me sentía vieja y pesada, pero cuando oí sus pasos acercándose a la puerta desde dentro, sentí una sensación de ligereza, fue como si me hubieran llenado de helio o de un gas hilarante que me hizo feliz y eufórica».

Un amor que une a los dos personajes y, adivinando su corto recorrido, se duelen de que sea tan breve: «En este lugar las generaciones son muy cortas (…) Al cabo de un rato me di cuenta por su respiración de que estaba luchando por contener las lágrimas».

Se aman, pero la protagonista es tan sincera que intuye que ese amor aspira a algo más que a protegerse del miedo: «Por la mañana, cuando nos despertamos, éramos como dos ahogados aferrados el uno al otro en un último e infructuoso intento de salvarnos -o de no morir solos».

La libertad, dice Carrón, tiene que ver con el deseo: «uno experimenta la libertad cuando ve cumplido su deseo. ¿Cuál es la gran cuestión? Puesto que el deseo humano es ilimitado, sin barreras ni confines, ¿qué puede hacer al hombre verdaderamente libre? O vivimos una experiencia de plenitud que nos haga libres del poder, o siempre estaremos tentados de someternos a él para disfrutar al menos de algunas migajas que el poder nos ofrece como alternativa a la verdadera libertad».

Dorrit lo intuye y por eso cada acontecimiento en la residencia, despierta anhelos, lágrimas, secretas rebeliones. A pesar de todos los intentos por domesticarla, Dorrit siente nostalgia. Siente la pérdida del corazón, ese órgano que sirve para contener lo propio del yo:

«Cómo me hubiera gustado vivir en la época en que el ser humano aún creía en el corazón. Cuando aún creía que el corazón era el órgano central que contenía todos los recuerdos, emociones, sentimientos, dones, defectos y demás características que nos convierten en los individuos concretos que somos. Sí, anhelaba volver al tiempo de la ignorancia, antes de que el corazón quedara reducido a uno de tantos órganos ciertamente vitales, pero sustituibles».

En un mundo de prescindibles, permanece el deseo de ser libre. Tras los intentos de encontrar el sentido en la independencia, después en el sometimiento al poder, queda el deseo de volver a ser todo lo que se es. Con Dorrit, se siente la urgencia de la libertad, irrenunciable aún en el mundo más cruel.

En La carretera, los protagonistas son un padre y un hijo. Desde las primeras páginas descubrimos que el padre ha tomado una decisión nada fácil. El día del nacimiento del niño, decide seguir viviendo aunque sabe que el mundo que le ofrece al hijo es un mundo violento, cruel, baldío y árido. La decisión del padre se apoya en la certeza —en varias ocasiones puesta a prueba en el relato— de que la vida del hijo merece la pena porque en él hay una promesa de vida, que se le regala: «Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo como la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo si él no es la palabra de Dios, Dios no ha existido nunca».

En ese mundo de desolación el padre le ofrece al hijo el mundo que se juega todo en el ahora: «Sin listas de cosas que hacer. El día providencia de sí mismo. La hora. No hay después el después es esto» y se arriesga a que el hijo lo afronte.

Por eso, lo más sorprendente de la historia es ver como la apuesta del padre porque su hijo viva en ese mundo (la madre prefiere el suicidio) culmina en el despertar del yo del niño. Nada es impedimento para abrirse a las cosas que tiene alrededor. El niño sabe que tiene el fuego, es decir, una fuerza interior, un criterio que usa y que deja atónito al padre, enfermo y atemorizado. En una escena en que han visto violencia y muerte, reacciona del siguiente modo:

«Se volvió y le miró. Parecía que hubiera estado llorando [el chico].

Habla.

Nosotros nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?

No. Claro que no.

¿Aunque estuviéramos muriéndonos de hambre? (…)

Pero no lo haríamos.

No. No lo haríamos.

Pase lo que pase.

Pase lo que pase.

Porque nosotros somos de los buenos.

Sí.

Y llevamos el fuego.

Y llevamos el fuego. Así es.

Vale.»

Y en el episodio final, en el que el niño tiene que afrontar la soledad y la pérdida, se pone de manifiesto toda su capacidad de razón, es decir, de someter a prueba a los que se encuentra para saber si la nueva compañía es fiable o no. En efecto, en el niño, el yo emerge con una fuerza afectiva e inteligente que asombran al lector, tal es el desafío de la tierra desolada en la que vive. Como afirma Carrón en el libro —y confiesa haberlo aprendido de Giussani— es que «en la experiencia, la realidad, […] por la que […] quedas impactado, conmocionado (affectus), te hace saltar los criterios del corazón» y éstos, «como criterios, son infalibles. La experiencia despierta tu corazón, que antes estaba confuso y dormido; te despierta a ti mismo. El criterio de juicio sobre la experiencia reside en la experiencia misma». Pues así es en el proceso del niño. La decisión del padre de La carretera parece confirmar una afirmación de Taylor: «El miedo, diría yo, se vence descubriendo el corazón del hombre». Eso que es una intuición en el padre al ver abrirse al mundo a su hijo, se va convirtiendo en un proceso de conocimiento a lo largo de la historia. Y en ella se descubre en acto una cosa que Williams dice: «la verdad suprema de Dios es que nos oye y nos ve: nunca pasamos inadvertidos, olvidados o desatendidos».

Es cierto que las dos novelas que he elegido exacerban las calamidades de mundos posibles, pero no es menos cierto que muestran con fuerza un conocimiento conveniente para nuestro tiempo, a saber, la irreductibilidad de lo humano. Ese yo fragilísimo de las primeras páginas de La carretera –un soplo de vida en un mundo estéril– muestra su capacidad de amar, descubrir, gozar y enjuiciar. De otra manera, Dorrit se descubre rebelde ante un poder que coarta su libertad y, al mismo tiempo, siente que ser libre coincide con un deseo cuyo destino no conoce, pero al que aspira. Por eso las dos novelas son ejemplos de la huella del infinito, en cuanto tensión existencial que mueve a los personajes.

¿Se podrá en este mundo —el nuestro— descubrir el rostro de este Misterio infinito? Los tres autores lo han descubierto a través de una historia particular, la de Jesús de Nazaret, que hoy en el mundo del siglo XXI, ha llegado hasta ellos y, evidentemente, ha agudizado su inteligencia para conocer cuáles son los desafíos de nuestro mundo.


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