La ciudad de las estrellas (La La Land)

Cultura · Juan Orellana
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12 enero 2017
El argumento es muy sencillo: Mia y Sebastian viven en Los Ángeles. Ella es actriz y se pasa la vida de casting en casting intentando conseguir algo que le lance en su carrera profesional. Sebastian es pianista de jazz y su sueño es abrir un local donde se conserven las esencias del buen jazz, prácticamente en desuso. Tras un desafortunado encuentro inicial, entre Mia y Sebastian va surgiendo el amor, pero habrá que ver qué sucede cuando el amor y sus sueños no parezcan del todo compatibles.

El argumento es muy sencillo: Mia y Sebastian viven en Los Ángeles. Ella es actriz y se pasa la vida de casting en casting intentando conseguir algo que le lance en su carrera profesional. Sebastian es pianista de jazz y su sueño es abrir un local donde se conserven las esencias del buen jazz, prácticamente en desuso. Tras un desafortunado encuentro inicial, entre Mia y Sebastian va surgiendo el amor, pero habrá que ver qué sucede cuando el amor y sus sueños no parezcan del todo compatibles.

El joven cineasta Damien Chazelle se dio a conocer con el éxito de la película musical Whiplast, y ahora conquista a la crítica y al público con este otro musical, de corte mucho más clásico y que le ha valido ya siete Globos de Oro, alcanzando un récord en la historia de dichos galardones. La fórmula del éxito no es nada nueva: romanticismo a raudales, mucho glamour, buena música, blancura de planteamientos y un par de actores cuya empatía con el público está más que probada: Ryan Goslin y Emma Stone. Con estos ingredientes, si el director tiene olfato y oficio, es difícil no acertar. Sin embargo, salta a la vista una dificultad a priori: ni Goslin es Gene Kelly, ni Emma Stone es Debbie Reynolds. Y puestos a comparar, tampoco el director Chazelle es Stanley Donen. Y quizá en estas desproporciones radica la genialidad del film, en la altura de un reto suficientemente alcanzado. Goslin y Stone, al esfuerzo ímprobo de técnica que demuestran, añaden una naturalidad que funciona como un aceite que engrasa la máquina a la perfección.

La la Land es enteramente un homenaje al clasicismo, pero también a la historia del musical en general. Hay guiños a la época dorada del citado Gene Kelly, pero también a musicales más modernos como Bailar en la oscuridad de Lars von Trier, o Moulin Rouge de Luhrmann. De este también hay ecos en una estética que combina el realismo urbano con la ensoñación fantástica, la crudeza del desaliento con el romanticismo más desatado, la nostalgia más crepuscular con la alegría más desaforada. Si nos detenemos en el guion, se trata de una historia que hemos visto muchas veces. En cierto modo, la última película de Woody Allen, Café Society, aborda en el fondo las mismas cuestiones: ¿qué es lo que vale la pena en la vida, alcanzar las ambiciones profesionales –justas y buenas– o darlo todo por el amor verdadero? En cualquier caso, el valor de este film no está en la profundidad de sus temas ni en su inteligente originalidad; está en el torrente de fuerza, luz, color, glamour y romanticismo, que destila por los cuatro costados. ¿Pura evasión en un mundo que se cae a pedazos? Algo de eso hay.

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