Invasión de Iraq: el error fue ignorar la antropología

Cultura · Olivier Roy
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12 julio 2016
El Informe Chilcot sobre la invasión de Iraq en 2003 ha vuelto a desatar la polémica por una intervención que en el tiempo se ha demostrado más que desgraciada. No había armas de destrucción masiva, la amenaza de Sadam se sobrevaloró y la actuación en el país explica gran parte de la situación actual. La campaña en Iraq fue una campaña promovida por los neoconservadores. Olivier Roy, en su libro ´El islam y el caos´, hace un diagnóstico muy preciso del error de fondo: un proyecto de democratización que no tiene en cuenta los presupuestos culturales y antropológicos. Proponemos a nuestros lectores el extracto de algunas páginas.

El Informe Chilcot sobre la invasión de Iraq en 2003 ha vuelto a desatar la polémica por una intervención que en el tiempo se ha demostrado más que desgraciada. No había armas de destrucción masiva, la amenaza de Sadam se sobrevaloró y la actuación en el país explica gran parte de la situación actual. La campaña en Iraq fue una campaña promovida por los neoconservadores. Olivier Roy, en su libro ´El islam y el caos´, hace un diagnóstico muy preciso del error de fondo: un proyecto de democratización que no tiene en cuenta los presupuestos culturales y antropológicos. Proponemos a nuestros lectores el extracto de algunas páginas.

¿Qué motivó la decisión estadounidense de invadir Iraq, si exceptuamos el simple deseo de “acabar el trabajo” empezado en la primera guerra del Golfo? Un proyecto ideológico coherente, encarnado en el programa del “Gran Oriente Próximo”.

Donald Rumsfeld se lanzó a un proyecto de reforma del ejército estadounidense para aligerarlo y adaptarlo a las operaciones a corto plazo que, aunque pueden ser masivas, se basan en el principio de “shock and awe” (choque y terror).

El instrumento que se construyó es exactamente lo contrario de lo que la situación en Iraq requiere, aunque cumpliese perfectamente su papel en la campaña propiamente militar.

El equipo de los neoconservadores fue el único que propuso un programa “constructivo” después del 11 de septiembre.

La reforma de los países musulmanes estuvo en el corazón de la estrategia de los neoconservadores. No tenían, al menos al principio, una visión negativa del islam, y su política era lo contrario del choque de civilizaciones de Huntington. Estaban de acuerdo con la izquierda, que quería eliminar el terrorismo mediante el tratamiento político y social de sus causas, pero excluían de ellas el impacto de la política estadounidense.

Y defendían el concepto de sociedad civil, aunque para ellos esta estaba basada en los individuos emprendedores y en las personalidades democráticas, más que en los movimientos colectivos.

Eran intervencionistas y recuperaban la teoría del derecho de injerencia elaborada en ambientes más bien de izquierdas.

La ideología del desarrollo es central, ya que sintetiza toda la evolución de la cuestión humanitaria.

Para los conservadores y toda la corriente del “desarrollo sostenido”, el actor es el individuo. Son antitotalitarios, pero consideran que la democracia se basa en las virtudes del individualismo y del mercado. Su negativa a tener en cuenta la dimensión colectiva les lleva a desdeñar la importancia de los factores culturales, empezando justamente por la pertenencia nacional y las identidades religiosas.

El problema radica en encontrar una política de democratización inmersa en la realidad antropológica de la sociedad. Y, sin embargo, se pasa de la una a la otra sin articularlas: tan pronto se organizan elecciones como si el escenario político estuviera formado por partidos estructurados que presentasen programas de gobierno, como se vuelve, tal como han hecho los británicos en Iraq del Sur, a una política de coaptación de notables locales, que reciben diversas ventajas a cambio de su fidelidad.

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