Indeseables

Cultura · Sebastián Montiel
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3 noviembre 2009
"No puedo pensar en esa estúpida criatura sin un estremecimiento de horror. Si me la encontrara no podría aguantarme las ganas de tirarle una pila de agua bendita a la cabeza".

No se trata de un pinchazo telefónico inocentemente aireado por Rubalcaba ni el que lanza las benditeras es el cardenal Cañizares. La cita es de Baudelaire, el maldito, y el baño exorcizante estaba destinado a madame Aurore Dupin, alias George Sand, a la que zahería con frecuencia el poeta, llegando a calificarla alguna vez de "estúpida, pesada y lenguona". Y no precisamente porque ella hubiera preferido a Chopin, entre otros, a la hora de compartir la sobrasada, sino a causa de lo que denominaríamos hoy el buenismo de la célebre escritora travestida. Decía acerca de la Sand el gran simbolista: "Es bonachona, pero está poseída. El diablo la ha persuadido de que se fíe de su buen corazón, para que ella persuada a los demás de que se fíen de sus buenos corazones".

Los latidos de nuestros "buenos corazones", ya mecidos al ritmo lacrimógeno del "No llores Jesús, no llores" ya acompasados al ritmo pequeño burgués de la Internacional, nos impulsan a pensar que el mejoramiento de este mundo (que no es el mejor de los posibles) consiste simplemente en el rechazo sentimental del mal y en la realización voluntariosa de nuestros deseos de bien. Lo cual no significa que el deseo del hombre sea algo diabólico. Muy al contrario, el hecho de que el diablo se fatigue tanto para modelarlo indica con precisión que ese deseo constituye esencialmente al hombre, como ya había ideado Platón y había experimentado y escrito Agustín. Pero el hombre moderno ya no considera que la infinita diferencia entre la magnitud de nuestro deseo y la frustrante pequeñez de sus satisfacciones sea prueba de nuestra vocación a ser sumergidos en un abismo insondable de Amor. Más bien, interpreta esa diferencia como expresión de una ausencia absoluta, de una carencia trágica que nos conformaría como hombres. Locke decía que llamamos deseo justamente a la angustia que provoca en nosotros la conciencia de una carencia. Nuestros contemporáneos, el psicólogo Yves Prigent es un buen ejemplo, lo expresan más breve y crudamente: "La distancia entre nuestro deseo y su realización es insalvable".

Pero así y todo, sabiamente instruido por la historia (del mundo cristiano) acerca de la centralidad constitutiva del deseo humano y sabedor de que, si el hombre es deseo, la política es erótica, llega en ayuda nuestra el Estado posmoderno. Habiendo negado como una ilusión infantil la profundidad infinita del Don que se nos ofrece incesantemente y que provoca lo inagotable de nuestro deseo, la afirma por otra parte ofertándonos la longitud, que los espejos hacen infinita, de la estantería de una gran superficie. Allí elegimos "libremente" la piedra que subiremos jadeando ladera arriba, mientras la montaña de nuestro deseo nos devuelve los ecos de la risa enloquecedora de Sísifo. Liberales de derechas, liberales de centro y liberales de izquierdas, rodeando la tumba de sir Winston, musitan el responso que consagra el sistema de la oligarquía liberal como el menos malo de los sistemas posibles (y para esto sí que sirve Leibniz) y, en tanto nosotros meditamos cabizbajos la manida jaculatoria, ellos se llevan a la Esposa de nuestros deseos y nos devuelven a cambio una ramera. Como aquella otra de cinco francos que un domingo por la mañana, tras una noche de desenfreno, visitando el Louvre por vez primera acompañada por el ya citado Baudelaire, a la vista de la Venus de Milo y de alguna otra belleza clásica, enrojecía de vergüenza y reclamaba indignada que semejantes obscenidades no se exhibieran en público.

El mercaestado, monopolizando el mecenazgo y uso de la ciencia y la violencia, se ha convertido en una red tecnológica de creación y manipulación del deseo, como han visto muy bien Deleuze, Foucault y otros reflexionando sobre el fracaso de la revolución de mayo del 68. Es una gigantesca máquina virtual cuyo producto es el sujeto humano formateado con un sistema operativo llamado "FREEDOM & RIGHTS v21", sujeto que, si creemos lo que dice el CD con las instrucciones de uso, está programado para alcanzar la mayor satisfacción posible de sus deseos (otra vez la teodicea leibniziana) produciendo y consumiendo en el mercado y remitiendo la solución de la correspondiente insatisfacción a la aparición de la siguiente versión mejorada del producto. Sustituyendo así la infinita profundidad de la vocación esencial del hombre por la circularidad infinita del consumo.

Fomentemos, pues, el deseo de los padres de proteger a sus hijos y satisfagámoslo creando el derecho a la intimidad de las niñas de 16 años para defenderlas frente a las injerencias incluso de los mismos aparatos del Estado (la prensa, por ejemplo). Bendigamos el (ya bendito) deseo sexual, pero desvinculémoslo de la procreación e incluso del cuerpo, eliminado los sexos e inventando la sexualidad y los géneros, y satisfagámoslo creando el derecho al aborto de las (ahora sí) mujeres de 16 años para defenderlas de la injerencia moral de sus padres y de la injerencia física de seres vivos no deseados, obrando así la maravilla darwiniana del salto entre especies con la identificación de embriones y bacterias. Potenciemos el deseo de vivir, pero mejorémoslo con el hallazgo de la "vida digna" y satisfagámoslo creando el derecho a la vida de los que hayan superado la barrera inicial del derecho a la vida digna. De esa forma se puede obtener una Concha de Plata aun padeciendo el síndrome de Down si uno no fue abortado por padecer el síndrome de Down cuando sólo era un ser vivo. O se puede ganar un pleito al Tribunal Supremo alemán aun padeciendo una espina bífida porque la madre de uno no fue obligada por el Estado a ejercer libremente su derecho a abortar a una hija con espina bífida (¿la compensación no debía ser la pena de muerte?).

El nazismo afectaba a seres tan refinados que se mantenían inmóviles por la emoción durante cinco horas escuchando Tristan und Isolde. El sujeto humano que nos propone el estado de cosas dominante se agota en una incesante consunción de deseos finitos y se constituye no como don para sí y para otros, sino como ese oscuro objeto del deseo de otros y de sí mismo (¡y qué difícil no defraudar cuando se es deseado!). Pero si fuera cierto que cada ser humano está constituido como hombre, no como objeto de un deseo, sino como sujeto del deseo inagotable de un Don infinito… Entonces no desearíamos ser deseados, sino que nos alegraríamos de ser unos indeseables que desean a Dios.

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