Esas 28 plantas de olivo

Sociedad · Alver Metalli
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7 abril 2021
Las que plantó Guadalupe antes de la pandemia, cuando solo había muertos en China y nos separaban de ello todo un océano de distancia y desconocimiento. Al lado de cada brote se lee un nombre y una fecha, uno por cada niño nacido.

Al fondo de la villa hay una casa muy especial. Son unos cuantos locales en torno a una capilla que sirve de templo y de comedor, o de campo de baloncesto, según lo que haga falta. La llaman la “Casa de las mujeres”. Su futuro comenzó una mañana al alba, cuando el sacerdote responsable de la parroquia, el padre Pepe como le llaman en la villa, llamó a Guadalupe, una joven madre que vive un poco más allá con su numerosa prole.

En aquel momento Argentina estaba rota en dos y se discutía mucho sobre la ley para la interrupción voluntaria del aborto. La pandemia estaba a las puertas, el emblemático caso cero se estaba gestando en las profundidades del infierno para salir a la luz en breve, pero aún no se sabía. Lo de contagiarse todavía era una eventualidad remota, una posibilidad lejana relegada a otro mundo.

“Tienes que ayudar a otras que lo necesitan –le dijo el sacerdote–, echar una mano a las chicas que quieren abortar para que puedan tener en cuenta una posible alternativa, la de optar por criar a sus hijos”. Guadalupe no lo pensó dos veces. Tiene cuatro hijos y al menos el doble de nietos. Valoró si había sitio en su vida para alguien más y dijo que sí.

A los pocos días abrió sus puertas la “Casa del Abrazo Maternal”, encomendada bajo la tutela de la Virgen desatanudos, que tanto le gusta al papa Francisco. Junto a la imagen del ángel que coloca la cuerda llena de bultos en manos de la Virgen, Guadalupe colgó un tapiz con la Piedad de Miguel Ángel. Se lo trajeron de Roma cuando todavía se podía viajar libremente en avión entre las dos orillas del Atlántico, pensando en la nueva tarea a la que iba a dedicarse. A Guadalupe le encanta ese regalo. No sabe mucho del escultor renacentista que lo realizó hace más de cinco siglos, ni tampoco qué finalidad tenía su obra, pero lo mira todas las mañanas cuando llega a la casa y no se cansa de contemplar los pliegues de la piedad de esa mujer que sostiene en sus brazos a su hijo muerto.

En pocos meses llegaron a la “Casa del Abrazo Maternal” muchas madres, cada una cargando no solo con sus hijos sino también con una historia de privaciones, violencia familiar, presiones por resolver bruscamente los problemas que suponen la llegada de un hijo inesperado. Muchos nudos de desatar, en definitiva, mucha piedad que tener. La cuestión es que casi todas en el Hogar han recuperado la confianza, han visto que las dificultades, cuando se comparten con otras mujeres, pueden superarse, que puede haber un futuro para ellas y para los hijos que llevaban en su vientre.

Ha pasado un año desde entonces. Argentina, mientras tanto, ha aprobado la ley del aborto. Además, los contagios incontrolados que al principio eran cosa de un continente lejano del que solo llegaban imágenes de desesperación, mezcladas con elementos pintorescos propios de otra civilización, se han convertido en una triste realidad común. Se cruzó el océano, se sobrevoló para ser más precisos, y el maldito virus llegó a las costas de América Latina pasando por Europa. Pero aún no era lo suficiente como para hacer saltar todas las alarmas de manera generalizada. Hasta que no llegó entre nosotros, a nuestros barrios, a los suburbios superpoblados, a las casas de los guetos a cielo abierto como son las villas de Buenos Aires y su periferia.

La pandemia paralizó también la “Casa de las mujeres”. Mientras tanto, fuera, donde acaba la villa y una cloaca maloliente separa en dos la miseria, sigue habiendo veintiocho plantas de olivo, las que plantó Guadalupe antes de la pandemia, cuando solo había muertos en China y nos separaban de ello todo un océano de distancia y desconocimiento. Al lado de cada brote, hay un palo clavado en la tierra, con un cartel, donde se lee un nombre y una fecha, uno por cada niño nacido.

L’Osservatore Romano

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