Cartas desde la frontera / X

Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío

Escrituras · IGNACIO CARBAJOSA
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6 diciembre 2022
¡Cuántas veces nos parece que lo más concreto es lo que tenemos entre manos y que Dios es una abstracción o, en el mejor de los casos, un guardia urbano al que sortear!

Querido Pascual,

 

Después de varias jornadas de lluvia estamos disfrutando de unos días preciosos en Roma. Caminar por las mañanas en estos días fríos pero de enorme claridad es un privilegio cuando el escenario son las calles del centro de la ciudad eterna. Mientras me dirijo a la biblioteca del Pontificio Instituto Bíblico aprovecho para pedir por los amigos que más sufren, aquellos que están enfermos o atraviesan momentos difíciles.

Hace unos días estuve visitando a uno de ellos, un italiano de una cierta edad, un editor de gran cultura, agnóstico, que conocí hace unos años y con el que ha nacido una sincera amistad. Cuando lo conocí por vez primera ya sufría los síntomas del ELA, aunque todavía podía hablar y salir de casa en silla de ruedas y con ayuda de oxígeno. Esta vez, sin embargo, ya no se podía mover, respira con la ayuda de una máquina y no puede hablar. Para comunicarse tiene colgada sobre la cama, a la altura de los ojos, una pantalla con un teclado digital que él usa con los ojos. Gracias a este artilugio pudimos mantener una conversación con momentos de gran intensidad.

Cuando volvía a Roma pensaba en el drama de estas personas inmovilizadas en la cama. El sentido de injusticia salta espontáneo: ¿por qué? ¿Qué sentido tiene? Luego me acordaba de tantos amigos que he visto en circunstancias parecidas vivir con esperanza y con una alegría de otro mundo. Caía en la cuenta de que la verdadera injusticia no es la circunstancia en sí sino vivirla sin sentido. Eso es lo que nos desgarra: no estamos hechos para el sinsentido.

También Abrahán vivió un momento de particular desgarro que se ha convertido, para todos los creyentes, en paradigmático de la relación con el Misterio de Dios. En efecto, en mi última carta te decía que hoy íbamos a acercarnos a un episodio de la vida de Abrahán, narrado en Génesis 22, que marca un punto decisivo en la relación del patriarca con el Dios que le había salido al encuentro.

Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: «¡Abrahán!». Él respondió: «Aquí estoy». Dios dijo: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré». (Gén 22,1-2). Una indicación escueta. Sin más. Sin razones. Isaac era el hijo con el que la promesa empezaba a cumplirse: “te haré padre de un pueblo numeroso como las estrellas del cielo”. El hijo no llegaba porque la mujer de Abrahán era estéril. Pero lo que parecía imposible sucedió y Sara concibió. Abrahán empezaba a ver los frutos de su obediencia a aquella primera llamada. Y ahora esto. “Ofrécemelo en holocausto”.

¿Qué hizo Abrahán? “Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el holocausto y se encaminó al lugar que le había indicado Dios” (Gén 22,3). Madrugó y se encaminó al lugar del sacrificio. Obviamente no habría dormido en toda la noche, con el corazón destrozado por lo que se le había pedido. Sin entender. Y sin embargo se puso en camino. Aquí sale a la luz el hombre creyente que nace precisamente con Abrahán. Ya no se trata de “intuición” religiosa, de intentos de penetrar el misterio de las cosas, de gestos o ritos para favorecer o reestablecer el orden natural. Con Abrahán ese Misterio ha tomado la iniciativa y se ha mostrado como un que llama a Abrahán, con el que empieza un diálogo. Nace el creyente. Ahora, con la incomprensible petición del sacrificio, la relación se pone a prueba. Dios permanece siempre como un misterio más allá de nuestras medidas. Sea como sea, se trata siempre de una relación, un que me desborda, no simplemente de algo que no entiendo e intento explicar.

“Al tercer día levantó Abrahán los ojos y divisó el sitio desde lejos. Abrahán dijo a sus criados: «Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros». Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos” (Gén 22,4-6). La narrativa hebrea es muy esencial, no describe todos los detalles, deja espacios vacíos que resuenan en nosotros, que somos quienes completamos lo que falta o está implícito. ¿De qué habrían hablado en esos tres días… si es que Abrahán estaba para diálogos? ¿Y la madre de la criatura? ¿Y el niño no preguntaba nada? A esto último sí responde nuestro relato, aunque sea solo respecto al tercer día: “Isaac dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y siguieron caminando juntos” (Gén 22,7-8).

“Dios proveerá”. La figura de Abrahán está lejos de identificarse con la de un fundamentalista. Su fe no es una obediencia ciega sin ningún tipo de razón. Decir “yo” para Abrahán era decir “Tú que me has llamado”, “Tú que me has hecho la promesa y la has cumplido”. Su conciencia estaba tejida por aquella presencia misteriosa que le pedía algo incomprensible. “Dios proveerá”. “¿¡Cómo!?”, podríamos preguntar. Abrahán respondería “no lo sé. El proveerá”. Un hombre en relación. En cualquier circunstancia.

“Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!». Él contestó: «Aquí estoy». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo»” (Gén 22,9-12).

Para Abrahán, afirmar la presencia del Dios que se había revelado en su vida estaba en el origen del amor a su hijo, fruto de aquella primera promesa. ¡Cuántas veces nos parece que lo más concreto es lo que tenemos entre manos y que Dios es una abstracción o, en el mejor de los casos, un guardia urbano al que sortear! Abrahán es el primer creyente porque “teme a Dios” (que es la forma hebrea de decir que reconoce presente a Dios y está determinado por su presencia) y por ello concibe todo (empezando por su hijo, su único hijo) en función de Él.

Más de una vez he escuchado la pregunta: “¿Y si Abrahán hubiera llegado hasta el final? ¿No es inhumano pedir algo así?”. Si Abrahán hubiera sacrificado a su hijo por obediencia a Dios la historia sagrada no sería la que es y yo probablemente no estaría escribiendo esta carta. Ni tú te habrías encontrado con esa extraña gente en la universidad. Pero precisamente porque Dios ha parado ese sacrificio, la pregunta tiene algo de artificial, no nace del texto. Después de este episodio, la relación de Abrahán con Dios no vuelve a la casilla de partida, ha dado un salto de gigante. La certeza del patriarca ha crecido exponencialmente. Abrahán está preparado para ser el padre de todos los creyentes, como le promete Dios: “todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz” (Gén 22,18).

Pero hay un último detalle en este episodio que quiero resaltar: “Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo” (Gén 22,13). En la liturgia estás aprendiendo a repetir, antes de la comunión: “este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Se refiere obviamente a Jesús. Él es el cordero (o carnero) que se ha ofrecido “en holocausto en lugar de su hijo”, en lugar de cada uno de nosotros. Misteriosamente se ha cumplido lo que Abrahán dijo a Isaac: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío”.

Abrahán desató a su hijo y lo bajó de la pila de leña. Pero hubo otro Padre que no ahorró la muerte al Hijo ni lo bajó del leño. En este caso el Hijo, Jesús, se ofreció voluntariamente en un diálogo intensísimo con el Padre en el huerto de los olivos. A ninguno de nosotros se nos ocurre protestar o tildar de inhumano lo que hizo el Padre… por nuestra salvación. Lo que fue inhumano es lo que le hicimos a Jesús los humanos en aquellas horas de su pasión.

Tocando lo inefable en estas cuestiones me he alargado demasiado. Ahora que empieza tu estudio intenso de cara a los exámenes recuerda que toda circunstancia se transforma en relación, es decir, en el horizonte de la relación con Dios que ha mostrado su rostro en Cristo, el cordero sacrificado.

Un abrazo

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