Cartas desde la frontera / IX

“Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”: nace el nuevo rostro humano

Escrituras · IGNACIO CARBAJOSA
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28 noviembre 2022
La aventura de Abrahán ha introducido en nuestra cultura una concepción lineal de la historia, por la que el sujeto humano puede sentirse protagonista y no mero canto rodado en la noria de los tiempos.

Querido Pascual,

 

No me quito de la cabeza la video llamada que hicimos hace unos días en la que me contabas que has empezado a salir con Beatriz, esa chica que tanto te sorprendía. Mientras tú me hablabas de ella yo no podía dejar de contemplar tu rostro radiante. Me ha hecho pensar mucho estos días. Esta es la ley de nuestra vida: es un el que conforma el verdadero rostro humano, el que lo saca a la luz en toda su potencialidad. Esta es precisamente la dinámica que, de forma paradigmática, se puso en juego en la llamada a Abrahán de la que te hablaba en mi última carta.

En efecto, la tensión al divino ya estaba inscrita en nuestra carne por la creación a imagen y semejanza de Dios y por la diferencia sexual que nos constituye. Sin embargo, como ya vimos, la familiaridad con Dios se debilitó con el pecado original y tuvo como resultado un oscurecimiento de la imagen del ser humano (que deja de entenderse a sí mismo cuando se debilita la conciencia de su vínculo original). Está muy bien ilustrado en la escena de la expulsión del paraíso que pintó Masaccio en la capilla Brancacci (Florencia), en la que Adán camina cabizbajo tapándose el rostro. Podemos decir con propiedad que con la llamada que recibe Abrahán, el divino se hace cercano de un modo nuevo a su criatura y esta recupera su yo. De algún modo podemos decir que con Abrahán nace el yo. Veamos esos rasgos que nacen históricamente en Mesopotamia, en la primera mitad del segundo milenio.

Después de que Dios prometiera a Abrahán hacerle padre de una gran nación, pasa el tiempo y la descendencia no llega. Sara, la mujer del patriarca es estéril. Entonces tiene lugar este conmovedor diálogo que empieza con una velada queja de Abrahán ante la promesa divina que se renueva: “«Señor Dios, ¿Qué me vas a dar si soy estéril, y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa? (…) No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará». Pero el Señor le dirigió esta palabra: «No te heredará ese, sino que uno salido de tus entrañas será tu heredero». Luego lo sacó afuera y le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abrahán creyó al Señor y se le contó como justicia” (Gén 15,2-6).

A partir de este momento Abrahán concibe la vida como vocación, es decir como llamada de Otro a la que responder. El rostro del patriarca, el rostro de los que somos sus hijos, se concibe en relación. Creo que se te hace muy evidente en la relación con Beatriz: todo tiene que ver con ella y así la vida se hace más intensa, gana en significado. Tienes toda la vida por delante para entender que Beatriz es el signo más potente de Aquel que te da la vida en este instante, te llama en la inquietud de tu corazón y te ha redimido en las aguas del bautismo. Como ves, este primer rasgo nos pone en las antípodas del hombre que se concibe solo, el self-made man de nuestra cultura que solo usa las relaciones como forma de consumo, que vuelve sobre su propio ombligo.

Segundo rasgo: la vida como tarea. “El Señor dijo a Abrahán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré»” (Gén 12,1). A partir de aquella llamada la vida se hace más sencilla: coincide con seguir lo que el Misterio de Dios que ha entrado en la historia nos indica. La iniciativa es de Otro y toda nuestra energía se hace fecunda en nuestra respuesta o responsabilidad, no en nuestro perseguir algo que creamos con nuestras propias manos. ¡Esta es la esencia del trabajo: respuesta apasionada al designio de Otro!

Otra de las grandes novedades que la aventura de Abrahán ha introducido en nuestra cultura es la concepción lineal de la historia, por la que el sujeto humano puede sentirse protagonista, respondiendo a una llamada y verificando una promesa, y no mero canto rodado en la noria de los tiempos. Esta última imagen es eficaz porque alude a la concepción cíclica del tiempo previa a la irrupción de Israel en la historia. En efecto, la naturaleza misma, con sus ciclos que siempre se repiten (las estaciones, la cosecha de la tierra, la vida y la muerte, el ciclo de la mujer), favorece dicha concepción. Los ritos religiosos de la Antigüedad, con recurrencia cíclica, trataban de favorecer (o restablecer) el saludable sucederse de los ciclos naturales.

¿Cómo se rompe esta historia cíclica? Cuando llama a Abrahán, Dios le manda salir de su tierra, le da una tarea y se compromete con una promesa. El tiempo se convierte en la historia del cumplimiento de esa promesa, en el desarrollo de un designio que quiere alcanzar a todas las naciones dentro de una historia lineal. La primera promesa (“haré de ti una gran nación”) topa con la dificultad de la esterilidad de Sara. Dentro de esa historia lineal, la dificultad es milagrosamente superada (Sara da a luz un hijo, Isaac). La promesa se relanza: de Isaac saldrá una descendencia numerosa. Pero de nuevo llega el obstáculo: Dios pide a Abrahán que sacrifique al hijo. Pero Isaac no muere y la historia sigue su recorrido por el bien de todas las naciones. De hecho, con el tiempo llegarán las grandes promesas de los profetas lanzadas hacia el futuro lejano que alcanza su cumplimiento en Cristo. ¡Esta concepción lineal de la historia que nos parece obvia es una concepción judeo-cristiana!

Por último, en Abrahán el yo se concibe dentro de un pueblo. Dios establece alianza con los hijos del patriarca y nace así un pueblo que es único dentro de la historia. No se trata de una nación más, con las dinámicas de poder típicas y los proyectos de expansión o autoafirmación que son siempre de naturaleza dialéctica. Su vínculo de unidad no es solo una lengua, una bandera o un escudo, como vemos estos días en el Mundial de fútbol. La historia y las vicisitudes del pueblo Israel son el modo con el que Dios educa a sus hijos para generar su fruto más alto: la judía María, madre de Jesús, el salvador de las naciones. Forma parte de la fisonomía del cristiano la pertenencia al nuevo Israel de Dios que es la Iglesia. Yo no podría entenderme fuera de la relación con tantos rostros dentro de la Iglesia que me han generado y educado.

Para la próxima carta dejo uno de los acontecimientos más significativos de la vida de Abrahán, que quiero desgranar con detalle: el sacrificio de Isaac, su hijo. Se trata del momento álgido de la relación con Dios. No quiero adelantarte nada, querido Pascual, pero toda relación conoce curvas que nos zarandean y nos ponen a prueba. Pero son decisivas para que las relaciones verdaderas crezcan y se afiancen.

Saluda a Beatriz de mi parte. ¡Y ponte el cinturón que vienen curvas!

Un abrazo.

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