A vueltas con las leyes y los cristianos

Cultura · José Luis Restán
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27 julio 2016
Querido director:No puedo sino estar plenamente de acuerdo con la afirmación de Joseph Ratzinger sobre San Agustín, recogida al final del interesante texto del cardenal Cottier publicado por Páginas:

Querido director:

No puedo sino estar plenamente de acuerdo con la afirmación de Joseph Ratzinger sobre San Agustín, recogida al final del interesante texto del cardenal Cottier publicado por Páginas: «no desea ni la eclesialización del Estado, ni una estatalización de la Iglesia, sino que en medio de los ordenamientos de este mundo, que son y deben ser ordenamientos mundanos, aspira a hacer presente la nueva fuerza de la fe en la unidad de los hombres en el Cuerpo de Cristo, como elemento de transformación, cuya forma completa será creada por Dios mismo, cuando la historia alcance su fin».

También comparto la evidencia expresada por Cottier de que “el rechazo por parte de los cristianos de todo lo que no es compatible con la doctrina de los apóstoles no se ha manifestado nunca como antagonismo radical respecto al orden constituido en cuanto tal en sus puntos esenciales jurídicos, culturales, políticos y sociales”.

Yo mismo, en el artículo publicado en este medio titulado “El cristiano y las leyes”, afirmaba que “los cristianos han practicado siempre un sano realismo. Según los bienes que estuvieran en juego, y las posibilidades reales de influir en el debate público, a veces han tolerado leyes injustas, buscando el modo de limitar su impacto dañino. En otras ocasiones las han combatido, y cuando estaban en juego bienes supremos han aceptado incluso la cárcel y el martirio, como testimonio de la verdad que estaba siendo atropellada”.

Pero me atrevo a decir que la saludable distinción de Cottier no puede ser entendida como una suerte de indiferencia de los cristianos respecto a los ordenamientos jurídicos y políticos de nuestro mundo. Ni Agustín, ni Tomás de Aquino, ni desde luego Joseph Ratzinger compartirían semejante tesis. Todos ellos han postulado la implicación realista y prudente de los cristianos para conseguir plasmar dichos ordenamientos del modo más cercano posible al ideal, sabiendo siempre que se trataba de intentos imperfectos, o como le gustaba decir a Don Giussani, “irónicos”. Y por supuesto, en un contexto crecientemente descristianizado, todos los papas han urgido a los cristianos a implicarse en esta labor, incluyendo la denuncia de las leyes injustas, especialmente aquellas que atacan directamente la dignidad sagrada de las personas.

Me permito sugerir este formidable párrafo del cardenal Ratzinger en su libro “Fe, verdad, tolerancia”: «en el ámbito de cada presente concreto, nuestra tarea consistirá en luchar por conseguir la constitución relativamente mejor de la coexistencia humana, y en conservar el bien que de este modo se haya conseguido, superando el mal existente y defendiéndonos contra la irrupción de los poderes de la destrucción». Ojalá lo hagamos.

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