Urgencia

Editorial · Fernando de Haro
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18 abril 2022
Katerina tiene 16 años. Sigue todavía hospitalizada. Es una de las víctimas del bombardeo en la estación de Kramatorsk. Un ataque que la ha dejado huérfana y mutilada.

Las heridas tardarán tiempo en cicatrizar. María (nombre ficticio) tiene 15 años y también intenta cerrar otras heridas. El paralelismo es algo descabellado. Porque María vive en España, un país en paz. Nunca en su vida, afortunadamente, ha visto un bombardeo. Y no ha perdido a ningún familiar. Pero conoce el sufrimiento. Sufre otro tipo de devastación. Su novio le ha sido infiel con tres compañeras de clase. A una de ellas la ha dejado embarazada y ahora el chico le pide a María que le ayude. María se queja de que en el instituto le han enseñado a poner un preservativo, pero le han dejado sola en la vida.

Cuando Katerina se recupere y empiece a preguntar por qué va a llevar en su cuerpo y en su alma durante toda su vida las lesiones de un bombardeo, será injusto responderle que ha nacido en una edad oscura. Será injusto explicarle que hasta hace poco Europa era un continente en paz, que hubo una época dorada. Sería injusto contarle que, después de dos guerras mundiales, la globalización comercial, con el intercambio de bienes, trajo el fin de los conflictos. Y que a ella le ha tocado el lado siniestro de la historia y el lado equivocado de la geografía. Esa respuesta sería injusta por falsa y por insuficiente. La fatigosa construcción de una Unión Europea, que muy lentamente se acerca al ideal federal, ha supuesto un avance. Pero no es verdad que el desarrollo de la Unión haya traído el fin de la historia. Tampoco ese fin de la historia ha coincidido con la globalización. No ha habido una época dorada. Hablar de ella a quien está seriamente herido es un modo cruel de suprimir cualquier posible esperanza. Sin algo positivo en el presente, el futuro queda cancelado.

No hubo una época en la que hubiéramos vuelto a las puertas del paraíso. Mientras los abuelos de Katerina luchaban a finales de los años 50 por sacar adelante a su familia, se firmaba el Tratado de Roma y se ponía en marcha el gran proyecto de construcción de una Europa unida. Mientras eso sucedía, al otro lado del Telón de Acero, esos abuelos vivieron la invasión de Hungría (1957) y después la invasión de Checoslovaquia (1968). No hubo entonces bombardeos masivos pero sí hubo muertos y represión de las libertades. La teórica “desestalinización” de la URSS con Brézhnev y Kruschev no supuso respeto de los derechos humanos. Se aplicaba entonces el principio de soberanía limitada (sometimiento a Moscú) a algunos de los países que ahora son miembros de la UE. Y entonces no hubo, como ha habido ahora, una solidaridad decidida, extendida y de base, con los que luchan por su libertad. Entonces no hubo un movimiento como el que ahora apoya a la resistencia de un país invadido. No hubo el sentir como propio, aunque no se sea ucraniano, el deseo de justicia de Katerina. Una invasión de tanques soviéticos era el precio que había que pagar por el “equilibrio de fuerzas”. Cuando los padres de Katerina pasaron de la infancia a la adolescencia (1966-1976), Mao con su revolución cultural provocó decenas de millones de muertos. Y entonces los europeos, sobre todo los intelectuales, utilizaban el “Libro Rojo” del genocida como un catecismo social.

Tampoco hubo nunca una época dorada en la que si María hubiera vivido no habría sufrido la soledad. Por más que buceemos en el pozo del tiempo no vamos a encontrar un gran bosque bajo el que María hubiera podido crecer con un sólido ideal unitario. Un gran bosque bajo el que el abandono era impensable porque existía un pueblo y una asentada religiosidad o un asentado ideal ético que hacían compañía. Las profundas raíces de la civilización occidental que sustentaban ese bosque, por más que excava, no se acaban de encontrar. La arboleda bajo la que María hubiera podido crecer de otro modo está fuera de la historia. Hubo, aquí y allá, alguna encina, siempre escasas, siempre a punto de secarse, siempre a punto de ser taladas, siempre en lucha.

Los que insisten en ver los años de Katerina y de María solo como el tiempo de una devastación y de una ruina sin precedentes, inédita, especial, necesitan el mito de la época dorada. No hay duda de que son tiempos difíciles. Crecer mutilada es algo malo, indeseable. Pero crecer, además, sin esperanza, crecer necesariamente sin esperanza, hace la vida insoportable. Y eso es exactamente lo que hacemos los adultos cuando solo hablamos de la maldad de la edad presente y de una época que nunca existió. Este es el tiempo de Katerina y de María. Y Katerina y María cantan canciones como las de Alexander 23, canciones que han recogido los universitarios de la Asociación Atlántida en una exposición que ha tenido lugar en Madrid. La letra de una de esas canciones comienza así: “¿Cómo puedes echar de menos a alguien que no has conocido? Te necesito ahora pero aún no te conozco. Dime: ¿tus ojos son marrones, azules o grises?”. Katerina y María echan de menos a alguien que todavía no conocen. Su necesidad de esperanza es urgente.

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