Un tiempo apasionante

España · José María Gutiérrez Montero
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16 junio 2014
En los círculos de la vida española, aquellos que son de todos los colores y matices, aquellos compuestos de historias singulares y únicas, y que van más allá de los círculos artificiales creados desde arriba, suena de una forma casi unánime una palabra: renovación.

En los círculos de la vida española, aquellos que son de todos los colores y matices, aquellos compuestos de historias singulares y únicas, y que van más allá de los círculos artificiales creados desde arriba, suena de una forma casi unánime una palabra: renovación.

Dos hechos han marcado la escena pública en el último mes. El resultado de las elecciones al Parlamento Europeo y la abdicación del rey Juan Carlos I. Del primero podemos extraer conclusiones claras. La sociedad pide a gritos algo nuevo. El descenso de los dos partidos mayoritarios, que pudiendo haber dado más de sí, han ofrecido a los españoles un debate político de baja calidad, sumado a la irrupción de Podemos, acreditan este movimiento en el corazón de la sociedad española.

Podemos es, sin duda, un fenómeno singular. No por sus ideas ni sus consignas, que el mundo ha visto ya repetirse una y otra vez desde el siglo XIX, sino por una puesta en escena novedosa que ha movilizado, incluso, a españoles que jamás habían votado. Ha generado ilusión. Una ilusión que, incluso antes de lo esperado por la mayoría, comienza a mostrar algunos signos de agotamiento. La élite académica que se encontraba detrás de este movimiento genuino de la sociedad ha mostrado ya sus orejas. Surgen las primeras fricciones. Los círculos han demostrado no parecerse a aquellos círculos multicolor de la sociedad civil, e incluso Pablo Iglesias, que hace menos de un mes se presentaba como un factor de novedad, se ha destapado en el acto de acatamiento de la Constitución en el Congreso, como un mero repetidor de consignas que todos habíamos escuchado ya. Decepciona antes de lo previsto.

Es lo que tiene el corazón del hombre, siempre pide más, y lo que en un instante puede parecer una propuesta novedosa, a los cinco minutos es destapado por la realidad.

El otro hecho singular es la abdicación del rey Juan Carlos I, decisivo en el consenso de abajo a arriba que construyó nuestra democracia. Como reconoce Álvaro Delgado Gal en este medio, “es impensable la Transición y la consolidación de la democracia sin el papel que jugó el rey”. Por ello, parece que el rey ha sido el primero en recoger el guante que han tirado los ciudadanos, invitando a renovar el consenso de los años setenta, incluyendo a todos, reconociendo al otro como un bien. De nuevo, como entonces, desde abajo hacia arriba, invitando a las élites políticas a seguirle, como ha reconocido recientemente el socialista Enrique Múgica.

La nueva etapa que se abre ante nuestros ojos va más allá de distinciones y de bandos. No importa quién es rojo y quién es azul, quién es rico y quién es pobre, quién es monárquico y quién es republicano, quién es casta, y quién no lo es. A Felipe VI le corresponde, en palabras del historiador Stanley G. Payne, “tratar de alentar un sentido de la unidad, y la disposición de cooperar en la solución de problemas fundamentales”. Toca, en definitiva, abandonar particularismos innecesarios, reinventarse, abordar con seriedad los problemas del hombre de hoy, del que trabaja y del que busca trabajo, del que se despierta con un deseo infinito de afecto y del que por la mañana quiere construir, desde el lugar en el que está, algo que perdure.

Enrique Múgica ha reconocido que la abdicación es una invitación a la renovación del PSOE. Un PSOE que ha dado muestras de responsabilidad y sentido de estado en estos momentos, pero que debe renovarse más allá de los nombres que compongan sus órganos de gobierno. “Se trata de sacudir cierta desgana que se observa tanto en los afiliados como en el electorado. Y por tanto, el PSOE, cuando se elija el nuevo secretario general, no solo debe escoger su nombre y sus cualidades, sino cuáles son las propuestas que debe hacer, qué aporta el partido a la sociedad, cuáles son las posibles soluciones a la crisis”. En cuanto al otro partido, el PP, también debería darse por aludido, ya que la vida no sólo es economía, y sería cerrar en falso la crisis actual si sólo se tienen en cuenta los buenos datos económicos, que para el español de a pie, igual no lo son tanto.

La alternativa no es un cambio en la forma de organizar la jefatura de estado, que ni siquiera es un cambio en la forma de estado. Como ha reconocido otro socialista, Joaquín Leguina, ´¿España no es ya una República ? Hay igualdad jurídica y derechos civiles garantizados. Hay un Rey, es cierto, pero no hay súbditos”. Las libertades que disfrutamos deben empujarnos hacia un descubrimiento del otro, y no hacia su destrucción. Las alternativas no pueden ser simbólicas, sino políticas reales. No es un cambio de bandera lo que buscan los españoles, sino un nuevo inicio.

“De una belleza nueva, de un nuevo dolor, de un nuevo bien que sacie pronto para saborear mejor el vino del nuevo mal, de una nueva vida, de un infinito de nuevas vidas, ¡de eso es de lo que tengo necesidad, caballeros: simplemente de eso, y de nada más! ¡Ay! ¿Cómo colmar este abismo de la vida? ¿Qué puedo hacer?”. En esta cita de Milosz podemos intuir las necesidades verdaderas del hombre, que van más allá de lo aparente. Son necesidades reales. Si bien no podemos esperarlo todo de la política, quien quiera ser relevante en la vida española de las próximas décadas, deberá medirse con este deseo genuino del corazón del hombre. La experiencia cristiana, con su valoración del hombre como relación con el Misterio, llena de ejemplos que testimonian una vida cambiada en toda circunstancia, puede tener también mucho que aportar en este nuevo tiempo.

La crisis ha resquebrajado los viejos esquemas artificiales y las pretensiones hegemónicas absurdas. Por fin nos hemos descubierto. La partida ha comenzado, las piezas están sobre el tablero. Se han movido los peones. Ha respondido el rey. El 19 de junio, comienza una etapa ilusionante. Un tiempo apasionante.

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