Editorial

Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Editorial · Fernando de Haro
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10 julio 2017
Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

“Yo perdono, pero no olvido”. Es una de las frases que se hizo célebre entre algunas de las víctimas de ETA y que la sociedad española, toda ella víctima en cierto modo, ha acariciado en algún momento como referente. Se entiende que detrás de una sentencia así está el derecho absolutamente legítimo a no renunciar a la justicia debida. Pero hay justicias que pueden ser más “reparativas” que la de proporcionar el ineludible cumplimiento de la ley. Porque una vez cumplida la ley y proporcionado el apoyo social y político necesario, la víctima sigue teniéndose que enfrentar a su dolor, su impotencia, y a ese imborrable sello que imprime el mal. Esta es una cuestión muy delicada y solo se puede hablar de ella porque hay víctimas que han relatado su experiencia. La experiencia de una vida que se abre a algo más que la huella del daño.

“De pronto me di cuenta de que no tenía la exclusividad del sufrimiento”, aseguraba Agnese Moro, la hija de Aldo Moro, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas, hace unos meses. Hacía esa afirmación después de haber participado en un rigurosísimo programa de restorative justice puesto en marcha para que se encontraran víctimas y victimarios de los años de plomo del terrorismo italiano. Il libro dell incontro (2015) cuenta esta experiencia que ni ha sido fácil, ni ha sido rápida.

Los trabajos en Italia para intentar propiciar el perdón han partido de las exigencias de Olivier Abel, un discípulo de Ricoeur: el perdón es una liberación de la memoria que se otorga como un don a quien ha reconocido su daño y ha hecho todo lo posible para repararlo. ¿Con estas premisas se puede rechazar a priori dar un paso adelante?

En España ha habido algunas experiencias de mediación que comenzaron en 2011 entre unos pocos presos de ETA y algunas víctimas. Eran presos que se habían acogido a la llama vía Nanclares (beneficios penitenciarios a cambio de colaboración con la justicia y distanciamiento de la banda). El resultado está recogido en Los ojos del otro, encuentros restaurativos entre víctimas y exmiembros de ETA (2013). Probablemente ha sido muy difícil hasta ahora poner en marcha más programas similares porque la banda ha ejercido un férreo control ideológico en las cárceles. Pero ahora comienzan nuevos tiempos.

Todos, a nuestro modo –y en esto nunca se podrá ni sustituir ni imponer nada a una víctima–, entendemos lo que está en juego. Porque todos sabemos que hay ciertas formas de memoria que son como cárceles: te encadenan al mal y al horror sufrido. Solo salimos de ellas si, de pronto, se rasga el presente y aparece algo más positivo, más luminoso, más grande, más absoluto que la pesada carga que uno arrastra.

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