Retorno a una tierra nunca visitada

España · Fernando de Haro
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21 agosto 2018
Ha sido, querido mío, el retorno a una tierra nunca visitada, a la de esa razón que siempre dijimos amar. No se me ocurre, para contarte la lectura que Julián ha hecho en el Meeting del libro de Job, otra imagen. La imagen de un viaje de vuelta a un país que no hemos visitado. Porque, querido mío, tenemos que reconocerlo, tú y yo, tan iguales en muchas cosas y tan diferentes, cuando llega el dolor, cuando llega el mal, estamos desterrados, huérfanos. El dolor que hemos vivido en los últimos años, hemos de reconocerlo, nos ha dejado perplejos, nos ha encontrado abstractos, nos ha dejado muchas veces solos.

Ha sido, querido mío, el retorno a una tierra nunca visitada, a la de esa razón que siempre dijimos amar. No se me ocurre, para contarte la lectura que Julián ha hecho en el Meeting del libro de Job, otra imagen. La imagen de un viaje de vuelta a un país que no hemos visitado. Porque, querido mío, tenemos que reconocerlo, tú y yo, tan iguales en muchas cosas y tan diferentes, cuando llega el dolor, cuando llega el mal, estamos desterrados, huérfanos. El dolor que hemos vivido en los últimos años, hemos de reconocerlo, nos ha dejado perplejos, nos ha encontrado abstractos, nos ha dejado muchas veces solos.

No ha sido, querido mío, una lección. La periodista Monica Maggioni, que lleva lo bueno de la televisión en la sangre y que ha sido la que ha conducido el encuentro, nos ha hecho recorrer el libro de Job, los millones de Jobs que pueblan el mundo, con fotos, música y un diálogo vivísimo. El canto de la siria Mirna Kassis, su voz dulce y trágica, me ha recordado a la madre que perdió al hijo en los bombardeos de Damasco, a la de Homs que fue secuestrada por el Daesh, a la joven casada de Malula que estuvo a punto de convertirse en viuda. ¿Te acuerdas, querido mío, del genocidio que hemos visto con nuestros ojos? ¿Te acuerdas del llanto de las inocentes, de Alepo arrasado? Sobre el suelo sirio, la misma pregunta que suscitaba la Shoah. La misma pregunta que han suscitado esos dolores nuestros, esos pequeños y grandes genocidios, querido mío, de los que tú y yo ni siquiera nos hemos atrevido a hablar. La misma pregunta: ¿pero Tú, Dios, donde estás? ¿Estás? ¿Por qué pasa esto?

El filósofo laico Salvatore Natoli, que ha leído con Julián el viaje de Job, ha coincidido en señalar que la pregunta a un Dios que se antoja injusto por tolerar el mal supone haberse puesto ya en marcha. Porque los antiguos consideraban el mal como parte del paisaje. Hay montañas, hay ríos, y también hay injusticia, sufrimiento, las cosas son así, pensaban los antiguos. Cuando lo he oído, querido mío, he pensado que nosotros los modernos somos como los antiguos. Porque para ti y para mí, para creyentes y no creyentes, el Misterio es tan abstracto que ya no existe o es una fórmula catequética. Y cuando llega el zarpazo de la prueba nos quedamos muchas veces solos, con una pregunta retórica, acallada por la etiqueta del gnosticismo o de la sana doctrina. ´En el momento de la prueba aparece lo que define la vida´, ha dicho Julián. ¿Verdaderamente, nosotros modernos, tú y yo, cuando nos ha llegado la prueba nos hemos enfadado, preguntado, llorado, clamado a ese Dios del que tanto hablamos para defenderlo o atacarlo? Este exilio, querido mío, es el exilio que Julián ha puesto de manifiesto. Era extraño, porque al oírlo hablar estaba uno ya en marcha. ´Job le pregunta a Dios por qué le hace pasar lo que le hace pasar porque no quiere perderlo´, ha añadido Natoli.

Nosotros, querido mío, siempre hemos querido ser racionales. Para seguir siéndolo, para seguir preguntándose, decía Julián, hay que ser leal con lo que se ha vivido, con la confianza que dominaba al pueblo de Israel. Aquella era gente racional, tenía la experiencia de una positividad abrumadora, no podían ser maniqueos. Nosotros, a fuerza de querer ser racionales, nos hemos vuelto abstractos, tan abstractos que después del terremoto de Lisboa (no ha sido ciertamente el primer terremoto de la historia) nos hemos dejado dominar por la sospecha. Como Dios no respondía con un algoritmo, Dios no existía, o era tonto. O peor, era fuente parcial de parcial consuelo espiritual.

He comprendido, querido mío, escuchando a Julián y al doctor Melazzini (que sufre una enfermedad degenerativa) -también ha participado en el encuentro- que no nos atrevemos, como sí hizo Job, a sentar a Dios en el banquillo porque nos falta amor a la razón. A la razón, no a tu razón y a la mía. El doctor Melazzini, con un hilo de voz -está en una silla de ruedas- ha contado cómo pensó en la eutanasia. Ha contado cómo, por amor a la razón, ´se midió con los indicadores´. Leyó el libro de Job, volvió a las montañas que amaba. Hasta que descubrió que, ante el zarpazo del dolor, lo esencial es una mirada. Dios responde a Job, como al doctor, poniéndole ante la totalidad de la realidad. Una realidad imponente, grande: el mundo creado. Cambia la medida. A Melazzini, lo dice él, eso es lo que le ha hecho estar acompañado, conocer quién es Dios.

´¿Pero es suficiente la impotencia de la realidad ante un corazón desgarrado?´, se ha preguntado Julián. No hay nada automático. ´El dolor es una provocación a la libertad para que se abra a una positividad que no se puede suprimir´, se ha respondido. Se trata de comprobarlo. Hay que comprobar si a más dolor es posible sentir más cercana, más fuerte, la mano que te sostiene, que te acompaña, que te acaricia con ternura. La respuesta a este dolor, querido mío, que a ti y a mí tanto nos escandaliza, es un rostro, un amor. ¿Tan concreto? Tan concreto, apunta Julián. Querido mío, siempre hemos querido ser racionales, ¿lo seremos hasta el fondo?, ¿buscaremos incansablemente esta mano?

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