Olvidando

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2 junio 2014
Que fácil, hermoso y sencillo resulta leer el evangelio. ¿No hemos encontrado consuelo cuando nos detenemos a releer lo que tantas veces hemos reflexionado?

Que fácil, hermoso y sencillo resulta leer el evangelio. ¿No hemos encontrado consuelo cuando nos detenemos a releer lo que tantas veces hemos reflexionado? ¿De verdad, existe alguien que cuando busca aliento o luz en lo que allí se nos narra, se vaya como entró? Me gusta creer, que aún en las noches más oscuras que el alma pueda atravesar, las palabras de Jesús traen esas chispas que aparecen en las tinieblas.

Conté una vez en este blog,  la impresión que me produjo contemplar por primera vez ,el espectáculo que ofrecen las luciérnagas. Es una belleza. En más de una ocasión me viene esa imagen,  mostrándome  que Dios aparece así en nuestras oscuridades; con pequeñas lucecitas a nuestro alrededor, las suficientes para sentir que la penumbra no nos envuelve. Que esa luminiscencia  es suficiente para seguir avanzando.

A menudo me pregunto: ´¿Pero por qué lo hago todo tan complicado? ´ Basta poner en práctica lo que Jesús nos dice. Y nada, erre que erre, con saltarme los consejos,… así me va muchas veces. Solo encuentro explicación a tan gran tozudez, en la certeza de que la huella del pecado ha dejado a nuestra alma, herida y debilitada. El poder del mal, se empeña en arrebatárnosla, para destruir la obra de Dios; porque a veces, hasta nos creemos que el diablo está interesado en nosotros, que le encantamos vaya. ¡Le importamos un pepino! A él no le interesa nadie, es el odio personificado, y su único fin es desbaratar la creación más grande y hermosa de Dios : ¡El hombre!, ¡Cada uno de nosotros!

Hoy me viene en ganas, reflexionar sobre un compañero que el maligno nos propone como acompañante, cuando el perdón insiste en salir. Como todo lo que presenta el padre de la mentira, resulta ser fraudulento, hay que estar alerta y reconocer al falso amigo . Si se presenta a vosotros , sabed que se llama : Rencor.

Es frecuente oír en en el tiempo presente , aquello de: “perdono pero no olvido”; pues lo siento mucho, yo no entiendo el perdón de esa forma, ni creo que Jesús en el momento de su crucifixión, perdonando a los que le mataban, pensara ni por asomo, en un acto de resentimiento. Todo lo contrario, cada palabra en la cruz fue de amor, confianza y perdón.Todo otorgado en el culmen del dolor.

Pero a veces podemos caer en el error, de pensar que esa aversión que se queda estancada en el alma, se produce ante agravios profundos. No, no, queridos amigos, seamos sinceros, ¿Quién no retiene esa palabra dicha que tanto nos ha dolido? ¿Quién no guarda en su archivo personal, esa acción que el otro ha realizado tal vez sin intención de dañar?… “Es que lo que me has dicho´… ´Es que lo que piensas de mi´… ´Es que ¿cómo te atreves a juzgarme así?´… Demasiados planteamientos ante la ofensa recibida.

Perdonar es un acto heroico, devolviendo  amor, ante la punzada que nos asestan. Soy de los que creen, que es mucho más difícil ofrecer pedón  que pedirlo.

En el momento de la historia en que nos toca vivir, donde el hombre vive alejado de Dios, la palabra perdón, adquiere una connotación de humillación y debilidad, que la sociedad de hoy no permite. No dudemos de que perdonar, es uno de los actos de amor que más almas han llevado a Dios. Muchas personas han cambiado radicalmente, ante la generosidad y heroicidad magnánima de olvidar las ofensas. El  perdón debe ser total, sin ningún resquicio de rencor, sin analizar las circunstancias, sin medir la aflicción en que puedan habernos sumergido.

´Alto, alto… ¡qué fácil lo ves tú! ´ podrá reprocharme alguno. Pues no,  por propia experiencia, sé que no es fácil ,  que a veces, resulta muy muy difícil, pero no imposible…

Creamos de verdad, que Dios no pide nada superior a nuestras fuerzas. La cruz no gusta a nadie, (ni a Jesús le atrajo), pero allí nació el poder de condonar la ofensa recibida. Desde el crucificado , se puede hablar de perdón. Nos enseñó cómo hacerlo: con los brazos extendidos, las manos y pies clavados a un madero y un corazón amoroso traspasado por una lanza.

No olvidemos que  cada día nos dirigimos al Padre con la misma súplica: ´Perdónanos como nosotros perdonamos´. Que esas palabras siempre sean elevadas a Dios con un corazón sincero. ¡Intentémoslo!

Siete en Familia

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