Editorial

No, Trump no mola

Editorial · Fernando de Haro
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4 junio 2017
¿Y si Trump llevase razón al sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, dándole con la puerta en las narices a todo el internacionalismo catastrófico del cambio climático? Bien, vale. Seguramente es excesivo decir una cosa así. El cambio climático está ahí. ¿Pero no mola que alguien haya sacado su voz del coro y le haya dado una buena sacudida a la casta, a las plañideras burocráticas de la ONU y a todo ese rollo del progresismo planetario? 

¿Y si Trump llevase razón al sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, dándole con la puerta en las narices a todo el internacionalismo catastrófico del cambio climático? Bien, vale. Seguramente es excesivo decir una cosa así. El cambio climático está ahí. ¿Pero no mola que alguien haya sacado su voz del coro y le haya dado una buena sacudida a la casta, a las plañideras burocráticas de la ONU y a todo ese rollo del progresismo planetario? Al fin y al cabo, el Acuerdo de París no iba por buen camino como tampoco lo fue el Protocolo de Kioto. Las dos preguntas han quedado en el aire después de la decisión anunciada por el 45º presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump no es un conservador, es un líder absolutamente postmoderno, un producto de la sociedad líquida que siembra dudas en aquel último punto firme que le quedaba a la razón moderna: la ciencia.

La primera gira internacional de Trump no comenzó en México o en Canadá, como es tradición desde hace algunos años, sino en Arabia Saudí. Para cerrar contratos millonarios de venta de armas (110.000 millones de dólares) en el principal país del Golfo. Rompía así con el único acierto de la política de Obama en Oriente Próximo: un acercamiento a Irán, cada vez más dispuesto a abrirse a las reformas, cada vez más patrocinador de un chiismo que permite el encuentro entre el islam y la modernidad. La “reconciliación” de Trump con el mundo musulmán se producía en la patria del wahabismo, esa corriente del sunismo que se ha convertido en la patrocinadora de todos los radicalismos que van desde el norte de África a buena parte de Asia. El último acto de la gira fue su participación en la reunión del G7 en Taormina. Allí destruyó cualquier posibilidad de que, al menos en la cuestión climática, haya un cierto germen de Autoridad Mundial que compense la cesión de la soberanía a los mercados (propia de la globalización) y la tendencia proteccionista.

El Acuerdo de París para la reducción de los gases de efecto invernadero, aprobado en 2015, tiene problemas. El objetivo es conseguir que la temperatura del planeta no aumente a final de siglo más de dos grados. No hay reducciones nacionales de las emisiones que se impongan desde fuera. Cada uno de los países firmantes es libre de determinar cuánto las rebaja. Y esas reducciones voluntarias, presentadas por los países firmantes, de momento no son suficientes para conseguir el propósito marcado para 2099. El anuncio de Trump siembra dudas en el arduo camino emprendido en la capital francesa. Además de reducir las emisiones (Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes), el Acuerdo incluía la creación de un fondo de 100.000 millones para ayudar a los países más pobres en el desarrollo de energías sostenibles. Ahora todo eso será más difícil o imposible.

2016 ha sido el año más caluroso desde que comenzaron los registros en 1880. El nivel del mar ha aumentado 20 centímetros en el último siglo, la temperatura media se ha elevado en todo el planeta, los hielos de la Antártida y Groenlandia se han reducido, los fenómenos meteorológicos extremos son cada más frecuentes, los glaciares se están retirando y la acidez del agua de los océanos se ha elevado. Pero para ese líder postmoderno que es Trump las evidencias científicas no cuentan.

Dicen algunos de los biógrafos del actual presidente de los Estados Unidos que su psicología tiene rasgos infantiles, lo que no significa que sea sencilla. No hay nada más obstinado que un niño o un adolescente empeñado en no reconocer la realidad. Quizás sea un signo de los tiempos. Hay dos frases que se repiten con insistencia entre los escolares estadounidenses. Una de ellas es la síntesis de cierto modo de entender el mundo: “You are a loser” (eres un perdedor). Muchas disputas en las escuelas acaban con esta sentencia que es quizás el peor insulto en un mundo en el que el éxito lo es todo. Trump la repite con frecuencia. La otra es: “Leave me alone” (déjame en paz, déjame solo). Déjame solo porque yo me apaño mejor sin ti y sin los otros, porque yo puedo salir adelante con mis fuerzas, porque los otros sois un fastidio.

El presidente de los Estados Unidos ganó las presidenciales con un gran “Leave me alone”. El que salía del alma de los centros industriales deprimidos por la globalización, de los huesos de los que están hartos de la arrogancia de las costas. Y ese “Leave me alone” es el que le da una aprobación ciudadana, a pesar de todos los pesares, del 40 por ciento. Es la más baja de un presidente desde 1945. Pero es un suelo muy alto después de cómo se ha comportado en sus primeros cuatro meses. Es un suelo alto que se mantiene porque muchos le siguen comprando el mensaje de que se puede vivir más allá de cualquier evidencia. Lo peor del presidente es que siembra dudas en las pocas que quedan (las evidencias son simples, pero no sencillas). Y lo hace para instalarse e instalar a sus seguidores en un mundo sin complejidad, en un mundo que no existe, en el que se puede salir adelante solos, sin poner límites a la contaminación.

No, decididamente Trump no mola, como tampoco mola esa voz que hay en nosotros que nos conduce a la soledad, a la duda, y a las soluciones irracionalmente lejanas de la complejidad de lo real.

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