Nada da igual

Sociedad · GONZALO MATEOS
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16 febrero 2023
Un sistema democrático hueco y formal no evita que se desate la violencia. Para pervivir hace falta cada acto cotidiano, y no el mero repetir de palabras vacías y actos fatuos"

Todos los días al ir a trabajar paso por delante de un local a pie de calle que tiene escrito en su puerta de entrada de cristal la sentencia “Nada da igual”. Hay días, la mayoría, en los que la suscribo con entusiasmo. Todo importa porque todo está relacionado. Toda la realidad tiene inscrito un significado y por eso es interesante, apasionante o rechazable. Otros muchos días, tras leerla, aprieto el paso y ya no estoy tan convencido. La realidad es cada día más compleja y fragmentada. Cuanto más creo saber de algo, más ignorante me descubro, más lleno de perplejidad y de vértigo consciente de mi incapacidad por entender, mi cansancio y la aparente falta de sentido. Y caigo en la tentación de dejar pasar las cosas de largo sin que me toquen y de vivir con el piloto automático. Sin dramas. No todo es tan importante, me digo, puedo vivir sin tomarme todo tan a pecho.

En mi trabajo, entre mis amigos y conocidos, en los medios, presencio el crecer del nerviosismo ante las próximas citas electorales. Ya está lanzado el esprint y cada detalle cuenta para un final que se presume ajustado. Casi todo se encuentra mediatizado por la lucha partidista por el poder, bien por miedo a perderlo bien por el ansía de conquistarlo. Unos y otros me dicen que ya no es tiempo de hacer, ahora hay que contar lo que se ha hecho. Tiempo de narrativas e invectivas. Tiempo de defensa y ataque, de repetición de mensajes y consignas. No caben reflexiones estériles, ahora sólo se trata de ganar, ganar y ganar. Ya habrá tiempo para pensar qué se hace con el poder. Nada da igual, repiten, aunque a mí me suena más bien a un “todo es lo mismo”.

Michael Ignatieff se pregunta en el último número de Política Exterior (con una magnífica portada de Fromthetree) que para qué sirve la democracia. Lo que para unos es un mecanismo para la toma de decisiones, para otros es una forma de vida o un recipiente de aspiraciones para la comunidad política. Pero la mayoría pasa por alto que la política democrática real es además una “competición feroz y sin cuartel por el poder”. Hasta los autócratas la juegan manipulando las palabras sin apenas esconderse. Las sociedades no viven en equilibrios naturales, sino que son lugares de disputa social, cultural y económica constante, con un potencial de estallido de violencia.

Me da la sensación de que cuando nuestros políticos, o líderes de opinión o de credo, utilizan un lenguaje violento, no lo hacen para defenderse de los agravios, sino que, en ocasiones, lo hacen para crearlos y embarrar el terreno en beneficio de sus posiciones apriorísticas. Sangre llama a sangre. Ignatieff lo llama la “política de enemigos”, donde la imposición gana a la persuasión y la adhesión al debate. Una política donde las tácticas de demonización partidista nos acaban infectando a todos. Si además el grupo es débil y con escasa base social, los políticos dejan de considerarse potenciales servidores públicos para convertirse en meros empresarios de la lucha por el poder, “moviéndose rápido y rompiendo cosas”. El atractivo del autoritarismo es eterno.

Con frecuencia olvidamos que la democracia es frágil, que se pierde y daña fácilmente. Oigo a gente antaño templadas construir teorías conspiranoicas, dar rienda suelta al pesimismo y a la nostalgia, elevar el sonido de sus argumentos y dejarse llevar por la ira. Hartos y quemados, todos se sienten víctimas en busca de culpables y salvadores. Una nueva ola de autoritarismo y de democracias iliberales emerge por doquier. Sólo el 8% de la población mundial vive en países con democracias plenas. Un sistema democrático hueco y formal no evita que se desate la violencia, no previene su decadencia o su desaparición. Para pervivir hace falta cada acto cotidiano, y no el mero repetir de palabras vacías y actos fatuos. Hace falta más lechuzas que loros, más protagonistas que figurantes.

Cerca también de mi trabajo se encuentra el Teatro Español, donde Josep Maria Flotats, en agradecimiento a sus maestros y al final de su carrera, ha sentido la necesidad de volver a representar la obra “París 1940”. Durante las primeras semanas de la invasión alemana el director de teatro y maestro de actores Louis Jouvet imparte lecciones en el conservatorio de arte dramático de París a unos pocos alumnos. Toda la obra gira en torno a dos páginas de un texto: el monólogo de Doña Elvira en el Don Juan de Molière: “Salvaos, os lo ruego, por amor a vos o por amor a mí…”.

Toda la obra es un mano a mano entre profesor y su alumna, Claudia, un repetir pertinaz de la misma escena, de las mismas palabras, y de las mismas correcciones. Jouvet le pide a Claudia que su interpretación conmueva al patio de butacas. Y para lograrlo no vale cualquier actuación. Claudia, impotente, lo intenta una y otra vez sin lograrlo. La comodidad es la muerte del artista, afirma Jouvet. Lo único que deseo -continua- es lograr que un día, por un instante, toquéis vuestro instrumento. Una vocación es un milagro que debemos realizar día tras día con nosotros mismos. El pensamiento debe ir acompañado de un sentimiento profundo, apasionado. “Habréis aprendido algo si un día en una conversación como esta, de repente os sentís sobrecogidos por una idea, con la sensación de haber tenido una revelación interior de lo que sois en relación a lo que hacéis”.

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El compromiso total de la actriz llega una tarde al final de muchos meses de ensayos. Los desfiles militares y las banderas gamadas inundan París. Es cuando descubrimos que Claudia es judía, y que su abrigo ha sido marcado con la estrella de David para ser trasladada a los campos de exterminio. La aparición del mal y de la violencia consiguen que Claudia entienda, y, al fin, conmovida, interprete a Doña Elvira con cada palabra, cada respiración, cada gesto, mil veces ensayados infructuosamente. Ahora sí. “El profesor dice que el teatro es algo espiritual, que hay dos maneras de hacerlo o de considerarlo, en superficie, o en profundidad y altura, es decir, en la vertical del infinito”.

Días después le sigo dando vueltas. Solo si somos capaces de mirar de frente al drama diario de la vida, sin censurar nada, podemos dar respuesta en el presente a lo que nos preocupa. No venceremos al miedo sin esfuerzo. Es necesario que el corazón, razón y sentimiento, esté reunido por entero en el momento de dar cualquier paso, por cotidiano o excepcional que sea. También ante la crisis de la democracia y la política de enemigos. Mostrar con nuestra existencia, con nuestras palabras y actos, que la vida hay que considerarla en la vertical del infinito. Nada da igual.

 

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