Cartas desde la frontera / VIII

Abrahán: comienza la historia de la salvación

Escrituras · IGNACIO CARBAJOSA
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21 noviembre 2022
Se ha dirigido a un ser humano (Abrahán), ha expresado una voluntad concreta (“sal de tu tierra”), ha hecho una promesa verificable en el tiempo (“haré de ti una gran nación”). Y así ha cambiado radicalmente el método religioso.

Querido Pascual,

 

En mi última carta terminaba diciéndote que no te preocuparas de esa condición histórica con la que tantas veces te peleas: quieres hacer el bien y acabas haciendo el mal. Y duele cuando uno trata mal las cosas más bellas… Sin embargo, Dios no podía dejarnos tan desvalidos (aunque en realidad poder podía porque era toda culpa nuestra). Pero tuvo misericordia de nosotros. ¿Cómo? Si convocáramos un concurso con ideas para ayudar la creatividad divina en su iniciativa para sacarnos del “hoyo”, ninguno daría con la solución que el Misterio divino se sacó de la manga.

En realidad, se trata de una iniciativa que tú ya conoces porque ha llegado hasta ti. Si te paras a pensar, te darás cuenta de que tú no has recuperado la alegría y el gusto por la vida porque, llegado a un punto, decidiste cambiar de vida, o porque sentiste una llamada de lo Alto, o porque reflexionaste sobre el sentido de las cosas. Tú te has topado en la Universidad con un compañero de clase que tenía una extraña familia en la que te sentías como en casa, que te ha presentado a unos amigos que disfrutaban de la vida como nunca habías visto y, por encima de todo, que miraban la inquietud de tu corazón con una ternura impensable… y empezaste a ir tras de ellos. Así empezó esa aventura que te ha llevado a recibir el bautismo en la vigilia pascual. Este es el método de Dios: entra en la historia como un factor más de nuestra experiencia (como tu compañero de clase en el banco de atrás). Este es su método para romper la extrañeza que el pecado original había introducido en nuestra relación con Dios.

Pues bien, ¿cómo empezó todo? Si Dios entra en la historia necesariamente tiene que hacerlo en unas coordenadas espacio-temporales concretas. Y esto se refleja en los relatos bíblicos. En efecto, a partir del capítulo 12 de Génesis comienza una historia situada en un lugar geográfico concreto (Mesopotamia, Siria, Canaán, Egipto), en un tiempo concreto (segundo milenio a.C.). Esta historia lleva el nombre propio de un hombre que empieza un viaje de Ur de los Caldeos a Jarán (remontando el Éufrates en lo que era la vía habitual) y de allí a Canaán para acabar en Egipto: Abrahán.

“El Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gén 12,1-3). En estas pocas líneas se nos da noticia de la iniciativa divina que, necesariamente debe elegir: una región y no otra (¿por qué Mesopotamia y no Finlandia?), un pueblo étnico y no otro (¿por qué la descendencia de Abrahán y no los vikingos?). Aunque no lo reconozcamos, este método nos encanta y a la vez nos escandaliza. Por un lado, nada mejor que poder interceptar a Dios en nuestra experiencia común. Por otro, el método se nos antoja un tanto aleatorio, lento y poco eficaz: ¿por qué a mí y no a mi vecino? ¿No sería más rápido algo que convenciera de golpe a todo el mundo? ¿De persona a persona se llega a cambiar nuestro país? De todas maneras, si quieres exigir responsabilidades, sigue el conducto reglamentario, como nos decían en la mili, hasta llegar al que llamó a Abrahán e inventó el método de la elección.

Pero para que entiendas la novedad que esta llamada a Abrahán ha introducido en la historia es necesario conocer la dinámica religiosa de los pueblos mesopotámicos en la que se ubica el patriarca. Normalmente se describe bajo el nombre de politeísmo, mientras que la historia de Abrahán daría inicio al monoteísmo. Esta imagen contiene algo de verdad, pero también mucha ambigüedad y confusión. Por un lado, presenta a los mesopotámicos como criaturas ingenuas, que veían dioses por todas partes. Por otro lado, da por supuesto que hay una especie de lógica evolutiva (y por ello necesaria) en el paso del politeísmo al monoteísmo. Una conquista de la razón, dicho en otros términos. ¡Atento! Este es el esquema que empieza a dominar en la historiografía griega y que a partir de la Ilustración (del siglo XVIII en adelante) se impone en nuestra cultura con consecuencias nefastas.

Te recomiendo que leas el breve opúsculo “La educación del género humano” de G.E. Lessing, publicado en 1870. Describe el camino evolutivo de la humanidad en materia religiosa, pasando del politeísmo al monoteísmo, del Antiguo al Nuevo Testamento, guiado por la razón. La conclusión es obvia, aunque no será Lessing sino sus “discípulos”, quienes la saquen: llegará un momento (¡llegó hace ya tiempo para nosotros, gente del siglo XXI!) en que la razón pueda dejar atrás el monoteísmo, propio de una etapa infantil, y conocer sin ayuda de “dioses”, de forma adulta. ¡Esto es lo que lleva tatuado en la piel aquel profesor de biología del que me hablabas! Pero no solo él, ¡esto es lo que yo he respirado desde pequeño y he dado por obvio! De ahí que la conversión implique verdaderamente una meta-noia, como decía san Pablo, es decir, un cambio de mentalidad.

Volvamos a la Mesopotamia de la que salió Abrahán. Aquellos hombres y mujeres de la primera mitad del segundo milenio no tenían nada de ingenuos, usaban la razón con los conocimientos que entonces tenían. Nuestro primer error es pensar que, en lugar de un dios, tal y como nosotros lo concebimos, tenían varios, lo cual nos resulta extraño. Nada más lejos de la realidad. Lo que llamamos “dioses” para ellos no eran más que iconos que representaban fenómenos de la naturaleza (el sol, la luna, la fuerza, la justicia, la lluvia), ventanas a través de las cuales se accedía al fatum o hado (preciosa palabra española que habría que recuperar porque tiene un montón de fieles). Para los mesopotámicos existía un hado que era una especie de matriz que regía toda la realidad. No tenía forma personal (no era un “dios”), no expresaba voluntad ni era objeto de culto. Si quieres, se parecía mucho a lo que nuestros científicos llaman “naturaleza” en frases del tipo “la naturaleza ha hecho”, “la naturaleza favorece”, etc. A ese hado se accede, para poder entenderlo, para poder preverlo, a través de las diferentes ventanas o iconos de fuerzas naturales que llamamos “dioses”.

Por otro lado, en ningún sitio está escrito que sea un proceso natural el paso del politeísmo al monoteísmo. Puestos a usar la razón, con los conocimientos de entonces, es más “racional” reconocer varias fuerzas ingobernables e inalcanzables en la naturaleza (el sol poco tiene que ver con los terremotos, o con la sabiduría) que una sola. Volviendo a la comparación con el concepto moderno de “naturaleza”, también nosotros fraccionamos la realidad en parcelas (la física, la química, la astronomía, la biología, la medicina, etc.) a través de las cuales llegamos a penetrar en ese hado misterioso responsable de todo. Como nosotros, también los mesopotámicos intentaban una apropiación racional de un universo previsible (regulado por el hado).

¿Qué es lo que ha sucedido con Abrahán? Por decirlo en términos mesopotámicos, el hado ha tomado la iniciativa, se ha dirigido a un ser humano (Abrahán), ha expresado una voluntad concreta (“sal de tu tierra”), ha hecho una promesa verificable en el tiempo (“haré de ti una gran nación”). Y así ha cambiado radicalmente el método religioso. Nace lo que con propiedad se puede llamar “fe”, es decir, no ya una “apropiación racional de un universo previsible” (la dinámica previa), sino una obediencia a una presencia que toma la iniciativa, de modo absolutamente imprevisible (ingobernable), pero cuya promesa puede ser verificada en el tiempo. Con Abrahán el mesopotámico tutea al hado, se dirige a él porque él previamente ha tomado la iniciativa. ¡Qué ternura pensar que la “naturaleza” abstracta e inerte de muchos de nuestros científicos ha tomado la iniciativa y ha salido a nuestro encuentro!

Dejémoslo aquí por hoy. Como habrás visto, me he saltado varios capítulos del Génesis para llegar a Abrahán. ¡Si me detuviera en cada uno no terminaríamos este libro! Atrás quedan, para tu lectura personal, las aventuras de Caín y Abel (podrás entender por qué decimos que nuestro país es cainita), la “historia” de Noé y la construcción del arca para surfear el diluvio (la experiencia de aluviones o desbordamientos de ríos, percibida como castigo divino, es universal) o la torre de Babel (que nos explica el origen de esa cosa tan extraña que es no poderse entender con un extranjero).

Un abrazo.

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