Editorial

Lo viejo y lo nuevo

Editorial · Fernando de Haro
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3 diciembre 2017
El cocinero y el político. Lo nuevo y lo viejo. Lo nuevo buscado con ahínco, con mucho anhelo, casi con angustia. Lo viejo, como un respiro, como un alivio, pero insuficiente. Dos escenas. Una en Madrid y otra en Berlín. En Madrid, me toca entrevistar delante de un público selecto a Ferrán Adrià. El cocinero más famoso del mundo, cinco años después de haber cerrado El Bulli, el restaurante que fue sinónimo de revolución, sigue rodeado de gurús de la tecnología, de las finanzas, de la gestión que esperan de sus labios el método para crear lo nuevo, para identificar una ley universal de la que surja la creatividad. En Berlín, horas después, Martin Schulz, el líder del SPD, anuncia las condiciones para que vuelva lo viejo, el posible acuerdo con Angela Merkel que reedite algo parecido a la Gran Coalición. Respiro porque las palabras de Schulz alejan el fantasma de nuevas elecciones en Alemania. Alivio porque lo conocido vuelve, porque la fórmula supone más Europa y se despejan las incertidumbres.

El cocinero y el político. Lo nuevo y lo viejo. Lo nuevo buscado con ahínco, con mucho anhelo, casi con angustia. Lo viejo, como un respiro, como un alivio, pero insuficiente. Dos escenas. Una en Madrid y otra en Berlín. En Madrid, me toca entrevistar delante de un público selecto a Ferrán Adrià. El cocinero más famoso del mundo, cinco años después de haber cerrado El Bulli, el restaurante que fue sinónimo de revolución, sigue rodeado de gurús de la tecnología, de las finanzas, de la gestión que esperan de sus labios el método para crear lo nuevo, para identificar una ley universal de la que surja la creatividad. En Berlín, horas después, Martin Schulz, el líder del SPD, anuncia las condiciones para que vuelva lo viejo, el posible acuerdo con Angela Merkel que reedite algo parecido a la Gran Coalición. Respiro porque las palabras de Schulz alejan el fantasma de nuevas elecciones en Alemania. Alivio porque lo conocido vuelve, porque la fórmula supone más Europa y se despejan las incertidumbres.

¿Será que lo nuevo es solo un juego para snob? No parece a juzgar por la seriedad con la que escuchan mis preguntas y las respuestas de Adrià los directivos de las grandes corporaciones. Al cocinero le han convertido en profesor de Harvard y los sesudos profesores del MIT, que trabajan 16 horas y duermen en el despacho, se desviven por escuchar la receta que convirtió lo de siempre, comer y dar de comer, en un nuevo mundo. Adrià cobra 80.000 euros por conferencia, pero sus respuestas dejan insatisfecho a quien busque una fórmula general. La creatividad no es continuidad ni desarrollo, pero tampoco surge de la nada, aparece en una larga tradición, en este caso la de alimentarse. “Hicimos algo distinto, llevamos la cocina al límite, pero seguía siendo cocina, no era una performance”, señala. Trabajo, horas, renovación de plantilla… Parece difícil encontrar el secreto que hizo saltar una particular chispa frente al Mediterráneo, bajo unos pinos catalanes.

La OCDE hace ya cinco años que señaló en sus estudios de Skills Strategy e Innovation Srategy que la capacidad de innovar era una necesidad estratégica. Educadores, neurólogos, gestores de empresa se preguntan insistentemente sobre las condiciones que la hacen posible. Se niegan a admitir que lo nuevo sea una especie silvestre. Finlandia y Singapur, dos países que sirven de referencia por los resultados de su sistema de enseñanza, apuestan decididamente por las artes para aumentar la creatividad. Los pedagogos de punta señalan que el objetivo es potenciar una “educación crítica de la mirada”. Los estudiosos de los procesos cerebrales prescriben la lectura de los clásicos para provocar una tormenta en el cerebro (How Shakespeare tempests the brain: Neuroimaging insights). Y se insiste en una “formación personal existencial” a través de la lectura, la música y en el fomento de la curiosidad. Pero como se empeña en demostrar de forma obstinada la historia de la ciencia y de la tecnología, lo nuevo surge allí donde no se estaba buscando. No es extraño que Adrià no pueda universalizar su talento, la creatividad parece no someterse a una relación necesaria entre causa y efecto. Las 16 horas del profesor del MIT en su despacho son necesarias pero insuficientes. Quizás solo podamos cultivar la tierra y, eso sí, esperar con mucha atención al momento en el que surja lo imprevisto. Para no sofocarlo en nombre del gran legado de un pasado lleno de gloria.

Lo nuevo se identifica con rapidez. Es más sencillo, es más capaz de resolver lo que hasta ese momento requería de artificio. Recoge los cabos sueltos que habían dejado las soluciones antiguas. También en política.

Cualquier fórmula de reedición de la Gran Coalición es mejor que la “coalición Jamaica” en Alemania. Porque los liberales exigían menos Europa y la marcha atrás en la acogida de extranjeros (el votante alemán se ha derechizado ante la crisis del euro y de los refugiados, por eso la CDU ha perdido votos). Schulz ha exigido, para dejar gobernar a Merkel, que asuma buena parte de la agenda de Macron. Lo que supone un apoyo a los intentos balbuceantes de construir una Europa más sólida: más unión bancaria, más metalización de las responsabilidades fiscales y presupuestarias, posible Fondo Monetario Europeo… música, sobre todo para los oídos de los países del sur de la Unión. La locomotora europea, asociada a Francia, otra vez en marcha. La Gran Coalición ha sido buena, muy buena. Ha garantizado una alta tasa de crecimiento, con una inflación bajo control. Ha sido el gran referente en una Europa que navegaba a la deriva. La CDU/CSU y el SPD, las dos grandes almas de la postguerra, suman todavía más del 50 por ciento de los votos. Pero se ha convertido en lo viejo, especialmente para los jóvenes que se distancian de los dos grandes referentes ideológicos que han hecho de Europa el mejor lugar del mundo en los últimos 60 años. No convendría tirarlos por la borda. Pero conviene ser conscientes de que ya no significan nada para muchos y de que necesitamos mucha música, mucha lectura y mucha formación existencial, al menos para ser conscientes, también en política, de nuestra necesidad. La simple continuidad no sirve, como dice Adrià.

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