Lecciones ucranianas: poder y soledad

Editorial · Fernando de Haro
COMPARTIR ARTÍCULO Compartir artículo
| Me gusta 6
9 mayo 2022
Stalin hizo repetir la capitulación de la Wehrmacht del 7 de mayo de 1945. Exigió que se firmara de nuevo dos días después para que en el acto hubiera representantes soviéticos.

Los nazis reconocieron su derrota. Y el hombre de acero conmemoró todos los años esa fecha y ese acontecimiento con el desfile del Día de la Victoria para mostrar la potencia de Moscú. Stalin colaboró seriamente en poner freno a los planes de Hitler pero su borrachera ideológica provocó entre 13 y 15 millones de muertos. Un totalitarismo se parece a otro como una gota de agua. Este año Putin quería celebrar el 9 de mayo la supuesta “desnazificación” de Ucrania. Pero no ha tenido motivos para celebrar gran cosa.

Cuando Putin comenzó esta guerra, como a menudo sucede, pensó que la acabaría pronto y que los resultados serían contundentes. La lucha por controlar el sur y el este de Ucrania se ha convertido en una especie de cruzada apocalíptica contra una supuesta rusofobia y contra las fuerzas del mal encarnadas por la OTAN. Es muy probable que la invasión se convierta en una ciénaga. Cada vez hay más ciudades en el país que se parecen a las ciudades sirias. Los heridos no son como los de la Segunda Guerra Mundial sino como los de la Primera: muchos tienen el rostro desfigurado y sufren terribles amputaciones. Casi desde el principio supimos que Putin no estimó adecuadamente ni la debilidad de su ejército ni la fortaleza del pueblo ucraniano. Tampoco valoró una cuestión de la que se habla poco: la raíz antropológica de esa fortaleza.

El ejército de Putin tiene ahora un mando más unificado. Pero sus tropas han sufrido muchas bajas, tienen que usar las carreteras y eso las hace vulnerables. La fuerza aérea rusa sigue, en gran medida, bloqueada. El ejército ucraniano también flaquea y por eso es tan importante el apoyo occidental.

Para que hubiese unas negociaciones de paz sería necesario que Putin reconociese que la guerra le va mal y que las previsiones para una victoria rusa no son muy favorables. No parece que Putin vaya a admitirlo. Por eso la élite militar rusa debería valorar las consecuencias de un estancamiento en el Donbás e intentar forzar un acuerdo. Del otro lado, Zelensky tiene que estimar si es realista pensar en una victoria ucraniana que expulse por completo a los rusos de su país. Estamos ante un conflicto asimétrico: sabemos que la OTAN no va a utilizar armas nucleares, tememos que Putin esté dispuesto a usarlas. Cuando hay armamento nuclear de por medio no se puede hablar de una victoria o de una derrota como en las guerras convencionales.

Es una tragedia que la guerra se prolongue. Todo el sufrimiento que ha generado y genera nos muestra la diferencia entre un modo inhumano y devastador de ejercer el poder (Putin) y la fuerza que tiene el deseo de justicia (pueblo ucraniano). Esto es más importante que las cuestiones geoestratégicas, de hecho las explica.

Entre Stalin y Putin no hay muchos parecidos. Pero sí hay algo que los asemeja. En los regímenes totalitarios y en los regímenes autocráticos, el Estado pretende ser todo e intenta siempre que las personas se mantengan alejadas las unas de las otras. Es también lo propio de algunos poderes económicos. Se hace así difícil compartir proyectos creativos o productivos. Los ciudadanos tienen miedo de hablar entre sí. Ya decía Arendt que “el terror solo puede gobernar de forma absoluta a hombres que están aislados”. La dimensión política de la soledad no es solo un problema de los países en los que no hay libertades. Ahora que todos estamos absolutamente conectados, uno de cada cuatro ciudadanos de la UE se siente solo. El aislamiento ahoga la esperanza, el deseo de participar en la vida pública.

La soledad es de tal calibre que los partidos de siempre, las organizaciones de la sociedad civil, las asociaciones religiosas ya no sirven como remedio. El origen del aislamiento radica en que “la gente se siente avergonzada de estar necesitada” y eso provoca “una decidida desconfianza hacia los demás” (Sennett).

La soledad no se vence ya defendiendo el valor sociológico, los vínculos externos, de un pueblo. Cuanto mayor es la conciencia de la necesidad –para crear empresa, para hacer justicia, para que la vida tenga un significado– más posibles son las relaciones de amistad. Unas relaciones no determinadas por el cálculo, la violencia o la militancia. La lucha por las ideas, por la buena doctrina, no nos saca del aislamiento.

Paradójicamente la soledad se vence cuando al menos uno, entre muchos, tiene la conciencia de que la necesidad de sentido le deja impotente, desarmado. Eso es lo que genera vínculos y paz. La conciencia de la necesidad y la espera de un suceso fortuito que responda. La conciencia de la necesidad y el reconocimiento de personas que, de pronto, la asaltan y nos dan más de lo que soñábamos.

Noticias relacionadas

No hay paz sin libertad
Editorial · Fernando de Haro
“El más consolador, el más deseable y el más excelente de todos los dones”, así definía la paz Agustín de Hipona. ...
15 mayo 2022 | Me gusta 2
Humanamente cristiano
Editorial · Fernando de Haro
Ni extranjera ni enemiga. Dos años antes de morir (1986), el gran teólogo del siglo XX Von Balthasar señalaba que la Iglesia debía ser “una sociedad con movimiento centrífugo, no un pueblo encerrado en sí mismo”. ...
1 mayo 2022 | Me gusta 7
Cuando calla la voz
Editorial · Fernando de Haro
Siempre vuelve la voz. Esa voz conocida de los intelectuales nuevos y viejos, de los clérigos viejos y nuevos, de los moralistas, de los revolucionarios que ahora son conservadores y de los conservadores que ahora son revolucionarios. ...
23 abril 2022 | Me gusta 9
Urgencia
Editorial · Fernando de Haro
Katerina tiene 16 años. Sigue todavía hospitalizada. Es una de las víctimas del bombardeo en la estación de Kramatorsk. Un ataque que la ha dejado huérfana y mutilada. ...
18 abril 2022 | Me gusta 5