La brújula política del cristiano

España · Giorgio Vittadini
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4 marzo 2008
Inmersos en campaña electoral, no está de más recordar algunos criterios útiles (para un cristiano y para un no cristiano) para moverse en política. Un viejo adagio católico afirma que la política no sólo no puede ni debe pretender dar la felicidad, sino que ni siquiera debe pretender construir el bien común por sí sola.

Como ha dicho Benedicto XVI, "incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario" (Spe salvi, 24 a). De hecho, como decía don Giussani en un congreso de la Democracia Cristiana lombarda celebrado en Assago en 1987, en estas comunidades -realidad social, movimientos, mundo asociativo- sucede más fácilmente una educación como "relación con el infinito, que hace de la persona un sujeto verdadero y activo en la historia", capaz de generar obras y asociaciones que expresen su libertad y creatividad.

Y bien, en este contexto, ¿cuál es el papel de la política? Como decía Giussani en Assago: "La verdadera política es la que defiende una novedad de vida en el presente, capaz incluso de modificar el orden del poder", de modo que "se favorezca un Estado verdaderamente laico, es decir, al servicio de la vida social, según el concepto tomista de bien común retomado vigorosamente por el gran y olvidado magisterio de León XIII".

Es necesario evitar en política cualquier actitud utópica que, por afirmar principios morales e ideales, no tenga en cuenta las condiciones reales en que la política se expresa y que acabe así por permitir el establecimiento de sistemas de poder incapaces de facilitar una convivencia libre y pacífica. Hoy, por ejemplo, esto puede suceder al apoyar iniciativas político-éticas sagradas en su contenido pero que, en los hechos, provocan sólo un radicalismo dialéctico del debate y, por tanto, una menor probabilidad de poder intervenir con ponderación y profundidad, hoy y en el futuro, sobre temas innegociables, ligados a la concepción misma de la persona. Este error también puede dispersar los votos y favorecer así, involuntariamente, la llegada al poder de partidos aún más lejanos de las propias concepciones ideales.

Por el contrario, si se considera la política no como un instrumento de salvación del hombre sino como el arte del compromiso virtuoso por el bien común, y teniendo en cuenta con realismo las formas electorales y el orden institucional, es preferible privilegiar aquellas opciones que favorecen órdenes de poder con más probabilidad de dejar espacio a la libertad de familias, movimientos, asociaciones, iniciativas económicas y sociales que sostienen la sociedad desde la óptica de la subsidiariedad. Aún hoy el principio de la libertas ecclesiae et societatis sigue siendo la verdadera brújula para el cristiano frente a la política.

Giorgio Vittadini es presidente de la Fundación para la Subsidiariedad

 

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