El ruido es solo ruido

España · Fernando de Haro
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2 marzo 2012
Portada de New York Times. El periódico de los liberal estadounidenses, el que ha apoyado a Garzón, llevaba este jueves en portada una foto de las protestas en Barcelona que puede hacer pensar que España es algo así como Grecia o algo peor. No hay por qué preocuparse, todo el mundo sabe de qué pie cojea cierta prensa de la costa este. Foto publicada en el New York Times

Lo importante es lo que pesa en nuestro país, lo que haga el PSOE. Lo lógico sería que en los primeros días de la primavera todo volviera a su cauce. Que tras las elecciones andaluzas del próximo 25 de marzo, cuando se cierre la noche electoral del pasado 20 de noviembre con un histórico varapalo al socialismo en el sur de España, el PSOE vuelva a ser el partido de gobierno que fue en otras épocas.

En 1993 comenzó la legislatura más larga de la historia de la democracia española, la legislatura en la que Felipe González decidió romper con el pacto de la transición para impedir que el PP llegase al poder. La dinámica iniciada entonces se ha prolongado hasta ahora con los populares en el Gobierno o en la oposición. Después de las últimas elecciones generales se daban todas las circunstancias para que ese período concluyera. El PSOE ha lanzado por la borda a Zapatero, le ha cortado el camino a Chacón, su sucesora, y ha perdido cinco millones de votantes que pertenecen al centro.

Todas las circunstancias aconsejaban recuperar lo mejor del felipismo, sobre todo el sentido de Estado. Pero, por el contrario, Rubalcaba ha preferido ponerse detrás de la pancarta de las protestas y alimentar de forma irresponsable un descontento destructivo. No se puede escandalizar el PSOE de que le culpen de las protestas violentas cuando lleva días hablando de la necesidad de salir a la calle. Si el radicalismo solo es una estrategia para intentar no sufrir una derrota monstruosa en Andalucía, la cosa no es muy preocupante. Diferente será que el PSOE se mantenga en la misma posición de abril en adelante.

La situación de España se parece mucho a la que hizo necesaria los Pactos de la Moncloa. En el 77 el déficit exterior, la inflación y la política salarial estaban a punto de llevarnos al desastre social. El dato de déficit de 2011 que hemos conocido esta semana, el 8,5 por ciento, y las perspectivas de lo que puede suceder en el Consejo Europeo, hacen fácil estimar que el ajuste que tiene por delante Rajoy es muy duro. Pero solo la política de recorte, como dice De Guindos, no es suficiente. Sin reformas y sin estímulos nos vamos al hoyo. Y eso lo sabe el PSOE. Lo ha dicho Borrell claramente. Como también lo sabía en el 77 cuando se firmaron los Pactos de la Moncloa. También entonces González tenía un lado oscuro que lo llevaba a no colaborar. Fue el PCE el que primero habló y se entendió con Suárez, y el que empujó a los socialistas a entrar en el acuerdo. Luego los socialistas se pusieron a la cabeza de las reformas. Tanto que las se quedaron sin aplicar las puso en marcha el propio González cuando llegó al poder. Ahora no hay un PCE que empuje a los socialistas a asumir una actitud responsable. Pero el solo hecho de haber registrado una derrota tan sonada y la necesidad de recuperar a los electores de centro le debería hacer activar el gen de partido de gobierno. Otra cosa supone un suicidio.

Siempre se puede actuar contra el sentido común. El PSOE puede seguir ridiculizado, no ganar votantes y sí suponer un lastre para el esfuerzo colectivo que se nos pide a todos los españoles. Sería incómodo. Las encuestas reflejan que la gran clase media española está por las reformas, por el ajuste. Los sondeos, después de cuatro años de sufrimientos, ponen de manifiesto que hay disposición a aceptar cambios y esfuerzos para que las cosas funcionen. Si el PSOE, en lugar de sumarse a ese estado de opinión, opta por dar voz a una minoría que revindica esquemas ideológicos puede armar mucho ruido. Pero el ruido es solo ruido. No conviene que nos distraiga, lo que cuenta es si aumenta entre los españoles una cultura de la responsabilidad, si reaparece el deseo y la energía de construir juntos el país.

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