Entrevista a Benigno Blanco

´El manifiesto de CL es aire fresco, tenemos que reconstruir la experiencia del otro´

España · F.H.
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9 junio 2016
Benigno Blanco, el que fuera presidente del Foro de la Familia, abogado, valora con Páginas Digital el manifiesto de Comunión y Liberación sobre las elecciones.

Benigno Blanco, el que fuera presidente del Foro de la Familia, abogado, valora con Páginas Digital el manifiesto de Comunión y Liberación sobre las elecciones.

¿Cuál ha sido su primera reacción al leer el manifiesto de CL sobre las elecciones?

Aire fresco. El manifiesto recuerda lo esencial: lo valioso es el hombre, la persona. La política como la economía deberían ser artes instrumentales al servicio de la persona. Pero vivimos un proceso agobiante de despersonalización; tanto la economía como la política se están volviendo auto-referenciales; parecería que su objeto es servir al poder como fin en sí mismo, la primera; y al dinero también como fin en sí mismo, la segunda. Nuestra civilización se está desarraigando del humus humanista de la cultura occidental y así hasta sus mejores frutos –como el Estado de Derecho y la democracia– vagan como fantasmas desquiciados carentes de fundamento y ayunos de sentido.

El manifiesto menciona como una referencia la Transición. ¿Lo es?

Como de toda experiencia, se puede aprender de la Transición; pero no creo que sea referencia de futuro pues las circunstancias actuales nada tienen que ver con las de aquellos tiempos. Lo más valioso de la Transición fue, como resalta el manifiesto, la decisión moral, de no considerar al otro como un enemigo a neutralizar o un adversario a anular, sino como un socio en la vida común, por ideas muy diferentes que tenga.

Se propone, para recuperar el diálogo, hacer algo juntos. ¿Qué es lo que los españoles podemos hacer juntos en este momento?

Juntos podemos y debemos, en primer lugar, considerarnos parte de una convivencia común que entre todos tenemos que construir, sentirnos socios aunque sea desde la más profunda discrepancia; respetarnos, en segundo lugar, en nuestras diferencias excluyendo las políticas de imposición que cada vez tienen más fuerza entre nosotros en materia de educación, laicismo o género; y en tercer lugar, hablar de todo sin tópicos ni prejuicios. Cuando dos personas inteligentes hablan pensando en el bien común, siempre aparece un terreno común y de coincidencia por pequeño que sea. Cuando no es posible la coincidencia es cuando el tema es si mandas tú o yo o si este euro es tuyo o mío; y a esto parece que se está reduciendo la política oficial española. También podemos hacer juntos la creación de estructuras solidarias y de acogida de los que lo necesitan; para hacer juntos este trabajo no es necesario coincidir en la ideología, pero sí excluir los prejuicios ideológicos que llevan a preocuparse de categorías abstractas y no de las personas concretas.

¿Por qué cree que se ha perdido la evidencia de que el otro es un bien?

Apreciar con respeto el valor del otro, de todo otro, es el fundamento del carácter humanista de nuestra cultura. Este aprecio empezó en Grecia y fue universalizado por el cristianismo. Los primeros pensadores griegos intuyeron que el hombre podía identificar con certeza bienes objetivos dignos de ser protegidos y las mejores mentes romanas vieron que hay algo justo y bueno en todos que nos hace buenos si lo respetamos. La gran aportación cristiana fue dar un fundamento objetivo a esas intuiciones y universalizar su alcance: lo que existe es bueno porque en su origen está el Amor Inteligente que ha pensado y querido todo haciéndolo razonable y bueno, el hombre consiste en algo y nosotros podemos conocer en qué consiste, conocer la naturaleza humana porque ésta existe y es razonable. Por tanto, todo ser humano es valioso y hay un modelo de buena persona que es cognoscible y permite tener un modelo de vida buena. Y esto es predicable de todas las personas, no solo de los romanos ni solo de los libres, no solo de los hombres ni solo de las mujeres, tanto de los nacidos como de los aún por nacer… La modernidad se ha desarraigado de esta confianza en la razón para saber qué es un ser humano y, al descristianizarse, va perdiendo también la universalidad de la afirmación de la dignidad humana. El socialdarwinismo que late en tantas políticas públicas y concepciones económicas desde finales del siglo XIX y el aborto son dramáticos ejemplos de esto.

¿Cómo se puede recuperar el valor del otro?

Hay que volver a las raíces de nuestra civilización e interiorizar en la experiencia personal el clima familiar de la convivencia, que supone mirar con cariño el rostro de los que nos rodean. Como dice el manifiesto, “la afirmación radical de la dignidad del otro (…) forma parte de nuestra experiencia”. Esta experiencia es lo que tenemos que reconstruir por todos los rincones de la sociedad. Y esto está al alcance de todos pues todos nos relacionamos con otros. Esta tarea es responsabilidad de todos, no solo ni principalmente de los políticos. Por eso, aquellos que se limitan a despotricar de los políticos y a no participar con su voto porque no quieren mancharse son tan responsables como esos políticos a los que desprecian.

Se habla de una política más humilde. ¿Le damos un papel demasiado relevante a la política?

La política es muy importante e imprescindible. Pero, como bien dice el manifiesto (recuperando sabiamente un concepto del que no se suele hablar al hacer política), la política ha de ser humilde. No se trata de redimir al proletariado, sino de ocuparse de los proletarios uno a uno, de esos que tienen rostro y necesidades; y además, necesariamente paso a paso, poco a poco, porque es como los humanos mejoramos de forma consistente. Hay que volver a aquella vieja definición de la política: el arte de hacer posible en cada momento aquella parte del ideal que es posible. Los que prometen construir mañana el paraíso en la tierra mienten y son un peligro público como acredita la historia. La referencia del manifiesto a “desacralizar la política” me parece muy oportuna.

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