Cortinas de humo

España · Antonio Amate
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26 marzo 2014
La reciente publicación en el BOE del currículo básico de la Enseñanza Primaria y de la Formación Profesional Básica se produce en medio de las mismas y rancias polémicas alimentadas por un frentismo político y sindical inaceptable. Por un lado, están los plazos de aplicación muy ajustados. Por otro el tema del gasto en los nuevos libros de texto que tendrán que afrontar las familias a partir del curso que viene.

La reciente publicación en el BOE del currículo básico de la Enseñanza Primaria y de la Formación Profesional Básica se produce en medio de las mismas y rancias polémicas alimentadas por un frentismo político y sindical inaceptable. Por un lado, están los plazos de aplicación muy ajustados. Por otro el tema del gasto en los nuevos libros de texto que tendrán que afrontar las familias a partir del curso que viene.

También se suma a la ceremonia de la confusión el siempre controvertido problema de la financiación, que afecta principalmente a la nueva Formación Profesional Básica. Para completar el mosaico de conflictos está el espinoso asunto del reparto de las competencias entre el Ministerio de Educación y las Administraciones autonómicas, que aparece siempre a modo de Hidra de las siete cabezas sin una solución que pueda satisfacer a nadie dado el nefasto e inoperante diseño del Estado del que nos hemos dotado.

Es cierto que el proceso de aplicación de una ley de educación es siempre complejo, sometido a muchas tensiones por la participación de tantos agentes implicados: diecisiete administraciones, una comunidad educativa bien organizada y beligerante, y un enorme sistema de intereses que planean sobre los más de ocho millones de alumnos escolarizados y sobre los cerca de 670.000 profesores de las enseñanzas de nivel no universitario. Pero es cierto que sin un mínimo de cooperación entre todas las partes interesadas, la implantación de la nueva Ley puede derivar a un verdadero caos institucional, con el que posiblemente sueñen algunos. Lo más lamentable es el espectáculo protagonizado por algunos consejeros de educación y líderes de organizaciones muy representativas, pues al fin y al cabo quienes sufrirán principalmente los efectos de ese futuro y planificado caos son los alumnos, víctimas pacientes de muchas decisiones políticas, algunas profundamente antidemocráticas y dirigidas a la caza del interés particular despreciando el interés general y un mínimo sentido de Estado.

Sin embargo, desde mi punto de vista, algunos de los temas educativos más importantes y prioritarios siguen en el olvido, como es el caso de la evaluación y del análisis del proceso educativo, del hecho educativo en sí mismo. Me refiero a que es muy necesario de una vez por todas relegar a un segundo plano el continuo debate sobre qué materias se enseñan y sobre qué hay que saber como mínimo para poder aprobar los exámenes y obtener un título.

Merece mucha más atención el cómo se enseña en nuestras escuelas, cómo se resuelven los problemas de aprendizaje, de conducta y de integración del alumnado, qué metodologías se aplican mayoritariamente en las aulas, o por ejemplo, cómo es la formación inicial de los futuros profesores y las vías de reciclaje o formación permanente de los actuales docentes.

En relación a estas cuestiones, me parece muy acertado el juicio del profesor Luis Garicano, que sí da plenamente en la diana cuando afirma: “La educación en nuestro país privilegia la memoria, la repetición de tareas, la actitud pasiva del estudiante y la dificultad del examen como un objetivo en sí mismo. Décadas de reformas y contrarreformas no han hecho más que añadir una fina pátina de barniz sobre este pétreo sistema. El resultado final es tristemente claro. Demasiados estudiantes españoles no saben construir un argumento, escribir, hacer presentaciones en público o analizar datos. Cuando llegan a universidades extranjeras buscan los apuntes y preguntan qué «entra» y qué «no entra» en el examen. No saben redactar trabajos, leer artículos académicos, investigar con sus propios datos y llegar a conclusiones originales. Incluso los mejores estudiantes tienen un bajo nivel de inglés y carecen de una mínima iniciativa en el proceso de aprendizaje. Les falta, en definitiva, el grado de autonomía necesario para que aprender sea un proceso activo, y no una mera recepción de conocimientos” (“El dilema de España”).

Examinando los libros de texto que utilizan actualmente nuestros alumnos y escuchando su experiencia sobre lo que sucede en las clases, a veces tengo la impresión de que poco ha cambiado desde que yo abandoné las aulas del colegio, y que a la postre se sigue enseñando de manera muy parecida a la que practicaban mis maestros, eso sí, con herramientas más voluminosas, coloridas y tecnológicas, para remozar en muchos casos los mismos procedimientos, los mismos objetivos… y lamentablemente los mismos resultados que arrastramos desde hace muchas décadas en un permanente ejercicio de déjà vu. Pero esta cuestión requiere por sí misma de otra reflexión que haré más adelante.

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