Editorial

Caso Greta: ¿solo tenemos buenas ideas?

Editorial · Fernando de Haro
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7 octubre 2019
Faltaba Putin. Faltaba el presidente de Rusia en el coro de comentarios y de reacciones al discurso, de no más de cinco minutos, que pronunció Greta Thunberg el pasado 23 de septiembre en Naciones Unidas. Y el hombre que se fotografía a caballo, con el torso desnudo en las estepas, y que quiere resucitar los viejos sueños imperiales ha sentenciado que la adolescente sueca está mal informada y que “el mundo moderno es complicado”.

Faltaba Putin. Faltaba el presidente de Rusia en el coro de comentarios y de reacciones al discurso, de no más de cinco minutos, que pronunció Greta Thunberg el pasado 23 de septiembre en Naciones Unidas. Y el hombre que se fotografía a caballo, con el torso desnudo en las estepas, y que quiere resucitar los viejos sueños imperiales ha sentenciado que la adolescente sueca está mal informada y que “el mundo moderno es complicado”.

Durante dos semanas, ese mundo moderno se ha divido entre partidarios y detractores de Greta en debates que han ponderado las formas, el contenido y la denuncia de una “extinción masiva” en el planeta. La denuncia contra “los mayores” que no han conseguido frenar de un modo adecuado la emisión de los gases con efecto invernadero. Las críticas le han llegado a Greta desde todos los frentes. En una columna del “liberal” New York Times, Christopher Caldwell aseguraba que Greta es antidemocrática cuando dice que su generación no puede esperar para salvar la Tierra. La “democracia es a menudo una llamada para esperar y para ver, la paciencia es la virtud cardinal en la democracia. El cambio climático es una cuestión seria, pero decir que no podemos esperar es crear un problema mayor”, apuntaba Caldwell señalando los riesgos del milenarismo de Greta. En The Federalist, Jonathan Tobin advertía, por su parte, de los peligros de atender a una niña que ha forzado a sus padres “a adoptar una dieta vegana” y ha “presionado a su madre a abandonar su carrera profesional porque tenía que coger aviones”.

Tras la pregunta de Greta, “¿cómo os atrevéis?”, y sus denuncias contra la avidez de dinero, muchos se han vuelto con miedo hacia losFridaysForFuture por su catastrofismo. Hay quien, para superar los efectos del enfado de Greta, ha retomado la lectura de Steven Pinker. Necesitaba escuchar, de nuevo, que la evaluación negativa del estado del mundo es un error intelectual si se atiende a los datos. Han querido leer una vez más que todo ha ido a mejor desde que el racionalismo ilustrado se convirtió en la base de su organización social entre los siglos XVIII y XIX. El efecto Greta ha incrementado también la consulta de los textos de Pascal Bruckner y su denuncia de que el ambientalismo es la forma más evolucionada de un marxismo que acusa al capitalismo de oprimir a los pueblos más pobres. Bruckner explica, a los que se sienten inquietos por las palabras de Greta, que la Tierra se ha convertido en el nuevo proletariado y que hay que cuidarse de la causa verde porque es fácil acabar en los extremos del Movimiento por la Extinción Voluntaria de los Humanos. Este neomarxismo ambientalista, convertido en puritanismo verde, sería el último avatar de un triste neocolonialismo que le estaría predicando a las culturas no occidentales una sabiduría que nunca han tenido. Estaría poniendo límites a su desarrollo, inevitablemente acompañado de polución.

Las debilidades del discurso de Greta son evidentes. La dialéctica de oposición entre “jóvenes y mayores” remite al viejo discurso maniqueo, al esquema facilón de buenos y malos. La amenaza de un cambio imposible de frenar tiene el aroma del materialismo histórico. ¿Y qué? Lo sorprendente es que el discurso duro, destemplado, de una adolescente iracunda haya sido respondido por los líderes mundiales y por los articulistas como si estuvieran escuchando a la presidenta del partido de la oposición mundial o a la presidenta de Naciones Unidas. Los datos son incuestionables, los objetivos de reducción de los gases con efecto invernadero establecidos en la Cumbre de París en 2015, para limitar el aumento de la temperatura global durante este siglo, no se están cumpliendo y no son suficientes. La Cumbre de Nueva York se ha cerrado en septiembre sin compromisos suficientes. No estamos ante el peligro de una extinción masiva pero no estamos consiguiendo frenar el aumento de la temperatura global.

El discurso de Greta pertenece al género de la exageración y no hay que descartar una utilización ideológica. ¿Y qué? ¿Sólo tenemos buenas ideas para devolver al “justo término” del equilibrio los FridayforFutures contaminados de neosesentayochismo, panteísmo y antihumanismo?

Es pobre escuchar respuestas que se enfrentan con Greta en el terreno de las buenas ideas, que no saben rescatar, valorar, abrazar el deseo de autenticidad que late en el ambientalismo de la adolescente sueca. La partida no se juega entre buenas y malas ideas, sino entre el nihilismo que ha llevado en los últimos años a muchos jóvenes europeos a alistarse en el Daesh y el deseo de felicidad o de justicia. Si hay deseo, por muy contaminado que esté, hay vida. El trabajo es difícil porque requiere bucear en la experiencia humana de todos.

Y si todavía Greta da miedo se puede leer a Scruton. El gran pensador del neoconservadurismo asegura que “no hay causa políticamente más conforme con la visión conservadora que el ambientalismo porque respeta la lealtad entre generaciones, la prioridad de lo local y la búsqueda de un hogar”.

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