Unida en la diversidad, «In varietate concordia»

Mundo · Ángel Satué
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6 junio 2024
Junto con el Brexit y la respuesta al COVID la guerra de Ucrania ha tenido un efecto federalizante, esto es, de compartir soberanía. En el siglo XXI la soberanía de los Estados Miembros se debe de conjugar, por necesidad y algunos, por convicción, en un compartir soberanía de un modo multinivel.

En el mes de junio de 2024, la Unión aún sigue apoyando a Ucrania en su guerra defensiva contra Rusia.

Los líderes políticos europeos no sólo expresan su respaldo a Ucrania en reiteradas declaraciones institucionales y en medios y redes sociales, sino que también lideran un proceso que, aunque en marcha desde hace tiempo, ha ganado velocidad desde la invasión de Ucrania en todo lo referente a apoyar a Ucrania, y al impulso del sector industrial europeo de defensa. En particular, su reestructuración y transformación en el largo plazo.

Además, hay múltiples sanciones que se han tomado en el Consejo Europeo, por unanimidad, que es como se adoptan las decisiones en el Consejo, y todo un conjunto de iniciativas conducentes a fortalecer la Unión Europea. Por ejemplo, el Informe Letta, sobre los distintos sectores productivos de la Unión, fundamentando la fortaleza de la Unión en mejorar la competitividad del mercado interior.

Quiero fijar la atención en que los europeos van a cooperar en la fabricación y compra de armamento, preferentemente a su propia industria, mientras apoyan a Ucrania, en el marco de una novedosa, inaudita y primeriza Estrategia Europea para la Industria de Defensa. Ésta prepara el camino para la adopción de un conjunto de medidas, que se prevé transformen el pilar industrial, para sustentar la Política Común de Seguridad y Defensa.

Junto con el Brexit y la respuesta al COVID, con emisión de deuda mancomunada, la guerra de Ucrania ha tenido un efecto federalizante, esto es, de compartir soberanía.

En paralelo, en víspera electoral, las encuestas auguran un auge de los partidos fuertemente conservadores, incluso de extrema derecha. De nuevo, la cuestión nacional y de la identidad, de la soberanía, como puerto seguro ante los miedos y los complejos. Volver la mirada hacia atrás tiene connotaciones bíblicas, como la mujer de Lot.

Es un ejercicio de melancolía y de tristeza volver la mirada a pasados de gloria y tiempos que se dicen mejores, pasados por el tamiz de las revoluciones liberales y de las románticas del siglo XIX, que afianzaron el estado liberal, y el estado nación, y después, por las lentes de las ideologías sociales del siglo XX, que afianzaron el estado democrático y social.

El lema de la Unión, establecido en 2000, es un lema para un cambio de siglo y de milenio, que vino con recelo y con esperanza, como todo cambio. Es un lema que ahora, en estas elecciones, que les sirve a los conservadores para realzar la soberanía de las viejas naciones frente a la transferencia de competencias a la Unión Europea. Como si fueran dos cosas separadas. Como si en el siglo XXI la soberanía de los Estados Miembros no se tuviera que conjugar, por necesidad y algunos, por convicción, en un compartir soberanía de un modo multinivel.

Pues bien, he ahí la trampa de la pugna de soberanías. Por ser español o finlandés, además, se es ciudadano de la Unión, y esto quiere decir que nos relacionamos directamente con ella, en algunas cuestiones, sin pasar por los Estados. Por ejemplo, eligiendo a nuestros eurodiputados que eligen después a la Comisión y a su presidente, y participan en el proceso legislativo conjuntamente con la Comisión.

La Unidad europea es totalizante pero no es asfixiante ni mucho menos totalitaria. Totalizante porque explica y tiende a regular todos los aspectos que a un europeo le pueden afectar como europeo, mientras deja de lado aquellos aspectos que a un europeo le afectan como belga o español, o en un plano regional, como gallego o milanés.

Se reconoce en la variedad un presupuesto para la vida en común y para la construcción del proyecto europeo.

Esta variedad actúa como límite y como freno a la asunción desmesurada de competencias (que le atribuyen los Estados), pero al mismo tiempo, como impulso para, por ejemplo, la regulación de aquellas materias con vocación claramente europea.

¿Cómo no regular la protección de datos, la inteligencia artificial o el fortalecimiento de la industrial de defensa a un nivel europeo, si son materia donde los grandes rivales y enemigos, nos desafían a todos los europeos en conjunto?

Otros critican el motto de la Unión al compararlo con el motto de los EE.UU. “E pluribus, unum”, “De muchos, surge uno”.  Si hubiésemos querido ser “uno”, tendríamos el motto de EE.UU., dicen. Bueno, tantas cabezas, tantas opiniones.

Una cosa es cierta, entre los Estados de la Unión Europea se dan múltiples interacciones, y se coopera, pero ¿por qué? Porque existe un poso común europeo, que nos habla de la cultura europea.

El hecho de que al hombre y la mujer que crearon esa cultura europea, difícilmente los podamos hoy observar o reconocer, no quiere decir que haya que volver a las calientes fronteras nacionales. Porque serán calientes y protectoras probablemente el tiempo que le reste a unas cuantas divisiones chinas o rusas para llegar hasta los Pirineos. Entonces, solo entonces, nos acordaremos de que se puede generar ese heredero capaz de reconocer lo que otros crearon, y darle su forma y un nuevo sabor, junto con otros europeos.

Europa dio algo a la Humanidad, que fue la capacidad de enmendar un error y buscar enmendarlo cueste lo que cueste. Lo bueno de que podamos volver la mirada hacia atrás y volver a caer en nuestras fronteras e identidades más cercanas, es que podremos salir del error, y lo haremos porque somos europeos. Y seremos entonces más europeos que nunca.


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