Todos somos el monstruo de Amstetten

Mundo · Raquel Martín
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6 mayo 2008
Todos nos hemos quedado como en silencio ante el relato de los escalofriantes hechos perpetrados por el monstruo de Amstetten. Un silencio sobrecogedor ante tanto mal. Parecía imposible, pero hemos visto todo el mal posible y real delante de nuestros ojos. En todas las televisiones del mundo. Ahí estaba. El mal existe. Y segundos después del silencio, asaltan las preguntas. ¿Cómo es posible? ¿Cómo y por qué se puede hacer tanto daño? Preguntas y preguntas. Hipótesis y explicaciones llenan las conversaciones de todos nuestros familiares y amigos. Nadie ha quedado indiferente. Yo no me lo podía quitar de la cabeza y no era una inquietud propia del gusanillo ante este tipo de noticias de sucesos. Esta vez la noticia ha saltado todos los barómetros amarillistas catalogados por los medios de comunicación. No estamos ante el relato informativo de un cruel asesinato más. El mal existe.

Atravesada por el dolor de aquella hija/madre austriaca, he leído casi todas las crónicas de los periódicos escritas desde allí. Y hasta que no he encontrado un artículo de Juan Manuel de Prada escrito en ABC el 5 de mayo no he descansado.

Con su texto (http://www.abc.es/20080505/opinion-firmas/monstruo-amstetten_200805050243.html), que recomiendo leer, De Prada me ha abierto los ojos y me ha llevado de la mano para entender el significado de lo sucedido.

"Sabemos bien que Fritlz es uno de los nuestros, tal vez nosotros mismos. Y es la contemplación de nuestra propia abominación y maldad lo que nos petrifica de horror. Oh, sí, de acuerdo, nosotros no padecemos los trastornos psicopáticos del monstruo (…). Pero el fango en el que chapoteamos es el mismo. Y ese fango se llama despersonalización, fruto del humanismo sin Dios que corrompe nuestra época. Hemos dejado de mirar al prójimo como algo sublime y misterioso que estimula en nosotros un respeto de naturaleza sagrada; ahora el prójimo es contemplado de forma utilitaria, como un ser que sólo consideramos en la medida en que puede servir a nuestro provecho, a nuestro interés, a nuestras apetencias". "Cuando en el prójimo dejamos de descubrir una grandeza sagrada que lo torna valioso e insustituible, es natural que desaparezca en nosotros el anhelo de participar de esa grandeza; y entonces lo convertimos en un cuerpo extraño que se usa y se tira. En ese fango chapoteamos todos plácidamente; y nuestra placidez sólo se perturba cuando alguien como el monstruo de Amstetten nos salpica, por chapotear con demasiado ímpetu".

Es verdad, como dice este inteligente escritor, que yo no estoy trastornada mentalmente. Pero yo chapoteo como Fitlz en mi día a día con esa mirada ante los demás "sin descubrir una grandeza sagrada" que los hace "valiosos e insustituibles". Que me diga quién al desayunar cada mañana mira a su marido y a sus hijos como alguien valioso e insustituible, sublime y misterioso que interpela a preguntarse por una "grandeza sagrada", como nos reta Juan Manuel de Prada.

Esta mirada es la que necesitamos todos para no transformarnos en monstruos como el de Amstetten. Para no reducir a los demás a nuestro propio utilitarismo, sea pequeño y mísero o aberrante y despiadado como el de Fritlz.

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