Teología política en el siglo XXI (2)

Cultura · Rodolfo Casadei
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17 septiembre 2019
Mis diferencias con el profesor Massimo Borghesi no tienen nada que ver con la contraposición entre derecha e izquierda (Ortega y Gasset tenía razón cuando decía que identificarse con solo una de estas dos categorías constituye “una forma de hemiplejia mental”), o entre teología política y teología de la política. Se trata de una diferencia de enfoque de la realidad: teorético el suyo, práctico el mío.

Mis diferencias con el profesor Massimo Borghesi no tienen nada que ver con la contraposición entre derecha e izquierda (Ortega y Gasset tenía razón cuando decía que identificarse con solo una de estas dos categorías constituye “una forma de hemiplejia mental”), o entre teología política y teología de la política. Se trata de una diferencia de enfoque de la realidad: teorético el suyo, práctico el mío.

Recomiendo a todos los lectores el libro ‘La historia perdida del cristianismo’ de Philip Jenkins, que muestra la historia de los cristianos de Oriente y evoca entre otras cosas un caso muy instructivo, el de los coptos de Egipto. Cuando en el año 642 los musulmanes conquistan Alejandría y absorben Egipto en el califato naciente, los cristianos representan el 90% de todos los egipcios. En torno al año 1000, después de tres siglos de dominio musulmán, siguen siendo más de la mitad de la población. Hoy son oficialmente el 10% de la población egipcia (más concretamente son el 5-6%) mientras que los musulmanes se han convertido en el 90%.

La inversión de proporciones fue gradual y progresiva porque solo una pequeña parte se debió a la eliminación física de los cristianos por parte de los musulmanes o a su conversión forzosa, lo que solo sucedió a gran escala con la persecución de 1354. Antes y después de esta fecha, las conversiones del cristianismo al islam se debieron principalmente a la presión social y a las leyes, los impuestos a los llamados ‘dhimmi’, la falta de oportunidades económicas o de carrera en la función pública para los cristianos, etcétera.

El resumen es que catorce siglos de poder político-religioso musulmán casi secaron, a través de múltiples formas de presión donde la violencia física es solo la última y la menos practicada, excepto en ciertos momentos concretos, la cuenca cristiana egipcia.

En Italia, donde los diversos poderes que se sucedieron desde el final del Imperio Romano animaron al cristianismo católico, en el momento del resurgimiento de la Unidad casi toda la población era católica y la Iglesia había modelado la civilización italiana. Se deduce que la política religiosa de aquellos que detentan el poder y promueven una religión antes que otra tiene una gran influencia en la fortuna de las diversas confesiones religiosas, incluidas las cristianas. Pero esta es evidentemente una deducción de puro sentido común a partir de los datos de hechos históricos, y acusarme por ello de “heterodoxia” no hará que esos hechos desaparezcan.

Mi reflexión va en el surco de la legítima autonomía de las realidades terrenas (Concilio Vaticano II), como la de los exegetas que aplican el método histórico-crítico a las Escrituras. Insistir en que “la gracia sobrenatural no necesita nada para acontecer. Solo requiere el asentimiento del corazón humano. Dios puede salir al encuentro del hombre, en cualquier lugar y bajo las condiciones más adversas” implica lógicamente, a la luz de la historia, que los italianos se habrían mostrado más abiertos a la gracia que los egipcios.

Alguien podrá responderme: lo que señalas es verdad, y también para eso (es decir, para evitar favoritismos con un determinado culto y prevenir guerras de religión) se inventó el Estado laico moderno, que separa religión y política y que tiene entre sus fundamentos la neutralidad estatal respecto a las confesiones religiosas. Lástima que 250 años después de la Revolución Francesa no quede ni rastro de la neutralidad religiosa de los Estados. Los Estados que no presentan una religión de Estado o una religión favorita en cuanto constitutiva de la identidad histórica del país la han sustituido por las diversas formas de religión secular que se han sucedido: el nacionalismo, el racismo nacional-socialista, el social-comunismo, actualmente el igualitarismo y toda la ortodoxia de lo políticamente correcto.

El poder (hoy no basta con hablar de Estados) no puede prescindir de la religión y tiene todos los medios, desde la fuerza pura a la persuasión oculta, para imponer a la gran mayoría de la población el culto que le resulte más útil. Los laicistas más honestos siempre han admitido esta realidad, desde Auguste Comte, el positivista fundador de la sociología que ideó una “religión de la humanidad” que garantizara el mismo grado de cohesión social que había garantizado el cristianismo, a Yuval Noah Harari, historiador y futurólogo ateo israelí hoy muy de moda, que anuncia la llegada del “datismo” como religión de la futura era transhumana.

Con todo esto, no he escrito ni pienso, como afirma Borghesi, que la Polonia y Hungría actuales representen el modelo ideal contemporáneo de la relación entre religión y política para los que se dicen cristianos. En este sentido, los modelos ideales no existen, solo existen modelos históricos, que justo por ser históricos no se pueden exportar ni imitar más que en una mínima parte. Las actuales Polonia y Hungría soberanistas tienen sentido como expresión de una historia particular y solo pueden ser juzgadas por polacos y húngaros, es decir, por los herederos de dicha historia. No defiendo la excelencia de su modelo, defiendo su derecho a la originalidad y a la diversidad, en contra del imperialismo europeísta de los que quisieran obligar a todos los Estados de Europa a un único modelo de impronta laicista, ahistórico y con tendencia a tener fobia a las identidades. No son los polacos y húngaros los que quieren imponer su modelo a Europa, son los europeístas y Massimo Borghesi los que quieren imponer su modelo a polacos y húngaros. Defiendo el viejo eslogan de la Unión Europea: “unidos en la diversidad”. Que tenía y tiene sentido porque las diferencias nacen de la historia, y la historia no es pasado, es presente, e cuanto informa de los modos de ser de los individuos y de los pueblos. Defiendo la biodiversidad cultural, y por tanto también la político-religiosa, de Europa, exactamente igual que el Instrumentum Laboris del Sínodo para la Amazonia desea que la Iglesia defienda las culturas de los indios para garantizar esa biodiversidad cultural que es indispensable para la salvaguarda de la biodiversidad animal y vegetal del ecosistema amazónico. No creo que Borghesi quiera acusar también a los padres sinodales de “secularización romántica”, como ha hecho conmigo.

Después, por lo que se refiere a mi falta de “asimilación crítica de la modernidad”, quiero decir a Borghesi que esta no es tan profunda y grave como para no permitirme entender el valor de la “separación entre fe y ley”, hacerme ver “en el poder la vía de salvación respecto al nihilismo contemporáneo” o llevarme a pensar que la ciudad de Dios “se realiza a través de la política”.

En cualquier caso, todo esto no tiene nada que ver con el deber que tienen, tanto los cristianos como los hombres de buena voluntad, de obedecer a Dios o a la voz de la conciencia y servir a la justicia, que llega hasta la formulación de leyes que rigen la comunidad civil. No es un homónimo del Joseph Ratzinger que escribió que es “característica positiva de la edad moderna la separación entre fe y ley” y que “los ordenamientos de este mundo (…) deben seguir siendo ordenamientos mundanos” aquel Joseph Ratzinger que, siendo Papa con el nombre de Benedicto XVI, escribió en su último mensaje para la Jornada Mundial de la Paz en 2013:

“Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida. También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad. Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Esta acción se hace tanto más necesaria cuanto más se niegan o no se comprenden estos principios, lo que es una ofensa a la verdad de la persona humana, una herida grave infligida a la justicia y a la paz”.

Aquí, Ratzinger-Benedicto no hace otra cosa que sacar las consecuencias de aquel pasaje de la Gaudium et Spes (Concilio Vaticano II, ese que según Borghesi he dejado pasar por alto) que dice: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. (…) La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad”.

Acusar a los cristianos que tratan de ser coherentes con estas afirmaciones en su compromiso político de ser adeptos a la teología política o afiliados a la derecha religiosa es imperdonable, y me cuesta verdaderamente mucho trabajo aceptar que tales acusaciones sean fruto de buena fe.

No me detengo en la cuestión de las peligrosas relaciones entre cristianos y soberanismo, por no abusar de la paciencia de los lectores, pero también porque sobre estos temas ya he escrito mucho en mi blog. No soy soberanista, también por algunas de las razones que Borghesi ilustra, pero creo que, a corto plazo y teniendo la única alternativa de elegir entre aliarse con los partidos soberanistas o con los de lo políticamente correcto, para los cristianos sería más oportuno lo primero.

A medio-largo plazo sería un abrazo mortal tanto la alianza con los soberanistas como con los de los políticamente correcto, con la única diferencia de que la primera sería una muerte lenta mientras que la segunda sería una muerte muy rápida. De hecho, lo políticamente correcto tiene muchas más pretensiones que el soberanismo respecto de la Iglesia, es una ideología radical que no toma rehenes. Lo políticamente correcto no se limita, como el soberanismo, a una manipulación externa de los contenidos religiosos, sino que exige que la Iglesia se convierta al credo igualitarista, individualista, relativista. Las iglesias deben aceptar y legitimar: las nuevas formas de familia, incluidas las formadas por divorciados vueltos a casar o personas del mismo sexo; todas las orientaciones sexuales y todas las relaciones sexuales, incluso antes y fuera del matrimonio; los medios de control de los nacimientos y los anticonceptivos artificiales, incluido el aborto, un mal inevitable; la reproducción asistida, homóloga y heteróloga, con o sin selección eugenética de los embriones; la eutanasia, al menos en forma pasiva; la igualdad absoluta entre hombre y mujer, que implica la ampliación del sacerdocio a las mujeres; el relativismo religioso según el cual ninguna religión puede considerarse depositaria exclusiva de la verdad y todas deben orientarse hacia la unificación en una única gran entidad de derecho o de hecho; mañana tendrán que aprobar todos los potenciales avances de la naturaleza humana que las tecnologías permitan realizar (transhumanismo).

Allí donde las iglesias han aceptado someterse a estas exigencias, como en el norte de Europa, han desaparecido o están en vías de extinción. Y esto también es una constatación de hecho, fruto de un enfoque práctico, nada teórico.

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