Sigue siendo el tiempo de la persona

Mundo · Giovanna Parravicini
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16 junio 2021
Caso Navali, caso Protasevic, el pensamiento único sigue ejerciendo represión, pero a pesar de ello en Rusia, en algunas personas, se abren paso “milagros” de apertura

“Cuando se estrecha a nuestro alrededor el cerco de una sociedad adversa hasta amenazar la vivacidad de nuestra presencia, y cuando una hegemonía cultural y social tiende a penetrar en nuestro corazón y agrava nuestras habituales vacilaciones, entonces es que ha llegado el tiempo de la persona”.

Don Giussani pronunció estas palabras en el lejano 1977, cuando Italia estaba viviendo unos días dramáticos y hasta la propia existencia del movimiento al que había dado vida se veía seriamente comprometida por la violencia ideológica y física por parte de grupos totalitarios. Paralelamente, aunque en un contexto muy distinto, durante aquellos años en la URSS los disidentes estaban viviendo la misma experiencia y a la vez el descubrimiento de un “yo” más fuerte, aun desarmado, que los carros armados de los aparatos del poder.

Estas palabras de don Giussani siguen estando totalmente pendientes de redescubrir y revivir ahora, en un tiempo nada fácil para el mundo exsoviético. También los pueden constatar los no expertos en el tema ruso, basta con leer los periódicos desde hace unos meses. A pocas horas del encuentro entre Biden y Putin, se registra una escalada de cierres y violencia, tan larga que se tardaría demasiado en describir.

Por ejemplo, la caza del “agente extranjero” perseguido a todos los niveles, tanto en el mundo académico y universitario como en los medios de comunicación independientes, que uno tras otro van cerrando o trasladando sus sedes al extranjero, pero también en las ONG y otras entidades, llegando a detalles curiosos pero significativos, como el reclutamiento de guías turísticos, rigurosamente provistos de ciudadanía rusa, depositarios del “pensamiento único” sobre la historia y situación del país que deben comunicar a los turistas extranjeros.

Cada vez es más ostentoso el recurso a la violencia para acallar cualquier posible protesta o alternativa política. En Bielorrusia la batalla avanza desde el pasado mes de agosto. En Rusia, tras el “caso Navalni”, en el clima preelectoral de cara a las legislativas de septiembre, ya ha caído la cabeza de algún posible candidato, mientras Putin acaba de aprobar una nueva ley que prohíbe presentarse a las elecciones a los que financien o colaboren con “organizaciones extremistas”. Por último, uno se queda con la boca abierta ante “confesiones públicas” retransmitidas por televisión y en redes sociales, como las de Roman Protasevich y Sofija Sapega, detenidos en Minsk tras el cambio de ruta del avión en que viajaban.

¿Y entonces? ¿Vuelve a valer hoy lo que escribía Czeslaw Milosz, premio Nobel de literatura en 1980? “Se ha conseguido hacer entender al hombre que si vive es solo por la gracia de los poderosos. Que se ocupe, pues, de beber café y de cazar mariposas. A quien ame la res publica se le cortará la mano”. ¿Qué espacios quedan hoy, en el contexto político creado tanto en Bielorrusia como en Rusia, para educar, para hacer cultura, para colaborar en la maduración de la sociedad civil? ¿Qué significa hoy decir que ha llegado el tiempo de la persona?

Sin limitarnos por supuesto a condenar la maldad de los tiempos, Giussani planteaba sobre todo un desafío para conquistar una posición más auténtica. No una presencia “reactiva”, como él mismo decía, determinada en cierto modo por el terreno de batalla elegido por el adversario, sino una “presencia original”, que nace de la experiencia de humanidad y fe que vivimos.

Es indudable que ya muchos están cansados, decepcionados, sin grandes esperanzas. Pero un amigo bielorruso con el que hablaba hace poco me describió un gigantesco proceso subterráneo, capilar, de maduración de la autoconciencia, no solo en marcha en los ámbitos intelectuales sino que se adentra en la peluquera, en el jubilado, en el joven. Un proceso donde palabras como verdad, persona, libertad, recuperan el sabor de una experiencia vital irrenunciable. Ahí renace un diálogo entendido como “comunicar la propia existencia a otra existencia”, donde “el acento no se pone en las ideas sino en la persona como tal, en la libertad”, como decía Giussani a los jóvenes que le seguían.

Hace unos días se celebró el centenario de Andrei Sajarov, el gran científico que dedicó su vida denodadamente a la defensa de los derechos humanos, sin contar con nada más que con la fuerza intrínseca de la verdad. Hace unos años, en un contexto bien distinto, el entonces cardenal Ratzinger escribía que “la única fuerza con que el cristianismo puede hacerse valer públicamente es en último término la fuerza de su verdad. Esta fuerza es hoy indispensable, como siempre, porque el hombre no puede sobrevivir sin verdad. Esta es la esperanza segura del cristianismo. Este es su gran desafío y exigencia para cada uno de nosotros”.

Las personas vivas se encuentran, hoy igual que ayer, como siempre. Y gracias a esas personas vivas, el mundo puede volver a empezar, cada día, a vivir y a esperar.

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