Para esto le hicieron Papa

Mundo · José Luis Restán
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15 abril 2009
Ha cumplido 82 años pero su razón permanece tensa como un arco y su mirada se ha vuelto aún más penetrante. La mixtura de una sagacidad aguda y dispuesta al combate y de una mansedumbre que comprende los ritmos y las debilidades de lo humano compone una personalidad verdaderamente única. Y con todo, eso no es lo importante: ése es el material humano singular que Joseph Ratzinger ha puesto a disposición de su ministerio como Papa. Una tarea que desde luego él no buscó, pero que ha asumido sin reservas y con un arrojo y creatividad sorprendentes.

No responderé aquí al miserable artículo de Juan Arias en El País, titulado "Para esto quería ser Papa". Es la realidad de cada día la que se encarga de responder a sus mentiras. Prefiero abrir esta página a la verdad, la sugerencia y el encanto que cada día nos regala este testigo de la fe, este sucesor de Pedro en una hora difícil marcada por la grisura del nihilismo y por la apostasía silenciosa de amplias franjas de un mundo otrora empapado por la cultura cristiana.

Ningún Papa elige la coyuntura histórica en la que debe ejercer su ministerio, pero es evidente que Benedicto XVI conoce esa coyuntura hasta su raíz más profunda y, por oscura que parezca, no le tiene miedo. Está marcado por esa alegría sobria del catolicismo barroco de su Baviera natal, sazonada por el trato familiar con los padres de la Iglesia y con los filósofos contemporáneos. Es un hombre arraigado en la tradición viva de la Iglesia, de la que se nutre continuamente, y precisamente por eso camina ligero y sin rémoras por los paisajes contemporáneos y sabe hablar a los hombres de esta hora.

En su felicitación pascual ha dicho que el sentido de la nada tiende a intoxicar a la humanidad, haciendo que desparezca la esperanza y realmente si Cristo no hubiera resucitado "el vacío acabaría ganando". La primera preocupación del pontificado es por tanto brindar al mundo esta Luz que nace de la resurrección de Cristo, porque es la única capaz de alumbrar las zonas oscuras del corazón humano y del mundo. Sabemos que el Papa trabaja intensamente en la segunda parte de su libro Jesús de Nazaret, centrado en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Piensa que con esta obra responde desde su ministerio de Papa-teólogo a una necesidad acuciante de la Iglesia, porque sólo una conciencia renovada de Jesús vivo y presente podrá desarrollar su misión. Pero también tiene a punto su tercera encíclica, que afrontará los problemas sociales de este nuevo ciclo de la globalización, la crisis financiera, el nihilismo cultural y la amenaza terrorista. Un tema inmenso que no quiere abordar con moralismos simplones, sino con competencia técnica unida a una mirada educada por el Evangelio vivido y practicado en el cuerpo histórico de la Iglesia. Porque esa mirada, la que educa el Resucitado, puede alumbrar la desesperanza del momento, y no de una manera teórica sino a través del testimonio de hombres y mujeres que ya han sido alcanzados y cambiados por esa luz.      

La resurrección "no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula sino un acontecimiento único e irrepetible, Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba". Sí, ésta es la fe que profesa Benedicto y para confirmar en esta fe a todo el pueblo cristiano, y para proclamarla persuasiva y razonablemente desde los tejados al mundo, fue elegido Papa a sus 78 años. Es la ausencia de Dios, el abandono de tantos contemporáneos de quien constituye su abrazo salvador, lo que hiere el corazón de este buen pastor. Eso y la ceguera de algunos hombres de Iglesia empeñados en la disputa autodestructiva, en el ataque arrogante a la confesión sencilla y exigente del amor que Pedro sigue haciendo frente al mundo.        

Sí, para esto le hicieron Papa. Para defender la fe de los sencillos, para recobrar el diálogo creativo de la Iglesia con el mundo moderno, para ensanchar una razón amenazada en Occidente de un terrible encogimiento, para atraer a los hombres atribulados al hogar cálido de la Iglesia. No son cosas para las que un Papa disponga de una varita mágica, ni que pueda resolver con sus propias fuerzas. Como tantas veces recordara Joseph Ratzinger, al Papa le toca en primer lugar obedecer, colocarse en el centro de la gran red vital de la Iglesia para asegurar su unidad, y desde allí confirmar, alimentar y animar todos los brotes de nueva vida que el Espíritu hace surgir. Así vemos hoy al Papa Benedicto en su 82 cumpleaños: alegre y humilde, sabio y penetrante, obediente al servicio que el Señor le ha impuesto, seguro de que no podría existir un camino mejor para su propia felicidad. Feliz cumpleaños, Santidad.

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