Entrevista a Armando Zerolo sobre su libro “Época de idiotas"

No sabemos qué hacer con todo lo que va bien

Entrevistas · GONZALO MATEOS
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12 enero 2023
Armando Zerolo acaba de escribir un libro Época de Idiotas (Encuentro, 2022) que intenta encontrar criterios para juzgar nuestra época en dialogo con sus lectores sin juicios previos y abriendo siempre espacio a la categoría de la posibilidad.

Hace falta valor para escribir un libro tan a contracorriente como este. En el prólogo de Higinio Marín afirma que somos los que nos contamos porque el hombre es el animal que cuenta historias ¿por qué las historias de nuestra época suenan tan tristes y fatalistas? ¿por qué decía Balthasar que el sentido de la historia no nos pertenece? ¿por dónde comenzar una buena historia que comience por el presente? 

No sé si hace falta valor para escribir esto, pero sí que nace de la perplejidad que me produce la disonancia cognitiva de nuestra cultura. Vivimos un momento histórico muy interesante, lleno de hallazgos artísticos, culturales, científicos, antropológicos y, sin embargo, cuanto más sofisticado es el ambiente en el que crecemos, más ácido es el juicio sobre el mismo. De esa perplejidad nace este ensayo, que no ofrece grandes respuestas, sino que tiende la mano para andar un camino de la razón que nos lleve a lugares poco explorados. Ese primer lugar muy poco explorado es el que mencionas en tu pregunta sobre el hombre como animal que cuenta historias. Somos historia, somos un camino, somos una “vida vivida”, pero cuando perdemos los hitos del camino, nos aferramos a conceptos fijos e inmutables. Pero la vida es relación, es tensión infinita, es un camino que existe porque hay una distancia entre la posada y el destino. ¿Quién podría morar en la posada tranquilo si no supiese que el camino tiene un destino?

«Cada día cuando me levanto me abro a una posibilidad infinita de acontecimientos que pueden cambiarlo todo»

La mejor manera de empezar a andar, de contar nuestra historia, es por el presente, porque ese es el lugar del acontecimiento, de la aventura, donde se abre la categoría de la posibilidad, de la infinita posibilidad. Cada día cuando me levanto me abro a una posibilidad infinita de acontecimientos que pueden cambiarlo todo. Esa es la mejor forma de empezar una historia, estar atento a la posibilidad infinita que se da en el presente.

En la presentación de tu libro comentaste que el libro es entre otras cosas una reflexión sobre nuestra relación con el poder. Después de un recorrido de este tema en la historia comentas que en la modernidad el hombre descubre en sí el poder desnudo y en la postmodernidad acaba gritando horrorizado frente a donde el uso de este poder le ha llevado. Hoy no encontramos ante la disyuntiva entre desmantelarlo o conducirlo hacia algo más grande. ¿Qué podemos rescatar de la modernidad, y en concreto, de la Ilustración, para mirar el futuro con esperanza? 

Esta es la clave de todo el ensayo. Toda época tiene sus propios límites y esos límites son precisamente los que la definen (de-fin), las que le dan el fin. Sin límite no hay finalidad y, por tanto, tampoco destino. Pero los límites no son siempre los mismos. El límite para el mundo antiguo eran los muros de la polis, para los premodernos era el “non plus ultra”, las columnas de Hércules, y para nosotros el límite se ha presentado como el miedo ante nuestras propias fuerza. Hemos visto el verdadero rostro del poder humano, hemos crecido con Hiroshima y Nagashaki, con Chernobil, con la contaminación, el Holocausto, la conquista del espacio y la psicosis del “botón rojo” que puede acabar con la partida. Ese miedo es nuestro límite, ya no vivimos en el optimismo prometeico de la Ilustración, y tiene consecuencias muy serias, sobre todo en un sentido psicológico. Somos una cultura desmoralizada, pero no porque todo vaya mal, sino porque no sabemos qué hacer con todo lo que va bien. Esta es la paradoja posliberal de nuestra época. El reto es devolverle al poder su condición moral, reorientarlo para saber qué hacer con nosotros mismos. Debemos volver a comprender que el poder no es malo, que es una condición moral y antropológica, y que lo que debemos hacer es entenderlo como servicio.

“Yo te necesito a ti. Lo uno necesita a lo otro, y la persona necesita al mundo”

Empiezas la segunda parte con la afirmación de Ortega de que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia, que no existe un mundo ni un pensamiento independiente, y que nos la jugamos en el vivir y en el actuar. Luego reflexionas sobre la razón histórica y el debilitamiento de las creencias que nos ha llevado a una percepción del cambio como una decadencia, un pesimismo fundamentado en la cultura de la duda y la sospecha y la pérdida del sentido del presente. ¿Cómo volver a recuperar el sentido histórico de la existencia y la posibilidad del afrontar juntos el presente que nos salve de la pereza y el egoísmo? ¿cómo recuperar el sentido de la unidad de todo en la persona?

Dudé mucho si incluir la segunda parte en el ensayo. Es la más filosófica y desentona mucho con el estilo de las demás, escritas en una prosa más suelta y poética. Pero al final entendí que era necesario porque es donde se encuentra el fundamento conceptual para poder comprender qué significa la idea de “cambio de época”. De ahí esa provocación orteguiana de que no tenemos naturaleza, sino historia. Ortega, evidentemente, no negaba la naturaleza, pero sí que afirmaba que vivimos en la historia. Hemos perdido la idea de “relación” como categoría explicativa de la antropología. En este sentido somos muy geométricos e individualistas. Pero el yo se conforma por polaridad con el no-yo. Yo te necesito a ti. Lo uno necesita a lo otro, y la persona necesita al mundo. No hay yo sin tú, ni persona sin mundo. Por eso el confinamiento y la COVID-19 nos ha afectado tanto culturalmente, porque no terminamos de comprender el alcance tan profundo que puede tener el confinamiento para niños, ancianos, y todos en general.

Recuperaremos el sentido histórico de la existencia cuando volvamos a comprender que la historia es el lugar del acontecimiento presente. No hay historia sin una fundamentación escatológica del presente. O el presente es el lugar de la presencia sobrenatural que nos salva, o no hay historia. En este sentido, se podría afirmar que no hay historia sin cristianismo. Todo lo demás es historicismo, o memorialismo. Por eso todos los intentos salvíficos centrados en la memoria histórica o el tradicionalismo son tan diluyentes y esterilizadores de la vida.

¿Por qué afirmas que el futuro es el lugar de la aventura? 

Porque el presente nos ha abierto a la categoría de posibilidad que ahora solo pide un sí libre y constante que nos muestre los frutos. Es como cuando un amigo te dice que tiene una casa preciosa y te invita a pasar unos días. En ese momento en el que se produce la promesa y tú aceptas, empieza la aventura. No sabemos qué pasará en esa casa, pero vas con la certeza de la promesa presente y con la confianza en tu amigo. O, dicho con las palabras magistrales del recientemente fallecido Benedicto XVI, con las que empezaba “Deus Caritas Est”, «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.»

“En nuestra época la idea de identidad es tan necesaria como peligrosa”

En la parte tercera del libro te planteas si antes toda esta era de cambios debemos actuar como un barco que navega entre las diferentes maneras de entender la vida o mejor como un árbol asentado en la tierra firme de una identidad previa como es la nación y unos valores fuertes tradicionales. Parece que la globalización se nos está empachando y que nos van a arrebatar nuestras raíces, nuestra patria, nuestra identidad. ¿Por qué se nos llama ahora a navegar, y a que sea un tiempo más de brújulas que de anclas? ¿qué significa que nuestra identidad es una tarea y que estamos llamados a una “cultura del encuentro”?

La idea de identidad es quizás una de las más esquivas y peligrosas de nuestra época, pero es tan necesaria para la estabilidad psicológica del individuo como lo es el agua o el aire para el cuerpo. La identidad no es un “a priori”, no es algo “que se tiene”, sino algo que se va haciendo. Por eso las grandes relaciones configuradoras de la identidad, como pueden ser la paterno-filial, la amorosa, la amistosa o la política, mueren cuando se esclerotizan, cuando el flujo de la relación se obstruye y se pretende controlarlas convirtiéndolas en algo fijo e inamovible. ¿Pero qué sería del amor convertido en papeles pautados? ¿Qué sería la política si solo fuese tradición? ¿Y qué sería de la Navidad si solo fuesen los ritos de la cena de la abuela? Hay que volver al origen, a la memoria de aquel momento en el que se produjo el atractivo del amor, de la amistad, de la filiación. Por eso la tradición es tan original, porque gracias a la memoria hace presente el acto fecundo del acontecimiento. Por eso la creación del mundo es un acto presente, es algo que sigue sucediendo, y que no parará nunca. La identidad, lo que yo soy, es esa relación con el acontecimiento presente que hace todas las cosas nuevas. Yo soy un ser-con que es recreado a cada instante. Esa es mi identidad, el reconocimiento de una necesidad que me constituye. Mi identidad es, como decía Saint-Éxupery, “la sed de la sed” y el reconocimiento de la fuente infinita que la sacia y alimenta al mismo tiempo.

En un momento del libro representas una manera de entender la vida política como un concierto en un descampado lleno de tribus urbanas que llegan a cantar una misma canción. Dijiste en la presentación que este libro es una llamada a una conversación pública y que lo mejor de nuestra tradición política se encuentra en la sencilla pregunta ¿qué podemos hacer juntos? ¿Nos podrías contar alguna experiencia tuya donde hayas experimentado esa pregunta junto a otros? 

Hoy hay una corriente comunitarista, típica de ciertas tradiciones socialistas, como Robert Owen por un lado, y de tradiciones religiosas intensas, como la calvinista, por otro, que repiten sin cesar que las instituciones políticas son el reflejo de una unidad moral previa. Esto es un error que nace de un intelectualismo simple que desconoce los procesos civilizatorios. La política es el espacio común donde muchas voces diferentes se encuentran. No es el Metro en hora punta, o una “rave”, por supuesto que no. Tiene que haber una voluntad común, un orden, y una capacidad de comprenderse. Por eso es un equilibrio complejo que requiere de protección, de leyes, de policía y de orden. Esto son precisamente las instituciones, la salvaguardia de las condiciones necesarias para que las voces diferentes coincidan, pero sin la aspiración a que acabe habiendo una única voz. La política no es un concierto, con un instrumento dominante, sino una sinfonía donde los instrumentos de cuerda, viento, metal y percusión suenan a su manera, y juntos dan lugar a algo aún más bello. La vida política es una sinfonía aunque hoy haya muchos aspirantes a concertista.

Y la mejor manera de comprenderlo es poniéndose en marcha. La experiencia de cualquiera que haya dejado a un lado por un instante sus grandes ideas y se haya puesto a hacer algo con el vecino, habrá descubierto que en ese mismo instante en el que se pone con su vecino a quitar la nieve de la acera que comparten, las diferencias dejan de importar y empieza a imponerse el interés por la tarea común. Pasa lo mismo con la fiesta, como dice Chapu Apaolaza. Cuando vas a las fiestas de un pueblo, suena la pachanga y te agarras al codo del vecino sin importante si es “facha”, “animalista” o del Manchester United. La fiesta une, y la bronca es de amargados.

“¿Cuántas veces nos han dicho la verdad y solo ha servido para apartarnos aún más de ella?”

Me ha parecido muy significativo en tu libro el cómo describes el silencio previo con el que das comienzo a tus clases en la universidad. Comentas que con el paso del tiempo intentas prestar más atención a ese instante original en el que empiezan todas las conversaciones. Hablas de acompañar la verdad con la virtud de la veracidad, la paciencia y el sentido del humor. Observamos que en muchas ocasiones hemos perdido esas virtudes ¿por qué? ¿cómo podemos recuperarlas para el espacio público? 

La verdad es una categoría ontológica, mientras que la veracidad es una virtud. Una se mueve en el plano teórico, y la otra en el plano práctico. Cuando se separan, se estropean las dos. No hay verdad sin veracidad, ni veracidad sin verdad. Hay veces que pensamos que basta con “decir” la verdad, pero esto no es así. ¿Cuántas veces nos han dicho la verdad y solo ha servido para apartarnos aún más de ella? Y como reacción a esto se puede caer en el extremo contrario: para no ofender no decimos la verdad y afirmamos que todo da igual, pero esto también hace mucho daño y puede condenar a una persona a repetir el mismo error toda su vida solo porque nadie tuvo la caridad de decirle su error. La verdad hay que decirla con veracidad, es decir, con la virtud del que sabe decir la verdad, que ama al otro y la relación con el otro tanto como a la verdad. Porque la realidad es que el camino, la verdad y la vida son una y la misma cosa. Afirmar cualquiera de ellas sin las otras es reducirlas hasta la inutilidad. La verdad está para ser dicha, y saber decirla es lo que llamamos veracidad. Si no sabemos decir la verdad, es tanto como no decirla, como mancillarla o como mentir.

A muchos nos ha chocado el título del libro. Creo que es porque tu aproximación al concepto de idiota no es el clásico. Dedicas la última parte de tu libro a cuestionarte sobre qué tipo de hombre es capaz de afrontar esta época. Comentas que es necesaria el renacimiento de la individualidad, la toma de conciencia de nuestra responsabilidad y un viaje desde la fragilidad hasta el amor y el perdón, una especie de rendición para ser salvados. Llegas a afirmar que nos hallamos en la “era de Job” en la que deberíamos gritar la pregunta sobre la existencia de un sentido que englobe todo lo que vivimos. Y ponernos a preguntar juntos. ¿Qué grito es el más recurrente para ti y para los que te encuentras?

La idea de “idiota” es muy literaria, no es una categoría filosófica. Para comprenderla hay que ir al romanticismo y a la literatura del Siglo XIX, donde abundan las reflexiones sobre los idiotas. A mi gusto, de las que conozco, las dos mejores son “El idiota” de Dostoievsky, y “El Quijote”, de Cervantes. Dos protagonistas idiotas que, en su supuesta locura, cargan con toda la cordura del mundo. Una cordura que niega lo extraordinario, que se ancla en la monotonía, que excluye la novedad y que deja fuera lo esencial. Quizás el idiota es el que mejor responde al burgués del siglo pasado, al hombre cerrado en sus costumbres que no deja que nada nuevo ni extraordinario le suceda. El idiota abre una brecha en la monotonía del tiempo para que las relaciones humanas se den la vuelta como a un calcetín.

Y con esto cerramos el círculo de la explicación. Si el límite de nuestra época es el miedo por el poder, porque estamos asustados, la respuesta nos la dan los idiotas que no se enfrentan como bestias contra él, tratando de apoderarse del mismo como quien doma a un caballo salvaje, sino sometiéndose, dejando que haga en él efecto. Por eso es la era de Job, porque es la gran figura del aplastado por el poder para ser salvado. El cambio al que estamos llamados es mutar la queja en petición. Es casi lo mismo en la forma, pero es radicalmente diferente en el fondo. Esto nunca será dominante porque es un camino personal que se debe aprender en el largo recorrido de la vida, pero sí que podemos ayudar a comprenderlo.

La oportunidad para recuperar la moral perdida es aprender que los idiotas no tenían miedo del poder, pero tampoco se convirtieron en bestias, porque cuando uno intenta dominar al poder es cuando más sometido se encuentra por él.

Has presentado el libro en unos entornos poco académicos, en tabernas y cafés, y acompañado de cervezas, curiosos y amigos.  ¿Qué puedes decir de esos encuentros a pie de bar y de lo que te van diciendo tus primeros lectores? ¿Añadirías algo a lo escrito? 

Las primeras presentaciones las he hecho en bares porque necesitaba la proximidad de la gente y las intervenciones cercanas. Quizás sea porque es un ensayo estrictamente hablando, es decir, una prueba de una idea, el ensayo de una voz propia. Y también porque en los bares no se da la rigidez del método académico que en muchas ocasiones dificulta una conversación fluida. No he querido dar conferencias con ocasión de mi libro, y por eso también he entrevistado yo a los ponentes, en lugar de que ellos lo hiciesen conmigo. Quería escenificar el acto original de la idea, esa conversación primigenia que da lugar a la idea.

¿Estás ya trabajando en un próximo libro?

Estoy preparando un libro más académico sobre Jaime Balmes, pero estoy en una fase muy temprana. Y también tengo en mente otro ensayo que, del mismo modo en que «Época de idiotas» ha sido el reflejo de conversaciones con amigos como Luis Ruiz del Árbol, Antonio García Maldonado, Andrés Contreras, Ana Llano y muchos otros, el próximo también lo será. La conversación continuará en la medida en que ellos sigan ahí provocando nuevas ideas.


Armando Zerolo (Madrid, 1978), profesor de Filosofía Política y del Derecho en la Universidad San Pablo, es uno de esos docentes, nos consta, que agita y conmueve diariamente a sus estudiantes que le recuerdan muchos años después de haber pasado por sus clases. Es columnista en El Español y comentarista en 13TV. En la presentación de su libro en Madrid, Antonio García Maldonado, comentaba que Armando es un eje sobre el que gira mucha gente, un gran conector de células de gente muy diversa siempre en acción (presentó junto a Jorge Freire en Madrid, y José Peláez y Chapu Apolaza en Valladolid). Esto también nos consta. De hecho, este libro ya está generando otros libros (La hora que nunca brilla, Luis Ruiz del Árbol) y otras iniciativas en conversación con él. Ha tenido la generosidad de hacerlo también con los lectores de Páginas.

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