No es el ébola, sino la pobreza

Mundo · Ricardo Benjumea
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22 octubre 2014
La realidad es muy simple. «Si la epidemia de cólera hubiera golpeado Washington, Nueva York o Boston, no hay ninguna duda de que el sistema sanitario hubiera podido contener y eliminar la enfermedad», escribía a finales de agosto Kim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, en el Washington Post.

La realidad es muy simple. «Si la epidemia de cólera hubiera golpeado Washington, Nueva York o Boston, no hay ninguna duda de que el sistema sanitario hubiera podido contener y eliminar la enfermedad», escribía a finales de agosto Kim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, en el Washington Post. «La crisis del ébola –añadía– es un reflejo de las crecientes desigualdades en el acceso a cuidados básicos sanitarios». Recién salida de la guerra, cuando saltó la alarma, «Liberia tenía sólo 50 doctores trabajando en servicios de salud para una población de 4,3 millones de habitantes», apuntaba Kim.

El presidente del Banco Mundial contraponía esta crisis con el estallido del virus de Marburgo en la República Federal Alemana y Yugoslavia en 1967. Esta fiebre hemorrágica es muy similar al cólera, pero su tasa de mortalidad en las personas infectadas fue “sólo” del 23%, nada que ver con el 86% de muertes que produce el cólera en África occidental.

Tampoco Haití tenía los elementos suficientes para hacer frente a la epidemia de cólera que, en octubre de 2010, mató a cerca de 9.000 personas. No había pasado aún un año desde el terremoto cuando tropas nepalíes de las Naciones Unidas introdujeron la enfermedad en el país. La ONU, pese a la abundancia de evidencias, sigue sin reconocerse responsable, algo difícilmente imaginable si el contagio se hubiera producido en un país de “primera división”. Por lo demás, Haití sigue contando hoy con las mismas deficientes infraestructuras para el tratamiento de aguas.

Compara estos dos casos Fran Quigley, profesor de la Universidad de Indiana, autor del libro “How Human Rights can build Haiti”. Kim, sin embargo, establece el paralelismo con la expansión del sida en África. Todavía hace 15 años, apunta, «los expertos occidentales afirmaban que había poco que hacer para parar la crisis global del sida, que estaba matando a millones de personas en África y otros lugares. Hoy, gracias al liderazgo y el apoyo del presidente George W. Bush, una coalición bipartidista de miembros del congreso, grupos de inspiración religiosa e investigadores occidentales» han revertido esta situación, permitiendo que «lleguen tratamientos que salvan la vida a más de 10 millones de africanos».

Claro que, para que esos tratamientos fueran elaborados, la enfermedad tuvo primero que llegar a Occidente. Sólo entonces la industria farmacéutica vio en ello un incentivo. Quizá por ahora África se pueda beneficiar de que se hayan producido algunos casos de ébola en EE.UU., Alemania o España. No tanto por la posibilidad de una epidemia en alguno de estos países, como por la abundancia de información alarmista, que genera una situación de pánico social y moviliza a los gobiernos a actuar en el foco de la enfermedad.

El problema es que el miedo no abre puertas; las cierra. La epidemia del ébola ha justificado el cierre de fronteras y la suspensión del tráfico aéreo, elementos que dificultan la erradicación de una enfermedad que, según la OMS, podría alcanzar a 1,4 millones de personas para finales del año.

Las fronteras se cierran para las personas, pero no para los diamantes, decía indignado al diario El Mundo el misionero José Luis Garayoa desde Sierra Leona: «Aquí, en mi parroquia, se me mueren cuatro de cada diez niños sin cumplir cinco años. Mueren de malnutrición o de malaria, o defecando gusanos. Y sufrimos el mayor índice de mortalidad en el parto del mundo. ¿Por qué, si están pasando trenes con diamantes por delante de mi puerta?».

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