Mirar hacia lo alto

Mundo · Giuseppe Frangi
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3 febrero 2020
Es digno de seguir con atención el nuevo ciclo de catequesis del papa Francisco dedicado al sermón de las Bienaventuranzas que comenzó con la audiencia de la semana pasada. En este caso, Bergoglio vuelve a confirmar su especial capacidad para adherirse a la concreción del texto evangélico y hacer que nos resulten sorprendentes e “inéditas” páginas que hemos escuchado o leído quién sabe cuántas veces.

Es digno de seguir con atención el nuevo ciclo de catequesis del papa Francisco dedicado al sermón de las Bienaventuranzas que comenzó con la audiencia de la semana pasada. En este caso, Bergoglio vuelve a confirmar su especial capacidad para adherirse a la concreción del texto evangélico y hacer que nos resulten sorprendentes e “inéditas” páginas que hemos escuchado o leído quién sabe cuántas veces.

Por ejemplo, Francisco pone mucha atención en “cómo” maduró la idea de este discurso. Dice Mateo, en un inciso, que Jesús se decidió a hablar “viendo a la multitud que le seguía”. Jesús se dirige a los discípulos pero en el horizonte, dice el Papa, “están las multitudes, es decir, toda la humanidad”.

Mateo subraya que Jesús subió a un monte que se asomaba al lago de Galilea, probablemente para permitir que le escucharan mejor. Pero Mateo añade un detalle que parece secundario y casi contradictorio respecto al objetivo de ser escuchado. De hecho, para hablar Jesús “se sienta”.

Es un detalle precioso porque nos dice que Jesús no tiene intención de predicar, ni mucho menos de adoptar la actitud de un tribunal. “Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad, su camino”, subraya Francisco. Jesús se sienta como si fuera a decir aquellas cosas a sus amigos, los apóstoles, que en efecto se habían reunido en torno a él. Pero entonces, las multitudes ¿qué podían escuchar y entender?

Hay un gran artista contemporáneo, David Hockney, al que le llamó la atención precisamente esta incongruencia e intentó pintar la escena, inspirándose entre otras cosas en un cuadro de Claude Lorrain, artista francés del XVII. Hockney imaginó a Jesús en una cima, obviamente sentado y rodeado por los discípulos. Pero el punto de vista del artista es el de la multitud que está abajo, dispersa a los pies de la montaña. La multitud de los sencillos, todos con la mirada puesta hacia lo alto, ¿qué podían oír o entender de las palabras de Jesús?

Hockney da una respuesta sorprendente: una gran sensación de dulzura. Casi como si el mensaje de Jesús se comunicase por simple atractivo humano. “El sermón de la montaña es un cuadro sobre la posibilidad de mirar hacia lo alto”, explicó Hockney, que quiso titular su obra “A bigger message”.

Pero volvamos a la lectura del papa Francisco. Analizando el sermón de Jesús, el Papa señala que todas las bienaventuranzas se componen de tres partes. Está la palabra “bienaventurados”, luego la situación presente en que los bienaventurados se encuentran, y por último “el motivo de la bienaventuranza, introducido por la conjunción porque”. El motivo de la bienaventuranza, por tanto, no es la condición presente sino la nueva condición recibida por Dios.

Aquí Francisco introduce un subrayado decisivo y precioso: “En el tercer elemento, que es precisamente la razón de la felicidad, Jesús utiliza a menudo un futuro pasivo: ‘serán consolados’, ‘heredarán la tierra’, ‘serán saciados’, ‘serán perdonados’, ‘serán llamados hijos de Dios’”. La bienaventuranza, por tanto, es mucho más que una recompensa mecánica por una condición sufrida en la vida. La bienaventuranza se debe al hecho de que el Señor entra en acción y redibuja el destino. Por tanto, bienaventurados los sencillos, que se ponen en condiciones de dejar actuar al Señor, es decir, por decirlo con palabras de Francisco, aquellos que “progresan por el camino de Dios: la paciencia, la pobreza, el servicio a los demás”.  

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