Mi aportación al mundo es mi experiencia

Entrevistas · P.D.
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8 febrero 2023
Recorremos con Guadalupe Arbona, profesora de Literatura en la Universidad Complutense, algunas etapas fundamentales de la vida de CL en los últimos diez años que pueden ayudar a seguir las indicaciones del Santo Padre.

Dentro de unas semanas se cumplirán diez años del comienzo del pontificado de Francisco. En la audiencia que tuvo el Papa con los miembros de la Fraternidad de Comunión y Liberación el 15 de octubre, les animó “a encontrar los modos y los lenguajes para que el carisma que don Giussani os ha entregado alcance nuevas personas y nuevos ambientes”. www.paginasdigital.es está llevando a cabo una serie de entrevistas sobre esta cuestión.

En la búsqueda de un juicio histórico, CL afirmó hace algunos años: Tras la reforma se produjeron las guerras de religión. La religión dejó de ser la base común de los europeos. Y entonces se intentó salvar la razón como elemento de unión. La Ilustración intentó salvar las verdades fundamentales y se buscó una evidencia que quedara a salvo de las disputas religiosas. Se pretendía así que las grandes convicciones del cristianismo resistieran. La libertad, el valor de la vida, o la dignidad humana parecían un patrimonio común. “La Ilustración buscó salvar verdades fundamentales y fue en busca de evidencias que la protegieran de las disputas religiosas. Lo hizo afirmando que las grandes convicciones traídas por el cristianismo podrían resistir: la libertad, el valor de la vida, la dignidad humana, parecían ser un patrimonio común. Pero, el intento ha fracasado». Ahora vivimos en un mundo sin pruebas, secularizado y nihilista. ¿Por qué CL dice que esta es una oportunidad para el cristianismo?

En estos últimos 10 años, la crisis de una Europa cuyos fundamentos parecían indestructibles, se ha acelerado. Hemos visto que, efectivamente, lo que parecía sólido y seguro, lo más propio de nuestra civilización, es decir los valores de la libertad, el uso de la razón como potencia para enfrentarse a los problemas y ser conscientes de la dignidad humana, se ponen en cuestión y se desmoronan. El origen de esta crisis está en la separación  de los valores de quién -o quiénes- los encarnan. Por eso la crisis que ha resultado no es ética sino antropológica, se refiere al sujeto.

Lo peor de esta crisis, al menos por lo que yo veo cada día en clase y leyendo las novedades literarias, la más delicada y terrible de sus consecuencias es el debilitamiento del yo, porque con este van detrás el menoscabo de la razón, el afecto y por tanto la posibilidad de estar y vivir conscientemente. En cierto modo, se ha cumplido una de las profecías que hacía Giussani tomando como referencia la catástrofe histórica de Chernóbil. Fue en 1986 cuando el sacerdote lombardo hacía esta comparación que tanto me impresionó —yo era entonces todavía estudiante universitaria—. Decía que nuestra generación parecía alcanzada por las radiaciones de Chernóbil, una radiación silenciosa que iba minando y destruyendo la energía para conocer y adherirse a las cosas: “el organismo sigue siendo el mismo, pero el dinamismo ya no es el mismo (…) es como si se hubiese descargado la energía de nuestro afecto”. Así ha sido, esto que describía Giussani como un dinamismo exhausto y una apatía afectiva se ha agudizado en nuestro siglo XXI hasta tal punto que se ha generalizado una impresión de derrota y de desorientación.

Y con este dinamismo debilitado, han sido muchos –y dolorosos– los desafíos que, a lo largo de estos años, hemos tenido que afrontar: los atentados terroristas de grupos fundamentalistas en Europa, la tragedia de los migrantes llegando agotados o sin vida a los puertos europeos, la pandemia del Covid-19 que se ha llevado por delante a millones de personas en el mundo, la invasión de Ucrania y la guerra en el corazón de Europa, la dificultad para asumir la prolongación de la vida y mirar la vejez y la enfermedad, el emerger de movimientos nacionalistas que fomentan el odio por lo distinto, la confusión sobre qué es la vida humana y un larguísimo etcétera. Todos estos acontecimientos y cada vez que se presentaba uno nuevo, nos pillaban extenuados y con escasas energías para afrontarlos. Debo reconocer que, no pocas veces, viendo a mis estudiantes desconcertados y confusos, he pensado que estábamos en tiempos oscuros. De hecho, la descripción de esta serie que acabo de enumerar va dejando una conciencia de derrota que puede ir encogiendo cada vez más el ánimo y haciendo que el yo se perciba como una serie de imposibles que hieren, en el mejor de los casos; o que se sucumba a esa terrible impresión de que el yo se disgrega en una serie de fragmentos o máscaras, como dice Philip Roth: “no tengo yo (…) no tengo ningún yo que no dependa del empeño artístico y falsario que pongo en tenerlo” (La contravida, pp. 408-9)

¿Y por qué todo esto es una oportunidad? 

Estos  años, yo he tenido delante de los ojos palabras y gestos que me han permitido comprobar que la realidad no es enemiga. No digo -y perdona el tono tan personal- que no me haya herido -que sí lo ha hecho- sino que me ha permitido hacer un camino humano y he visto emerger rasgos de mi yo que no conocía. Es decir, he comprobado que estos hechos han sido una ocasión de despertar lo más original mío, nuestro, es decir las preguntas fundamentales y el deseo de que no fuesen una maldición. Todavía llevo en los ojos las imágenes del papa Francisco en Lesbos trayéndose a 12 refugiados en el avión, era abril de 2016. Me acerco a mis enfermos llevando las palabras que Julián Carrón pronunció ante la polémica del caso Eluana Englaro, cuando señaló que para estar al pie de la cama de un enfermo grave se necesita la caricia del Nazareno (2008). Y, ¿cómo olvidar la reacción de Julián Carrón ante el desgarro de los atentados de París de 2015, cuyas palabras son el título de ese libro verdaderamente original, La belleza desarmada? En él volvía a despertar la originalidad de una fe que fascina al yo de tal modo que es capaz de narrarse en una sociedad libre para contribuir a una convivencia real. Tampoco puedo dejar de hablar de la manera en que fui acompañada durante el confinamiento de la pandemia de Covid-19. En mi familia fuimos de los primeros en enfermar y, aún recuerdo muy vivamente, nublada por la fiebre y entre imágenes de televisión de féretros que no cabían en los hospitales ni en las iglesias, cómo me llegaron las palabras de Julián, ante el impacto de la enfermedad y de la muerte: “¿Qué nos arranca de la nada?”. Esta pregunta me permitió abrir los ojos y agudizar la razón para descubrir en alguien un “brillo en los ojos” que pudiese reconocer y amar razonablemente la vida en tales circunstancias. Días más tarde la imagen del papa Francisco rezando en una basílica del Vaticano vacía me permitió identificar que como él, y salvando todas las distancias, yo no estaba sola: Otro me acompañaba, y a Él me podía dirigir. Uno y otro -el Papa y el entonces presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación- me solicitaban a vivir esa realidad que nos golpeó a todos y de la que podía aprender.

“El gran desafío de nuestro tiempo es precisamente atender a lo genuino de la experiencia humana”

¿Y cómo te han ayudado estos diez años? 

En estos días que los periódicos hablan de los logros de la Inteligencia Artificial, me viene a la cabeza que el gran desafío de nuestro tiempo es precisamente atender a lo genuino de la experiencia humana. Encuentro que el trabajo de estos diez años, por los que me preguntas, me convence de que es verdaderamente un gran desafío personal y social. Es decir, utilizar todo lo que está a nuestro alcance, fundamentalmente las circunstancias inevitables, para que renazca ese dinamismo del yo que tras los sucesivos “chernobiles” que he comentado podría haberse quedado parado, obstruido, atrofiado. De hecho en otro libro de Carrón que publicó en 2021, es decir, cuando estábamos recuperándonos de la pandemia —llegaban las primeras vacunas y empezábamos a salir— él se preguntaba por la esperanza. Pero no se contentaba con una esperanza que nos llevase a la llamada “normalidad” o a contentarnos con que todo volviese a ser como antes, ni al optimismo que trajeron los procesos generales de vacunación, si no que una esperanza que fuese capaz de responder al drama humano que, por todas estas circunstancias que estoy enumerando, se había insinuado desde el fondo de nuestro ser. Así lo describía en una página memorable que me acompaña desde entonces: “La vibración que se produce en lo más íntimo de nuestra persona es, de hecho, signo de una espera que tiene raíces profundas en nosotros, que coincide con nosotros: la espera de algo que esté a la altura de la vida y de la muerte, la expectativa de un imprevisto que haga brotar un caudal de afecto por nosotros mismos y que permita que nuestro deseo se despierte nuevamente y se cumpla. Esta vibración de nuestra razón, la exigencia de sentido que hemos percibido con evidencia en algún momento, nos sitúa en las condiciones más favorables para captar la respuesta ahí donde se produzca, si se produce”. ¿Quién no desea vivir así?

Por tanto estas circunstancias, paradójicamente, han sido ocasión de crecimiento en ese despertar de la humanidad, de ver, más poderosa y urgentemente, el emerger del deseo. A esa humanidad que emerge a flor de piel, al encontrarse con un acontecimiento que le responde, le puede interesar una respuesta que le corresponde.

“La lectura de «La Belleza desarmada» despertaba la experiencia de los interlocutores”

Has hablado de La bella desarmada. Las presentaciones se multiplicaron en Italia y en otros países en las que participaron muchos laicos. ¿Qué valor tuvieron?

Permíteme contar una anécdota personal que me pasó hace unos años. Sucedió durante una clase en que un profesor invitado vino a hablar a mis alumnos de un cuento de la escritora norteamericana Flannery O’Connor. El profesor habló de Dios y yo noté la corriente de burla que se abrió en el aula. Los alumnos ni siquiera polemizaron con el invitado, simplemente les pareció la extravagancia de un americano “creyente” y yo me fui a casa con una pregunta y una constatación: Dios es un nombre, una cosa fuera de la vida, por eso hablar de Él se convierte en algo extraño del pasado.

Pues bien, lo que yo he visto en las presentaciones de este libro que, por otro lado, tiene este título genial, es todo lo contrario. En ellas, la experiencia de Dios que se ponía delante era tan “fieramente humana” (Blas de Otero) que no solo interesaba, sino que exaltaba el recorrido humano de los interlocutores. Dejaba de ser una noción o una abstracción para ofrecer una presencia que, desde luego, penetraba e indagaba lo humano. Julián Carrón aprovechó la oportunidad para poner el acontecimiento cristiano delante de amigos, contemporáneos, científicos, periodistas, escritores. Y siempre definido así, como belleza desarmada y núcleo de su experiencia, de su experiencia de hombre. He  asistido a varias de las presentaciones y lo que me pareció más valioso de todas ellas es que la lectura del libro despertaba la experiencia de los interlocutores, no su acuerdo, ni su coincidencia, ni su aquiescencia, sino su experiencia. Y eso es lo divino: una Presencia que hace emerger el yo. Es la verificación de su entrada en nuestro horizonte.

Por ejemplo… 

La primera de ellas fue en Madrid en 2016, con Mikel Azurmendi y Juan José Gómez Cadenas. Lo que recuerdo es cómo Cadenas, físico e investigador, ponía delante de todos su uso de la razón ante los experimentos, y también en la relación con sus hijos y con el cristianismo; por su parte Azurmendi, filósofo y antropólogo, abría su método de conocimiento a formas que reconocía en el libro y que estaban vetadas en su mundo académico. En Barcelona (mayo de 2017) asistí a la presentación con Pilar Rahola, periodista y escritora catalana, que le decía a Julián que se sentía abrazada por su libro y que le pedía que los cristianos salieran del armario para que se hiciese la luz en el espacio público. Con Pedro Cuartango dialogó en 2018 y recuerdo cómo la lealtad de los ponentes nos conmovió a todos. El periodista español se atrevía a confesar en público su deseo de la fe, perdida cuando era niño; el sacerdote español decía descalzarse ante su deseo y le animaba a ser libre. El elemento común de todos los encuentros fue –y no es común verlo en acto–  que los ponentes dialogaban, es decir, ponían delante su recorrido humano para encontrarse como hombres y mujeres libres.

Luego he podido ver otros diálogos vivos con periodistas italianos (Antonio Polito, Monica Maggioni), he asistido a un encuentro con el mundo musulmán en la Biblioteca de Alejandría, en Egipto, o los frecuentes diálogos con el judío Joseph Weiler en el New York Encounter y en el Meeting de Rimini.

Como ya te he dicho, el título del libro me parece una genialidad porque expresa sintéticamente la naturaleza del cristianismo. Solo una belleza que no tiene nada que defender y que se presenta en la pobreza de algo tan cotidiano como un hombre, una mujer, un profesor, una vecina o un hijo a los que se puede ver y tocar y, al mismo tiempo, en los que se puede percibir algo excepcional, diferente. Así sucede con el cristianismo. Así fue al principio. Así fue para Zaqueo, siempre me impresiona la figura de este personaje bajo de estatura y que por curiosidad se sube a lo alto de una higuera. Jesús no le explicó una doctrina, ni le acusó de aprovecharse de su posición de recaudador de impuestos. Jesús le invitó a comer a su casa. ¿Qué es lo que pasó en casa de Zaqueo? No lo sabemos, pero la vida de Zaqueo cambió para siempre y él se movió solo por el presentimiento de esa belleza que deseaba para sí. Y creo que así sigue sucediendo hoy. A menudo, mis alumnos me hablan del cristianismo como una serie de normas, por eso lo sienten como una carga y, por supuesto, poco interesante. En cambio, una presencia con la que puedes encontrarte y te atrae en el vivir cotidiano sí es interesante.

¿Por qué tanta insistencia en la experiencia, en la personalización de la fe, en la razón, y en el valor del sentido religioso? ¿Por qué CL dice: la fe cristiana no sólo no teme al pleno uso de la razón, sino que lo exige?

Fue en una visita a mi universidad –la Universidad Complutense de Madrid– cuando Giussani mantuvo un diálogo con Jean Guitton, en 1995. Yo creí entonces entender esa frase que Giussani repitió de Guitton hasta la saciedad: “lo razonable es someter la razón a la experiencia”, pero solo atisbaba algo de su espesor. Giussani ponía delante cosas cuya grandeza era ya parte de su experiencia. De ese modo nos las donó, como cosas que ya eran muy reales en él. Pertenecían a su yo. Muchas veces los ejemplos que pone en sus libros son señal de que las cosas que decía nacían de la carne. Y no dejó de regalarnos frases, como esta, muy rotundas, y a la vez cargadas de vida. Por eso creo que nos las ponía delante con la seguridad de que con el tiempo y con personas para las que eran ya una realidad, como lo fueron para él, llegarían a tener una resonancia en nosotros. Por eso, la guía de Julián Carrón en estos años por los que me preguntas, me ha permitido descubrir algo –no todo, porque estoy segura de que me queda todavía mucho camino que recorrer– de lo que esta frase significa. Ha habido otro factor indispensable para desear comprender estas cosas. He necesitado sentir la urgencia de la vida, especialmente, en dos aspectos: el poder estar en pie en mi mundo y respirando a pleno pulmón en la vida universitaria sin dejar de ser yo; y otro la exigencia de que ese más allá, ese infinito que marca todas las cosas, sea para mí experiencia de algo que no se agota y que se puede conocer cada día más, es decir que las salve de su decadencia y de la nada.

Esto exige un trabajo de autoconciencia y de conocimiento que empieza por la constatación aparentemente sencilla, pero de una radicalidad y potencia existencial enormes, de que “la persona antes no existía”. O lo que es igual: yo existo y antes no existía. Solo darse cuenta de esta frase —la primera del texto de Giussani La estructura de la experiencia— es un mundo. Fundamenta la sorpresa sobre la existencia del yo, a la vez me hace consciente de que la vida es un dato. Por eso inaugura un trabajo apasionante: me lleva a preguntarme quién me está haciendo y querer conocer cuál es ese otro, es decir, la razón se pone en marcha por curiosidad y así comienza un trabajo de conocimiento. En este sentido la razón se somete a la experiencia, es decir, la experiencia de que hay un factor que me hace ahora, amplía el recorrido de la razón. Ya no puedo conformarme con ser un trozo de materia que un día desaparecerá. El grito que nace de las entrañas de mi ser tiene que hacer cuentas con lo que antes no existía.

Hace unos días leía en el texto de una socióloga y politóloga americana, Wendy Brown, que la sociedad se dividía en víctimas agraviadas y poderosos. Desde su perspectiva feminista, considera que las mujeres son las víctimas y están sometidas a los que tienen el poder. Me pregunté dónde quedaba yo. Su clasificación presupone o advierte de una disolución del sujeto, porque la sociedad se divide en dominados y dominadores. Ya no hay una originalidad del yo que se escape de estos parámetros. Es interesante ver si existe un sujeto que no pueda ser encajado en esta dicotomía y me daba cuenta de que yo he necesitado hacer un trabajo de conocimiento y de estima por lo que iba descubriendo para no caer en la violencia hacia los otros o en el sentimiento de ser una víctima agraviada.

¿Y qué es lo que has ido comprendiendo en estos años de esa valoración de la experiencia? ¿Qué has comprendido de la frase: “existo y antes no existía”?

Debes perdonarme el tono personal, pero como tú misma formulabas en tu pregunta, no existe comprensión de una evidencia si no es basada en una historia particular. Por eso, déjame contarte lo que he ido descubriendo.

Para empezar, el primer dato que define la experiencia es esa sorpresa porque existo ahora. Eso me lleva a una primera vivencia y evidencia de una compañía primordial, es decir, hay un punto original que me da el ser y que no es el resultado de un esfuerzo personal. No es fruto de mi empeño, ni de mi intención, ni de mi afán por emerger de la nada. “Existo y podría no existir”. Esto indirectamente me lleva también a intuir que existe un punto unitario, original, que no me abandona: no estoy sola. No sé si se puede imaginar lo decisivo que ha sido esto en mi vida en la que ha habido periodos en que la faceta de mujer, madre, profesora, investigadora, directiva… en un mundo que exige mucho de cada una de nosotras parecía desgajarme en varias dinámicas que se robaban competencias entre sí, en el mejor de los casos, o en el peor de ellos y más frecuente, se oponían. Muy al contrario, empezar a percibir un punto original, previo a cualquier responsabilidad o actividad me acompaña y a él puedo volver.

Además, el darme cuenta –y este es el trabajo fundamental de la razón– de que ese origen de mí misma suscita toda mi curiosidad y mi deseo, es decir, activa una sed de conocimiento hacia esa base segura y delicada que es la raíz de lo que busco después en lo que tengo entre manos diariamente (clases, reuniones, escritos, problemas). Y esa curiosidad y afán por caer en la cuenta proviene precisamente de esa enorme cantidad de gratuidad que significa darme la existencia. La otra mañana una de mis hijas que estudia enfermería me invitó a hacer pinza con el dedo pulgar e índice de la mano. Lo hice. “¿Te das cuenta de todo lo que es necesario para que hagas eso?”. Si la sorpresa por el movimiento de pinza es tan enorme, le dije, fíjate la cantidad de movimientos del yo que se han puesto en movimiento desde que nos hemos levantado. Estaba amaneciendo y ya estábamos llenas de preguntas, pensamientos, planes, problemas, emociones… ¿quién lo hacía posible? Y lo que pasó esa mañana, esa curiosidad por el origen de mi existencia, veo que no se da de una vez por todas, sino que es una creación continua. No sé lo que voy a descubrir de mí misma hoy, no sé lo que va a pasar delante de mis narices que me exigirá reaccionar de una manera u otra. Por eso es un darse cuenta de la existencia que no remite a una contemplación pasiva, sino que se ve su dinamismo y su personalidad en acción y que se activa en el presente.

“¡Cuántos estudiantes pasan por delante de mí gritando silenciosamente que alguien les diga que les precede una estima infinita!”

Por lo que voy diciendo, creo que se puede intuir que esta serie de descubrimientos, este impacto que produce en la conciencia la propia existencia despierta un yo que es irreductible, es decir, no puede someterse a los roles, a las actividades, a las presiones del contexto y, si lo hace, chirría, protesta, no se queda conforme. Es un yo que desde dentro de las circunstancias tiene un punto de partida distinto: ese origen que presume una estima para hacerme existir, por eso crezco también en estima hacia mí misma –¡cuántos estudiantes pasan por delante de mí gritando silenciosamente que alguien les diga que les precede una estima infinita!–; y en inteligencia porque quiero llegar a conocer el lugar que ocupo en el mundo y los vínculos que me unen al resto de las cosas y a su diseño y destino completos.

Dentro de esta descripción de la experiencia, puede suceder que ese origen se haga conocible, es decir objeto de la experiencia. Es lo que en términos cristianos es un encuentro con una humanidad que no se explica a sí misma sino porque remite a algo excepcional, divino. Por eso para quien lo ha encontrado, para mí, ya no puedo encuadrarme en la dicotomía víctima/poderoso, ni en los intentos por salir del agravio para obtener el poder. Se me presenta un trabajo sobre mí misma extraordinario: descubrir los rasgos de ese Objeto intuido en la experiencia que me permite un desarrollo de la mía, de mi yo.

¿Y eso tiene “consecuencias sociales»? 

He aprendido en estos últimos años que mi aportación al mundo en el que vivo no es reaccionar con un bien hacer o con la bizarría de defender unos principios y valores, sino con un trabajo sobre la experiencia que pueda ser ofrecido a todos y en todo como hipótesis de trabajo para descubrir quiénes somos. Esta es la contribución más importante: no es un trabajo que se cierre en los límites de una cosa íntima sino que tiene un lugar en el mundo social, cultural e incluso político. Hace unos días me mandaban un video de “alguien” que parece una persona y dice que no es Morgan Freeman. Tras el desconcierto inicial, el tal Freeman afirma que lo que  veo es real y pregunta al que lo está viendo –a mí en mi caso–: ¿cuál es tu percepción de la realidad? Y ¿qué es lo que hace a alguien real? Porque lo que me habla, en el video, con toda la apariencia de hombre pensante y parlante es una realidad sintética. Esta realidad sintética me convence aún más de la urgencia por descubrir quién soy, no una suma de habilidades, ni un percepción que acaba en ella misma, sino un yo que es un dato único, caracterizada por un deseo inextirpable, llena de una serie de preguntas inevitables e insaciable en la búsqueda  del significado de mí misma.

Por terminar con un ejemplo, lo hago con la contribución que tanto el Papa -con sus llamamientos constantes- como Julián Carrón están haciendo sobre el deseo de justicia y de paz que arranca de nosotros algo tan terrible como la guerra de Ucrania. Hace menos de un año, un artículo de Il Corriere della Sera, del 30 de marzo de 2022, decía: “El factor humano (…) se ha impuesto a la vista de todos, sobre todo a los que nunca habrían apostado —como nosotros, probablemente— porque aún haya alguien dispuesto a luchar así en defensa de la libertad. Con su audacia, los ucranianos nos están testimoniando a todos una autoconciencia que nos deja sin palabras, un hambre y sed de justicia que nos llenan de asombro”. Este factor humano emerge en una situación límite con la forma de una exigencia de justicia y un anhelo de libertad. Y ellos nos hacen patente -a todos los europeos- que también nosotros amamos la justicia y la libertad y esta estima construye la historia.

 

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