La injusticia que provoca la resistencia ucraniana

Cultura · Julián Carrón
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30 marzo 2022
El factor humano es decisivo y sorprende a los que no creían que aún quedara alguien dispuesto a luchar por la libertad

Impresionan las imágenes de la población civil ondeando banderas ucranianas delante de los tanques. Más aún que las de los hombres armados por un ímpetu natural de autodefensa. ¡Qué desproporción! Sobre esta guerra —«acto bárbaro y sacrílego», como la definió el papa Francisco en el Ángelus del 27 de marzo— se ha escrito mucho. Interpretaciones diversas, incluso contrapuestas, pero hay un dato que se impone y con el que todas ellas deben medirse tarde o temprano. ¿Cuál? La inesperada resistencia ucraniana.

El factor humano —aparte de los militares y estratégicos, y de las valoraciones que se pueden hacer, pero no tengo competencia en esta materia— se ha impuesto a la vista de todos, sobre todo a los que nunca habrían apostado —como nosotros, probablemente— por que aún haya alguien dispuesto a luchar así en defensa de la libertad. Con su audacia, los ucranianos nos están testimoniando a todos una autoconciencia que nos deja sin palabras, un hambre y sed de justicia que nos llenan de asombro.

Nos han «obligado» a tomar conciencia del carácter irreductible del yo, el suyo y el nuestro. Creíamos que estaba adormecido por el consumismo, como nos pasa a tantos de nosotros, o que no valía la pena secundar esa sed de libertad de la que está hecha el corazón humano, pero nos han demostrado lo contrario. Al margen de todo lo que se diga, en ellos estamos viendo que el corazón no se rinde ante el poder.

¿Cómo se explica entonces el origen de la infatigable resistencia ucraniana que tanto nos sorprende? Siempre es una provocación de la realidad lo que despierta nuestra humanidad. Deberíamos haberlo aprendido de la experiencia vivida en la pandemia, cuando se agudizaban las preguntas que la difusión del Covid suscitaba en nosotros. En todos, sin distinción de ideología, credo o condición social.

Si miramos nuestra experiencia, no nos costará entender qué es lo que ha despertado el yo de los ucranianos frente a la «violenta agresión» que están sufriendo. Nada despierta en nosotros la exigencia de justicia, por muy dormida que esté, como sentirla pisoteada, sobre todo ante la «bestialidad de la guerra» (papa Francisco). No hay discurso, convicción o ética que tenga la fuerza de despertar el yo, más que la poderosa provocación de la realidad. Así lo vio Massimo Recalcati, señalando un factor «que puede escaparse hasta de los análisis geopolíticos más agudos». ¿Cuál? La «fuerza del deseo», ese «factor suplementario que excede las capacidades militares y las artes estratégicas». Algo que el poder suele infravalorar.

Tal vez la provocación de la guerra en Ucrania no nos haya tocado tan de cerca como el Covid, pero las imágenes de destrucción, que en Europa creíamos haber dejado atrás definitivamente tras dos guerras mundiales, nos han sacudido de manera indudable y no hemos podido evitar enfrentarnos a esa sacudida, como testimonia la oleada de solidaridad con los refugiados que estamos acogiendo en nuestras ciudades. Un mar de caridad que nos llena de gratitud.

¿Pero cómo no confundirse ante tal cantidad de artículos, debates televisivos y conversaciones que pueblan nuestras jornadas? Puede ayudarnos una sugerencia de método: no permitir que la razón se absolutice, es decir, que no se separe de la realidad para no dejarla a merced de la ideología. Cuando la persona se topa con la provocación de la realidad se desata toda la exigencia de su razón, impidiendo así que sucumba a sus diversas reducciones. Tal vez tomar en consideración el deseo de justicia de los que sufren tanta violencia es lo que ha permitido a periodistas como Antonio Polito o Ezio Mauro, por poner dos ejemplos, desenmascarar un uso reducido de la razón y cierta equidistancia entre el yo y el poder. Lo decía maravillosamente Vasili Grossman en Vida y destino: «El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. La eterna, ininterrumpida violencia, directa o enmascarada, es la base del totalitarismo. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro».

Lo que está en juego en la invasión de Ucrania por parte de Rusia es una lucha que nos afecta a cada uno de nosotros. ¿Cómo podemos defendernos de la pretensión totalitaria del poder? Siendo conscientes de la estrategia que utiliza. Luigi Giussani la describe así: «Su gran sistema, su gran método es adormecer, anestesiar o, mejor aún, atrofiar […] el corazón del hombre, las exigencias del hombre, sus deseos […], el ímpetu sin fronteras que tiene el corazón. Y el resultado es gente limitada, encerrada en sí misma, prisionera, ya medio cadáver, es decir, impotente». Por ello, insisto, el único dique auténtico frente al poder es el deseo, y por tanto encuentros y lugares que lo sepan despertar. Sigue diciendo Giussani: «El único recurso para frenar la invasión del poder es ese vértice del cosmos que es el yo, la libertad. […] El único recurso que nos queda es una potente recuperación del sentido cristiano del yo, del carácter irreductible de la persona». De ahí la afirmación: «Nosotros no tenemos miedo del poder, tenemos miedo de la gente que duerme y, con ello, permite al poder que haga con ellos lo que quiera», porque «el poder avanza en proporción de la impotencia de los demás», de la inconsciencia del yo.

¿Cuál es el objeto adecuado de nuestra libertad, de nuestra capacidad de satisfacción total? ¿Qué le basta al deseo para movernos desde el fondo de nuestro ser? Solo algo que sea capaz de cumplirlo. Todo lo demás, hasta la anexión de otra nación, es «poco y pequeño para la capacidad de nuestro ánimo», nos recuerda Leopardi.

Solo una paz que esté a la altura del corazón humano podrá ser una paz verdadera, duradera, la que imploramos con toda la Iglesia el pasado viernes. Solo Cristo, no como mero nombre o doctrina sino como acontecimiento presente, está a la altura del corazón de cada hombre. Como grita al mundo el papa Francisco, es Cristo, Cristo vivo, la «fuente de la verdadera paz»: para los rusos, para los ucranianos y para nosotros.

Corriere della Sera

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