La trampa del otoño

Mundo · Federico Pichetto
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15 noviembre 2017
“La corrupción acaba con la esperanza”, ha repetido insistentemente el papa Francisco en estos años. La cuestión es que llegados a un cierto punto de la vida, pública o personal, después de haber visto muchas cosas, nace en el corazón la tentación de pensar que todo es inútil y que la única vía realmente posible es la de ponerse a salvo, pensar en uno mismo y en la mejor manera de llevarse a casa algo “concreto”, abandonando para siempre los estériles ideales de la juventud. Se abre paso así un corazón cada vez más resignado y cínico, dispuesto a ver un complot en cada cosa, sospechoso tanto de la política como del Papa, de los compañeros de trabajo como de los vecinos de casa.

“La corrupción acaba con la esperanza”, ha repetido insistentemente el papa Francisco en estos años. La cuestión es que llegados a un cierto punto de la vida, pública o personal, después de haber visto muchas cosas, nace en el corazón la tentación de pensar que todo es inútil y que la única vía realmente posible es la de ponerse a salvo, pensar en uno mismo y en la mejor manera de llevarse a casa algo “concreto”, abandonando para siempre los estériles ideales de la juventud. Se abre paso así un corazón cada vez más resignado y cínico, dispuesto a ver un complot en cada cosa, sospechoso tanto de la política como del Papa, de los compañeros de trabajo como de los vecinos de casa.

Comienza así una nueva época de egoísmos y resentimientos que buscan justicia y venganza sin recordar siquiera el motivo por el que se llegó a desear que el mundo –y la vida– no acabaran así. Se busca el dinero, el placer, la satisfacción, y nos alejamos cada vez más del punto en el que todo comenzó. Todo comenzó con un gran dolor, una gran desilusión, una traición a las expectativas del corazón que fue llenando la existencia de aridez, alejando cada vez más las esperanzas de la primavera y encogiendo los deseos del verano. Es el tiempo del otoño, el momento en que el final parece ya escrito y el desencanto parece ser la única salida posible.

Andrés es un chaval de dieciséis años con una historia difícil a sus espaldas, con abandonos y violencia. El otro día, en un pequeño centro de la periferia, le propusieron que guiara una visita de un grupo de alumnos de tercero a su instituto de enseñanza superior. Al tomar la palabra, empezó diciendo que él no sabía qué decir de su instituto, más allá del hecho de que en los últimos tres años se había dado cuenta de que entrar en clase significaba decidir entrar en una relación. Y que esta había sido la única novedad real en su vida.

“Porque cada día lo que te hace esperar no es aquello que consigues, sino aquello que miras. El problema es que muchas veces cuesta mirar la vida de frente, y pensamos que lo que sucede es más bien una desgracia. Pero las cosas pasan para que tú puedas recordar que antes de ese dolor, antes de esa rabia, antes de esa traición, tú eras una persona que solo quería ser feliz”. Cuando acabó de hablar nadie se atrevió a interrumpir el misterioso silencio que se había creado en el aula.

Ha habido un momento en que todos hemos salido de casa, hemos ido a la universidad, o nos hemos casado para ser felices. El problema es que lo hemos olvidado. Ante la corrupción, la única respuesta posible es mirar a Andrés, el milagro de un Andrés que vuelve a esperar porque se ha dejado mirar. A veces, la gente o los estados solo necesitan dejarse guiar por ese poco de bien que existe y que vive. En lo más secreto de su libertad, aunque quizá ellos no lo sepan, se juega todo su futuro.

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