La lógica de los mercados

Mundo · Ricardo Benjumea
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23 octubre 2013
15 años después de lograrlo por primera vez, la bolsa de Madrid ha vuelto a batir los 10 mil puntos. En los días posteriores siguieron llegando las buenas noticias. La entrada de Bill Gates en FCC era, efectivamente, la prueba de que Emilio Botín tenía razón, y «España está en un momento magnífico, se están haciendo cosas fantásticas, está llegando cantidad de inversión para la Bolsa, para la deuda…»

15 años después de lograrlo por primera vez, la bolsa de Madrid ha vuelto a batir los 10 mil puntos. En los días posteriores siguieron llegando las buenas noticias. La entrada de Bill Gates en FCC era, efectivamente, la prueba de que Emilio Botín tenía razón, y «España está en un momento magnífico, se están haciendo cosas fantásticas, está llegando cantidad de inversión para la Bolsa, para la deuda…»

Ayer mismo, el Banco de España certificaba el final de la recesión. Y la Bolsa reaccionaba… con fuertes caídas. Adiós momentáneo a la cota de los 10 mil. ¿La explicación? Las dudas sobre la banca, que los resultados trimestrales de las empresas europeas están siendo peores de lo previsto…

Lo curioso es que la euforia de los días anteriores se produjo en un “entorno informativo” opuesto. Tras un espectacular avance (un 30% entre junio y octubre), el Ibex llegó a sus máximos anuales gracias al arrastre de Wall Street…, a pesar de que el Gobierno norteamericano llevaba 2 semanas cerrado, de la amenaza de suspensión de pagos, de la alarma por los desequilibrios macroeconómicos en este país o de que el FMI rebajara las expectativas de crecimiento mundial. Con toda esa batería de sombríos argumentos, hubiera sido fácil encontrar explicaciones racionales a un desplome de la Bolsa, pero como sucedió justamente lo contrario, se optó por ignorar esas noticias, o recurrir al tópico de que los inversores hacía tiempo que conocían la información y «la daban ya por descontada».

Muchos se preguntan: después de la última crisis financiera, ¿tiene sentido seguir mirando a las Bolsas, como si fueran una especie de oráculo o de bola de cristal, que anticipa las grandes tendencias de la economía? Claro que, antes de eso, más bien, debíamos preguntarnos: ¿qué sabemos de los mercados?

Es muy significativo el fallo del Nobel de Economía de este año, con sus tres premiados de perfiles tan distintos. Eugene Fama, favorito en anteriores ediciones, es un representante de la Escuela de Chicago que cree en la racionalidad de los mercados. Niega que pueda hablarse de burbujas especulativas y, si acaso, considera que la volatilidad a corto plazo no contradice que la evolución de los precios a más largo plaza siga un patrón racional.

Comparte con él galardón Robert Shiller, autor de la expresión «exuberancia irracional» de los mercados, hecha célebre por el ex Presidente de la Fed Alan Greenspan. Shiller, en contra de los de Chicago, advirtió frente a las burbujas antes de que estallara la burbuja tecnológica de los años 90. También ha estudiado la burbuja inmobiliaria de la siguiente década. Según sus investigaciones, los precios de la vivienda aumentaron en EE.UU. un 7% en términos reales entre 1890 y 1997, y un exorbitante 85% entre 1997 y 2006. De ahí que concluya, en la línea de Keynes, que en la evolución de los mercados, son determinantes aspectos de psicología individual, grupal y de masas sin fundamento económico alguno.

El nombre del tercer premiado, Lars Hansen, ha sido toda una sorpresa, aunque no tanto, si se piensa que su mérito consiste en elaborar métodos de medición estadística que ayudan a identificar qué variables son más pertinentes en cada momento para analizar la marcha de los mercados.

En otras palabras, con estos tres perfiles tan distintos, la Academia Sueca no parece sino querer llamar la atención sobre la necesidad de arrojar luz sobre un ámbito, los mercados financieros, del que se derivan muy serias repercusiones sobre el conjunto de la vida económica y social de todo el planeta. A veces, puede llegar ser un asunto de vida o muerte. Tras el batacazo inmobiliario, parte de la inversión especulativa se dirigió al mercado de los alimentos, lo que provocó que los precios alcanzaran máximos históricos, con alzas, en sólo 18 meses, del 74% en el precio del maíz, o del 166% en el precio del arroz, algo difícilmente asumible para millones de economías domésticas del tercer mundo, donde, como promedio, cada hogar destina un 70% de su gasto a alimentación.

¿Hay que ignorar las burbujas, como defendía Greenspan, porque la intervención puede generar, a medio plazo, más efectos perversos que soluciones? ¿Es necesario –y en tal caso, de qué manera– refundar el capitalismo, para ponerlo a salvo de los especuladores, como pedía Sarkozy?

El problema no es sencillo. Es una tentación habitual presuponer que la volatilidad de los mercados es una prueba de su irracionalidad. Y que, por tanto, el problema se resuelve sin más con una eficaz regulación. ¿Pero de verdad la cosa es tan simple?

Es muy interesante la lectura de “Master the Markets”, de Tom Williams (el libro puede encontrarse fácilmente en español en Internet, gracias a la traducción realizada por antiguos alumnos suyos). Se trata de una especie guía para orientarse en las turbulentas aguas de los mercados. Donde parece que las subidas y bajadas de los mercados escapan de toda lógica,  Williams demuestra que sí existe esa lógica, sólo que se trata más bien de una lógica intrínseca, inmune a las influencias del exterior. Lo ilógico sería pensar que los más expertos inversores del mundo son idiotas y desconocen que un determinado mercado está infra o sobrevalorado. Pero el planteamiento de los grandes inversores o “creadores de mercado” es otro. Ponen de su dinero allí donde hay beneficio, y lo retiran, cuando deciden que ha llegado el momento de cobrárselo. Así de simple, y así de ajeno a la marcha de la economía en general o de una empresa en particular, salvo que ambas líneas converjan en algún punto por razones puramente coyunturales… Para que haya beneficio, basta con que existan incautos inversores que inviertan en un valor, para, en el momento oportuno, plegar velas, dejando a estos novatos aficionados desplumados. Capitalismo de casino, sí, pero más del tipo Blackjack, que de una ruleta que reparte ciegamente suerte.

El peligro, lo que produce las grandes desestabilizaciones de los mercados es el ansia desaforada de beneficios, y eso no se arregla con una simple reforma financiera. Ya encontrarían los especuladores otras vías para continuar con su negocio. «En los años 60 y 70, no había un espíritu de tanta especulación», escribía Shiller sobre la burbuja tecnológica. «Las personas vivían en una economía menos capitalista y no eran cebadas para creer que su bienestar dependía de la propiedad. Todo eso cambió en los 90. Y eso ha sido muy peligroso».

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