UCRANIA

La `larga mano` de los USA (y de Soros)

Mundo · Augusto Lodolini
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5 diciembre 2014
El fenómeno Maidán ha sido muy significativo a la hora de reunir de manera espontánea y pacífica a todo un pueblo que expresaba su deseo de libertad y dignidad, un hecho tanto más excepcional si tenemos en cuenta el variado tejido que forma Ucrania, en cuanto a lenguas, etnias y religiones.

El fenómeno Maidán ha sido muy significativo a la hora de reunir de manera espontánea y pacífica a todo un pueblo que expresaba su deseo de libertad y dignidad, un hecho tanto más excepcional si tenemos en cuenta el variado tejido que forma Ucrania, en cuanto a lenguas, etnias y religiones.

Un año después, ¿qué queda del Maidán, cuyos últimos manifestantes fueron desalojados a la fuerza por el nuevo gobierno sucesor de Yanukovich? La anexión de Crimea por parte de Rusia, la guerra en los territorios orientales, con más de 4.300 muertos y cientos de miles de refugiados, una economía en condiciones desastrosas. A lo que podríamos añadir la reanudación de la Guerra Fría y la amenaza de una auténtica guerra, con el continuo despliegue de fuerzas militares rusas y de la OTAN en las fronteras ucranianas.

No cabe duda de la grave responsabilidad de Putin, pero sería forzar la realidad de los hechos si la culpa de este dramático resultado solo se le endosara a Moscú. Bruselas se ha aprovechado del deseo europeo de los ucranianos prometiéndoles un inexistente reino de “El Dorado” como resultado de su proceso de adhesión a la UE, fingiendo ignorar los estrechos vínculos económicos que unen a Ucrania con Rusia. No tuvo ningún problema para negociar la adhesión a la UE con Yanukovich, al que evidentemente trató como presidente legítimo, hasta que prefirió aceptar las promesas, más sustanciosas al menos en el papel, de ayuda de Putin.

Tampoco podemos obviar la gran responsabilidad de la cínica y temeraria política de Obama, cuyo precio lo están pagando Ucrania y otros países europeos. Vale la pena citar las recientes declaraciones de Robert Fico, primer ministro eslovaco, y su temor a la probable extensión del conflicto armado más allá de las fronteras ucranianas. Fico ha denunciado el papel secundario de la UE al considerar el futuro de Ucrania como “una cuestión geopolítica entre EE.UU y Rusia”. Añade que cualquier solución, que necesariamente debería tomarse con la ayuda de todos, tendrá que dejar la puerta abierta a la adhesión de Ucrania a la UE, pero excluyendo la ampliación de la OTAN para evitar “provocaciones inútiles”. Un realismo que parecen no tener Bruselas ni Washington.

Estos días el Parlamento ucraniano ha aprobado su nuevo gobierno, confirmando el liderazgo de Arseni Yatseniuk, pero con una novedad que dará espacio a la propaganda rusa. Se trata de la presencia de tres extranjeros en el equipo de gobierno, una ciudadana estadounidense de origen ucraniano, un lituano y un georgiano, a los que el presidente Poroshenko ha concedido la ciudadanía ucraniana.

Natalia Yaresko ha sido elegida ministra de Finanzas. Su nombramiento de por sí no da lugar a particulares críticas, dado su origen ucraniano y su experiencia: graduada en Harvard, ha trabajado para el Departamento de Estado americano, ha dirigido un fondo de inversiones y ha trabajado mucho en Ucrania para estimular las inversiones extranjeras en el país. Su presencia en el gobierno se debe a un proyecto de inserción en la administración pública de ciudadanos extranjeros de origen ucraniana con una profesionalidad difícilmente disponible in situ. Habrá que preguntarse cuánto podrá ayudar esto a reconstruir esa unidad que era el alma del Maidán, y cuánto servirá para dividir aún más a Ucrania y acelerar el proceso de radicalización en las relaciones entre Oriente y Occidente.

Al lituano Aivaras Abromavicius se le ha confiado el Ministerio de Economía y al georgiano Aleksandre Kvitashvili el de Sanidad. Tampoco aquí hay discusiones sobre su profesionalidad. El primero es un banquero experto en inversiones que lleva años trabajando en Europa oriental. El segundo ha sido ministro de Trabajo y de Sanidad en Georgia, de 2008 a 2010. Su nombramiento parece haber suscitado críticas en el actual gobierno georgiano, que trata de mejorar sus relaciones con Rusia y mantener a la vez el proceso de asociación con la UE. Pero ambos proceden de países que sufren fricciones con Rusia y pueden ser considerados una suerte de larga mano de los Estados Unidos y su aparato financiero.

La búsqueda de profesionalidad extranjera, hay quien dice que los tres ministros son fruto de esta tendencia, ha sido guiada por dos sociedades americanas con filiales en Kiev, pero patrocinada, según el ucraniano Kyiv Post, por la International Renaissance Foundation, que habría pagado 82.200 dólares a ambas sociedades. El fundador y principal financiador de la IRF es George Soros, el hombre de negocios que provocó la devaluación de la lira y la libra esterlina en 1992, ganando así cifras valoradas en miles de millones de dólares.

Soros ha utilizado su fortuna para apoyar varias causas políticas tanto en EE.UU, apoyando a Obama contra Bush, como en exterior, apoyando a varios movimientos antisoviéticos y antirrusos, no solo por su fe democrática sino por su condición de hijo de un judío húngaro que se vio obligado a huir de una Hungría ocupada por los soviéticos. Su Renaissance Foundation lleva años sosteniendo a varias ONG en Ucrania con el objetivo de favorecer el desarrollo democrático.

A pesar de este último disfraz de filántropo, a Soros se le sigue identificando –y con razón– como uno de los principales exponentes de las altas finanzas americanas, y eso favorece la acusación que se hace al nuevo gobierno ucraniano de estar gestionado desde Estados Unidos.

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