La fatiga de buscar respuestas a nuestras preguntas

Sociedad · Charles Taylor
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19 diciembre 2023
Cada vez necesitamos más gente que, de un modo u otro, sepa relacionarse con los jóvenes y descubrir su valor. Una crisis puede generar algo más profundo, capaz de ofrecer también una solución que esté a la altura.

Vivimos en una época en la que la gente se hace muchas preguntas y le resulta muy difícil encontrar respuestas. Es un dato de hecho que en ciertas partes de Occidente todo esto está provocando una grave crisis sobre todo entre los jóvenes. Concretamente, da la sensación de que no están seguros de cuál debe ser la orientación y el significado de su propia vida. Están confusos y, lo que es peor, nadie les anima a buscar. Además, muchas veces se constata un fenómeno bastante preocupante: los jóvenes ni siquiera comprenden qué es lo que les hace tan infelices ni qué es lo que provoca su malestar. Al no afrontar el problema adecuadamente, ahora nos encontramos con una situación aún peor y es que los jóvenes creen que hay algo en su vida que está equivocado, pero son incapaces de identificar ese malestar tan extendido, sobre todo entre los adolescentes.

La situación empeoró considerablemente durante la pandemia a causa del aislamiento y la sensación de abandono que experimentaron. Sin embargo, algunos de ellos logran imaginar un horizonte de vida llena de significado que les hace felices, tienen talento y desean llegar a ser médicos, abogados, políticos. Sin duda, hay muchas maneras de superar una crisis, pero la posibilidad de perderse por el camino y no encontrar ningún modelo en la vida de sus propios padres (tan diferentes de ellos) o de sus compañeros (que han tomado otros caminos) les genera una gran desorientación y crea en ellos un malestar, una urgencia, un problema en el que estamos llamados en nuestras sociedades a buscar puntos de encuentro para alcanzar soluciones compartidas.

Cada vez necesitamos más gente que, de un modo u otro, sepa relacionarse con los jóvenes y descubrir su valor. Personas así podrían ser, por ejemplo, las que se implican en la formación deportiva, con tal de que no solo sean grandes entrenadores de fútbol, que sepan ofrecer a los jóvenes una orientación o una forma de integridad que pueda “salvarlos”, en el sentido de que sean capaces de ponerlos en movimiento. Creo que esta situación supone una de las mayores crisis y uno de los mayores desafíos de nuestra época. Resumiendo, creo que una crisis puede generar algo más profundo, capaz de ofrecer también una solución que esté a la altura.

La crisis se debe al hecho de haber permanecido sordos e insensibles ante algo importante, y solo se puede superar cuando se afronta esta limitación, cuando se decide medirse con la pregunta que la ha causado. La situación de crisis se refleja en una descripción muy extendida de lo que siente la gente cuando dice que está “bloqueada”, algo que sucede especialmente entre los más jovencitos, que no han tenido la suerte de encontrar su camino y experimentan por ello una profunda desesperación. Este es uno de los aspectos negativos de nuestra época. En el pasado, incluso cuando se vivían momentos de rebelión total, siempre se ofrecía una posibilidad de corrección que era muy clara. Eso es algo que ya no suele darse hoy. Este límite y esta insuficiencia se muestran con expresiones como “no sé dónde ir”, “no sé qué es lo verdaderamente importante”, “no sé sobre qué construir mi vida”. Todo eso es muy desagradable y ha ido a peor con la pandemia. En algunos casos esa desorientación lleva incluso al suicidio.

En cierto sentido, estamos ante un nuevo desafío que consiste en interceptar la necesidad de los jóvenes y mantener abiertas las posibilidades que tienen. Creo que las religiones pueden ofrecer un camino, opciones culturales que permiten afrontar este reto. Por supuesto, hay otras vías. De manera legítima, muchas personas no creyentes pueden sentirse muy motivadas ante perspectivas éticas y políticas serias y profundas. Aunque no conciban en su vida un lugar para Dios y para la religión, estas personas muestran una profunda conciencia de la dirección que ha tomado su búsqueda y resultan interlocutores muy sugerentes e implicados para los que tienen fe porque, una vez más, es posible percibir en ellos una analogía con nuestro camino de búsqueda o una dirección paralela a la nuestra.

De hecho, existen muchos caminos distintos. Dichos caminos no solo expresan una búsqueda de sentido, sino también de autenticidad. Aunque no haya una correlación conceptual estricta y necesaria entre la ética que celebra la autenticidad y la secularización, es un dato de hecho que en las sociedades occidentales esa correlación se da en acto desde hace casi un siglo, y lo vemos sobre todo en el mundo del arte. Desde hace casi dos siglos, resulta cada vez más importante poner de manifiesto la originalidad de las creaciones artísticas, rechazando la mera repetición de esquemas previos.

Durante el siglo XIX la noción de originalidad asumió un papel cada vez más central y ahora constituye para nosotros una de las claves de lectura de toda la evolución cultural desde entonces. A lo largo del recorrido, esta noción ha superado los confines del arte, extendiéndose progresivamente a la vida en su conjunto. En esta época nace la siguiente exigencia: “quiero encontrar mi camino, quiero encontrar lo que me permite expresarme de verdad”. Estoy seguro de que esta perspectiva, según la cual hasta la vida espiritual, no solo artística, estaría caracterizada por una orientación personal (no solo por lo que concierne a la forma de la vida sino también –más profundamente– a su dirección religiosa y espiritual), ha contribuido a abrir ese camino.

No podemos revivir los referentes filosóficos más significativos que expliquen esta orientación (según la cual cada ser humano tendría su “propia medida”) pues, desde el punto de vista filosófico, esto se formuló en tiempos relativamente recientes, desde finales del siglo XVIII. Creo que el desarrollo de nuestra época confluye así con mucha naturalidad en lo que yo llamo “la cultura de los creadores”.

Artículo publicado en Avvenire


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