La Europa que defiende a Ucrania, se defiende a sí misma

Mundo · Constantín Sigov
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22 septiembre 2022
Recibimos este artículo del profesor Constantín Sigov, escrito con motivo del día de la Independencia de Ucrania. Filósofo de formación, Sigov ha enseñado en la Sorbona de París y en el Ehss, el Instituto Superior de Ciencias Sociales. Además es profesor de Filosofía en la Academia Mohyla de Kiev. 

Después de Chechenia, Georgia y Siria, el ejército ruso ha golpeado el corazón del Viejo Continente. El Kremlin trata de imponer su yugo a todo estado con el que se relaciona. Para librarse de él, los países europeos deberán combatir junto a Kiev.

Las coloridas verduras y los deliciosos trozos de carne que se ensartan sin dificultad en la brocheta de la barbacoa no dejan ver el aspecto de la fría varilla de hierro que los traspasa.

Apretados entre sí, los pedazos de carne o pescado, los anillos de pimiento, de cebolla y de tomate, pueden esconder por completo el eje metálico que los mantiene unidos sobre las llamas y gracias al cual pueden cocinarse y cambiar su consistencia.

En una reciente entrevista que ha provocado un gran escándalo, el director del Museo del Hermitage ha hecho una referencia explícita a este eje: «Somos militaristas e imperiales», ha declarado. Precisamente en el eje del militarismo se ensartan los productos culturales más variopintos y que cada vez disimulan menos el hecho de que su única razón de ser es sostener la “operación militar especial”.

Una varilla que traspasa piezas de cualquier tipo, fragmentos de ideas y de símbolos antes incompatibles, discursos extremistas y declaraciones hipócritas sobre la “tregua”, hasta los ornamentos de las vestiduras sacerdotales ortodoxas y los iconos kitsch de la catedral de las Fuerzas Armadas rusas. “Cuadros de una exposición” de lo más disparatada. La guerra, la pasión primordial de Putin y su núcleo en la ideología de Estado, borra cualquier distinción entre los fragmentos de verdad y las mentiras más descaradas. Y esa es la razón por la que el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, puede indicar, sin incurrir en una contradicción, que el hebraísmo de Hitler es la causa de su antisemitismo.

Moscú teme a la máquina sancionadora occidental. Intenta convencer a Europa de su ineficacia, pero mientras tanto, sufre sus consecuencias. Para aliviar las sanciones y disimular la magnitud de su alcance, los funcionarios de Putin atacan los eventos culturales internacionales y los cocinan en su barbacoa rusa. Es difícil que tan infernal receta pueda agradar el paladar de nadie. Desde luego, no el nuestro.

La experiencia ucraniana es ya inseparable de la nueva experiencia histórica de otros estados europeos. De forma paradójica, nuestra resistencia impone que se empiece a atender a la situación de otras sociedades del continente. Hoy, las palabras “nosotros, ucranianos” resuenan llenas de significado para los ciudadanos de todos los países europeos.

El Kremlin trata de imponer su yugo a cualquier estado con el que se relaciona. Ningún país europeo puede hacerse ilusiones de lo contrario. En las negociaciones con los partner occidentales, Rusia emplea los mismos métodos de violencia y amenaza de los que está haciendo gala en Ucrania, solo que aquí se ha quitado la máscara de cordialidad. Tiene razón Peter Pomerantsev: «Al depender del gas ruso, Europa se ha convertido en víctima de una relación abusiva. Solo hay una vía de salida: liberarse lo antes posible de esta dependencia. No será fácil. Será costoso. Pero hay que hacerlo». Los crímenes contra la población civil con los que el ejército ruso se manchó las manos en Chechenia, Georgia y Siria, están siendo cometidos ahora en el corazón de Europa. ¿Alguien puede asegurar que se detendrán ahí?

Por esta razón cuando defendéis a la Europa oriental, os estáis defendiendo a vosotros mismos. Y tendréis que pagar un precio por dicha defensa, a menos que estéis seguros de poder garantizaros a vosotros y a vuestros seres queridos que no tendréis que despertaros en medio de la noche para correr a esconderos. Esta es la nueva experiencia histórica que nosotros ya estamos viviendo y con la que todos deberemos acostumbrarnos a vivir.

La diferencia fundamental entre el cínico régimen ruso de hoy y el anterior régimen soviético es que, hasta la caída de la URSS, cuando salieron a la luz las innumerables pruebas de los crímenes soviéticos, se podía fingir que no se sabía nada. Los hombres soviéticos podían engañarse a sí mismos y sostener, casi sin hipocresía, que no sabían nada de los horrores de los gulags.

Pero a partir de 1991, tal profesión de indulgencia, se hizo imposible. El régimen soviético era denunciado como criminal cada vez por un mayor número de víctimas en todas las cadenas de televisión. De este modo, empezaron a salir a la luz las cámaras de tortura del KGB y los campos de concentración a los que eran enviados millones de disidentes. Los años 90 permitieron a la población postsoviética metabolizar este pasado. Tal experiencia histórica terminó por modificar el modelo de xenofobia soviética. En los tiempos de la URSS se creía que todo el mal del mundo estaba en el extranjero, particularmente en Occidente. Pero ahora se empezaba a verificar que buena parte de aquel mal venía de casa, del propio país y de la propia sociedad.

Decenas de miles de soviéticos vieron la película georgiana Arrepentimiento, que denunciaba los crímenes de la época de Stalin. Pero después, se ha adoptado una conducta política totalmente opuesta: en lugar de condenar los fratricidios, purificar la memoria y arrepentirse, se ha optado por un programa de venganza y resentimiento. Hoy ya ni siquiera se finge no ver los actos criminales de Moscú. Todo remordimiento ha sido apartado cínicamente.

En la época soviética, el Kremlin habría podido pronunciar la célebre fórmula «el infierno son los otros». Pero hoy, es como si dijera: «el infierno somos nosotros»: tenednos miedo, llevaremos el infierno allí donde queramos.

La guerra ha ensanchado el río del odio. Manipulados por la televisión rusa, grandes masas de personas aceptan los crímenes de guerra y se jactan de las conquistas obtenidas a tal precio. ¿Se acostumbrarán a este cinismo los ciudadanos occidentales? ¿Schröder será una odiosa excepción o habrá más como él que atenten contra los fundamentos del sistema democrático?

Los militaristas del Kremlin querían ensartar la ciudad de Kiev en su varilla, junto a Mariupol, Jarkov y Odesa. Pero en el 2022, Ucrania está poniendo obstáculos al plan de expansión de la carnicería rusa. Desde el 24 de febrero, seis interminables meses de guerra han dejado al desnudo la alineación criminal que compone la “brocheta” del militarismo ruso. Los pedazos de retórica y mito que lo cubrían se han quemado y han caído a las brasas. Negra de tanto hollín, el arma de hierro se yergue, se desnuda, en plena mitad del siglo XXI. Cubierta de heridas, Odesa se ha apropiado de este innoble fetiche como botín y lo ha arrojado a los pies de la estatua de su legendario gobernador, el duque de Richelieu. ¿Ironías de la Historia?

Ha sido precisamente en Odesa donde he escuchado, por primera vez, esta expresión: «El militarismo ruso es la brocheta que pende sobre la “barbacoa rusa”». Nos preguntamos cuándo llegará el momento en que esta expresión caiga en desuso. Pero no parece que vaya a llegar pronto. Por todo el mundo circulan en Internet fotos espeluznantes de cabezas de soldados ucranianos traspasadas por soldados rusos: la metáfora de la brocheta se ha hecho realidad.

Una bestialidad tan grande responde a una doble exigencia. Por una parte, hacer que las víctimas se abandonen a la tentación de responder con horrores simétricos, llevándolas así a desacreditarse ante la opinión pública mundial. Al mismo tiempo, disuadir a Occidente de intervenir en este conflicto, dejando solos a los agredidos para defenderse de su agresor. Hay que oponerse con decisión a todo esto.

No estamos en un videojuego, sino en la realidad que están intentando destruir ante nuestros ojos. Solo a través de cada uno de nosotros -y a través de nuestra solidaridad- la vida puede oponerse a lo inhumano.

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